domingo, 15 de julio de 2012

lunes, 19 de noviembre de 2007

PRESENTACIÓN

Después de varios años de intentar poseer las obras escritas por mi padre, reclamarle a mi hermana Carmen en varias ocasiones con la idea de hacer un libro como el que hice con su poesía y repartir una copia entre todos los hermanos, al no poderse hacer por motivos que no vienen al caso, ahora con los medios de las nuevas tecnologías puedo hacerle un blog como si de él se tratara publicándolas para que todos sus descendientes, amigos y quien quiera leerlas estén a su alcance con solo hacer un clic.Este blog lo dedico a todos mis hermanos, sobrinos y amigos interesados en la obra literaria que nos dejó como única herencia, y en especial a mi hermana Carmen que tanto le amó, le respetó y le admiró, para que su sueño se vea realizado aunque sea de manera póstuma, el tener recopiladas y pasadas a limpio todo lo que ella tenía recopilado de él en manuscritos , viejos papeles y cuartillas escritas con máquina de escribir casi ilegible y desordenados encontrados en un baúl el día después de su muerte, gracias a ella que los guardó, podemos tenerlas todos.
Jesús Montejo Mallorca, Noviembre 2007




No me ha sido posible hacer otro libro con su prosa como el que hice en condiciones muy favorables ya que trabajaba en una imprenta como diseñador gráfico y me resultó muy sencillo y económico pero nada hay imposible en esta vida. Ya estoy jubilado y me sobra el tiempo, quizás sea de agradecimiento poder hacer este trabajo para no aburrirme, aunque preveo que será muy laborioso pues he de pasar todo a máquina aunque lo efectúe con ordenador pero creo que antes de morirme estará terminado, archivado en el PC y poderos mandar y distribuir las copias que sean necesarias para que todos los descendientes podamos tener en nuestras manos lo único que nos dejó en herencia: sus poesías y su prosa.

Jesús Montejo Mallorca 2003

Ahora una vez terminada mi obra voy a hacerle un blog para que vuele por las ondas y pueda verlo todo el mundo.

Ciudad de Sóller Julio  2012


INTRODUCCIÓN

Después de ver sus poesías recopiladas en un libro, del cual no se pudieron hacer copias suficientes para todos, a continuación de la prosa va también la poesía para que así todos nosotros, hijos, nietos y descendientes podamos recrearnos y conocer lo que nuestro padre, abuelo y antecesor nos dejó como única herencia pero gracias a la cual le tendremos entre nosotros: Sus andanzas de montañero, alocuciones de radio, guiones, periodismo, cartas. Y aunque no es posible conocer toda su obra literaria porque mucha desapareció durante la Guerra Civil, o en los diversos traslados de un lugar a otro de nuestra piel de toro, hemos conseguido una pequeña parte y con esta parcela que refleja su sentir, lo mismo que en las poesías, aquí le tenemos con nosotros; Que nos escribe, nos recita, o nos lee sus artículos. Así, cuando tengamos la pena de haberle perdido podremos coger sus libros diciendo: “¡Hola papá, cuéntame cosas!”, ¡ Hola abuelo, no te conocí pero te siento!.Carmen Montejo Salamanca 1995

domingo, 18 de noviembre de 2007

PROSA


EL ADIOS A LA MONTAÑA


Nuestro Amigo Montejo, que tuvo un día la humorada de regresar de Cercedilla a pie y sin compañía, nos cuenta en las siguientes líneas las incidencias de su extraño viaje.
Celebraremos que el ejemplo cunda para que podamos conocer detalles de muchas originales excursiones que ahora permanecen olvidadas.
Es en el Albergue que Los Amigos del Campo poseen en el serrano lugar de Cercedilla.
Por la ventana del dormitorio montañero penetran mudos y tenues los primeros albores;
Mientras, me desperezo, apartando de mi el peso de las mantas. Permanezco aletargado e inmóvil algunos minutos y medito sobre las hazañas montañeras a que puedo dedicar el nuevo día, gris y tristón, que, lentamente, llena de luz la estancia.
Subir una vez más a las cumbres guadarrameñas a hundir el ski sobre la nieve blanda. Esperar en el pueblo a que el termómetro baje y la nieve endurezca. Una y otra cosa resultan un tanto soporíferas y molestas.
Preferible es regresar a Madrid en el primer tren. Pero....volver tan pronto al bullicio y al trajín de la Corte; abandonar como de huída, esta sagrada paz de las montañas, la vida campesina y lugareña de estas cumbres ubérrimas de bondad, que tanto teme y censura la necia ciudadanía, y cuyas brisas vitales tanto ensanchan el corazón y los pulmones, y tanto inspiran al poeta, porque derroches de arte y de belleza son las cumbres y los valles de donde proceden, obra y gracia de Dios, parece un sacrilegio.
Alejarme de ellas lentamente, y volver la cabeza en el camino una, dos y muchas veces para decirlas el adiós que el amor dice a su amor cuando se aleja, es lo que cumple bien, ¿Con qué menos podré corresponder al bien que me hacen?.
Rompo la marcha, pues, por la Colonia; cruzo allá la estación y sigo por la carretera avante.
Es aquí, junto a las tres cruces del calvario de los Molinos. Me detengo un momento, y a través de los prismáticos, contemplo las esparcidas “Villas” de la Colonia de Cercedilla; mas allá sus casitas de piedra, y mas alta que las demás, como madre de todas, la torre mocha de la iglesia, cuya cúpula derribó el viento de las cumbres en los pasados años.
Y me alejo de nuevo. Las vacas de Los Molinos acuden a los prados. Corren chicos a la escuela, van mozas a la fuente. La campana de la torre suena las nueve horas de su reloj.... Fue allí.....junto a las tres cruces del calvario de Los Molinos donde dije el primer adiós a las montañas.Y sigo por la vía del tren, por esa cinta de hierro y grava que al ingenio de los hombres pudo colocar a través de los campos, como muestra de civilización y de progreso, y topo con un
túnel. Penetro en el con algo de reparo y cruzo paso a paso toda su oscuridad hasta mirar allá en la opuesta boca el cielo azul y diáfano. Pero aún me falta otro que cruzar; si no recuerdo mal, dos son los que preceden a la estación del pueblo de Collado.
Llego a él; introdúzcome en sus entrañas negras y misteriosas, llego a la mitad de su larga y pronunciada curva. No se si obligada o voluntaria fue aquí mi detención.
Quisiera verme dueño de la pluma de Verne, para describir en oraciones de cristal el grandioso espectáculo que ante mi vista se presenta.
Allá por la boca del túnel, tras sordo silbido, aparece el férreo convoy, majestuoso, y avanza despidiendo por todas partes humo iluminado de rojo, chispas de fuego, rompiendo con un ruido ensordecedor el silencio y la calma de aquellas tinieblas; amenazando, cual monstruo de arábiga leyenda, al infelice que osó penetrar el misterio de la caverna negra.
Pasa el armón de hierro. Avanzo con nerviosa rapidez a través de lo oscuro; el viento que de las montañas llega llévase el humo de la locomotora dejó para mi inconsuelo, y aparece, como de encantamiento, el arco de la boca ansiada y, a su salida, los campos otra vez y el oxígeno y la luz y las cumbres altas, altas, que al mirarlas siluetadas en el firmamento, elévase mi espíritu de nuevo al perder la emoción que me produjo aquella realidad fantasmagórica que parecióme sueño......
Ya dejé atrás el pueblo de Collado. Voy por la carretera de Villalba; subo hasta alcanzar una pequeña loma y aquí torno a hacer alto en mi jornada; vuelvo la vista atrás, tomo otra vez los gemelos y extiendo mi visual a través de ellos para mirar el macizo colosal de la “Maliciosa” coronada por sus altos roqueros de granito, que desgarran el manto de nieve que la cubre, como reina y señora de las cumbres vecinas; a sus pies, humilde y austero, extiende Navacerrada sus casuchas.
En el amplio valle, Guadarrama y Los Molinos, Villalba y el caserío de Alpedrete y, siguiendo la cuerda de montañas, “Siete Picos”, la “Marichiva”, la “Peñota” y el alto del León; mas por bajo “San Benito” y “Los Abantos” y en su falda, aunque iluminada por el sol apenas visible a través de la bruma, interrumpiendo en un punto la salvaje aspereza de los montes, la octava maravilla, el Monasterio real, que un monarca severo fundó para inmortalizar una gloriosa y colosal batalla.....
Y digo aquí el segundo adiós a las montañas. Aún respiro el oxígeno de sus brisas vitales y torno a caminar.

Voy solo. Únicamente me acompaña mi espíritu algo filosófico, que no deja a mi cerebro holgar un solo instante. Y pienso sobre todo lo que el teatro de la Naturaleza me presenta: una revista, en la que pasan y pasan escenas de la vida real; de la vida de estos pueblos, mísera y austera, pero vida de paz y de sosiego.
A la derecha, campos verdes salpicados de casas blancas. Las unas son villas de recreo, trozos de ciudad, a las que llegan próceres ilustres a simular la vida campesina en los meses estivales. Las otras, cuadrones y corralizas, chozos de pastores. Completamente aislados, rodeados de tapias blancas, álzanse los cipreses del cementerio de no se qué lugar, y a su lado la ermita silenciosa.
Voy solo, abandonando poco a poco las montañas, alta la frente y ancho el corazón, porque siento el goce inefable que me produce la sonriente poesía de los campos.

Son las doce. En la estación de Villalba lanza al aire su columna de humo una locomotora que maniobra. Jadeante y presumida cruza el paso a nivel la máquina del Berrocal.
Estoy en el kilómetro cuarenta de la carretera de Madrid a La Coruña. Diez me faltan para llegar a Torrelodones, punto donde ha de hallar reposo y calorías mi andariego cuerpo.
No se si el apetito o el ansia de llegar al lugar del descanso me hacen aligerar el paso. Tal vez el deseo de ver la llanura basta de Las Matas. A uno y otro lado del camino, montes de caza, caseríos, ventorros y paradores.
Pasan tres cuartos de hora de monótono andar y llego al alto de Peregrinos. A la derecha abrese la cañada de Valladolid. Al frente, sobre una barrancadapasa en zigs-zags la carretera. Una serie de hotelitos dan al paisaje un aspecto ameno y pintoresco.
Salvo una recta prolongada y al cabo de otros tres cuartos de hora la torre de los Lodonesme representa la visión de su macabra leyenda. Al pie Torrelodones, sonriente, libre, tiempo ha, del yugo insoportable del feudo ligio de las pasadas eras.
Entro en un caserón. Llego a la mesa del ventorro, descargo de mis hombros el viejo morralón , saco las viandas y conságrome al copioso yantar. A mi alrededor míranme con cariño solicitante los perros del ventero. En la reja hay atado el ronzal de un rucio flaco. Tras el zaguán persevera en su rezo pedigüeño un viejo pordiosero, envuelto en media capa de Béjar, sucia y pardusca. Gruñe el mastín; y en la calle aguardan mi salida un grupo de mozuelos curiosos.


Cerca de mi, el ventero, refranero y sentenciador como el escudero del ingenioso Hidalgo, cuéntame consejas de aquellos confines. Su cerebro es una vieja historia. No se por qué, todas las ventas de Castilla tienen un algo de “Quijote”.
Da las tres el “cuco” del Mesón y vuelvo a caminar. Aléjome de allí y quedan a la puerta el ventero y sus perros; el rucio flaco y los curiosos mozos.
Dejo a la izquierda la carretera del Hoyo y Colmenar; detrás “peña Bermeja” y al frente, extendida como agua del mar, la vasta llanura de Las Matas.
Al final de una cuesta abajo pronunciada, el Puente de la Muerte. Bien le encaja este nombre. Dígalo, si nó, la cruz que junto a el perpetúa la memoria de un infortunado que pereció a su entrada.
Paso por Las Matas, Las Rozas y el Plantío. Cambio el terreno, antes, rocas de granito, pinos, encinas, prados de ricos pastos, arroyos y riachuelos. Ahora, la aridez de la meseta castellana, el campo desolado, ni un árbol, ni un arroyo, ni una fuente.
Quedó atrás la sierra, y en ella los salutíferos pinares, las altas lagunas, los manantiales, los neveros. Ya no sopla la brisa de la cumbre, ya no respiro el oxígeno de la altura, ya no puedo decir adiós a las montañas porque quedaron muy allá; ya no me sirven los prismáticos para mirar sus cumbres, porque la noche llega; pero aún camino cobijando en mi mente la constante obsesión de sus bellezas.


Bien me inspiré durante varias horas en la marcha. Bien saturados llevo cuerpo y alma de sus vitales aromas.....Y corro a la ciudad, cuyas luces déjanse ver allá en el horizonte.
Poco goce me ofrece ya el camino. La alegre poesía de los campos, sumióse en las tinieblas de la noche, y marcho sin darme cuenta de que marcho.
Son las siete. Muy cercanas se ven las luces de unas casas y llegan hasta mi las notas bulliciosas de un piano de manubrio. Es casa de “Camorra”. Entro a calmar la sed. En el amplio salón, hay hombres y mujeres que bailan y, al entrar, me miran y hablan cuchicheando por lo bajo.
Cumplo mi cometido en esta estancia. Al cerrar la cancela de cristales oigo una múltiple y prolongada carcajada.....Es el Madrid jocoso.
Bajo las “Perdices”. Paso el puente de San Fernando, Puerta de hierro, y, casi a tientas, bajo la arboleda de los “Viveros”, cubro en media hora los tres kilómetros que faltan para llegar a La Florida.

Sobre las cuestas de Rosales, al pie de la ciudad, miro hacia el Norte. Y allí en el horizonte, confundido en la noche con el cielo, me parece que veo las aristas serranas, otra vez las casuchas de piedra lugareñas, Cercedilla, Collado,Los Molinos, y las cumbres de nieve, muy lejos, tan lejos que apenas si se distingue la silueta.
De ellas me separé paso tras paso y he llegado hasta aquí. Por la espalda siento el nervioso escalofrío de la emoción. Las ocho son. Once horas caminé.....Y no es proeza de andariego. Es un adiós a las montañas.

José Montejo Diciembre de 1916
IMPRESIONES NOSTÁLGICAS



Una casita y un jardín en medio de los campos, un huerto y un corral fueron mis anheladas pretensiones, colmo de mi campestre devoción.
Y en ella estoy aquí en Ciudad Lineal, recostado en el tronco de una acacia, tomando el sol.
Alumbra los campos la claridad de enero. Remata la línea horizontal la cordillera carpetana, y plata parecen en la lejanía las cumbres nevadas que arrugan el suelo castellano.
¡Para cuántos seres tendrán sus sábanas de nieve expresión de terror, al opinar, equivocadamente, que son sus ventiscas origen de pulmonares afecciones!. ¡Cuantos las ultrajan, acaso por no haber posado sus pies sobre ellas, tal vez por no haber aspirado jamás la sabia de sus plantas, sus efluvios de primavera, ni bebido el agua de sus fuentes! ¡Cuantos las maldicen y reniegan de ellas, seguramente por ignorar el grado de sus vitales condiciones! Y, en pago a vejamientos y ultrajes ¡vedlas cómo con su derroche de sonrisa aportan, a través de las leguas, una alegría mas para las almas cortesanas que las aman! ¡Cuántas y cuántas vidas se deberán a ellas!.....
Desde estas áridas afueras de Madrid, donde nunca imaginé consagrarles las notas de mi modesto canto sentimental, parecen fantasía sus contornos. Cuanto mas las miro mas me saturan de inspiración esas cumbres maldecidas por multitud de conciudadanos para quienes son todavía desconocidas.
En ellas veo desde aquí tantas visionarias estampas como excursiones hice por sus entrañas. La blancura de sus laderas argentinas traen a mi memoria los gratos recuerdos de mis andanzas. Aun parece que veo aquellos carnavales en que bajaba de mañana la cuesta de San Vicente para subir al tren. Abandonaba la Corte, alfombrada de serpentinas y confeti, y dejaba en sus calles los rezagados funambulescos arlequines, pierrots y colombinas demacrados y soñolientos, rendidos del incesante bullir de la nocturna bacanal carnavalesca.
Diferencia de rostros los que horas mas tarde contemplaba sobre las praderas que ahora me evocan este recuerdo, al deslizarse gentiles y graciosas las damas madrileñas, esas mujercitas que adornaban la blancura de las nieves con el contraste multicolor de sus vestidos, y que, amando las cumbres de nieves y sus deportes, saben amar la patria; porque, mas tarde, estas mujeres españolas en nuestro siglo han de ser madres del regenerado fruto que poblará el suelo español de hombres robustos, sanos de cuerpo y alma, de conciencia pura, inmaculada, como las sábanas de nieve que revisten y majestizan las montañas....
Advierto en la cordillera carpetana el rasgón de sus coronas berroqueñas y vuelven otros recuerdos a mi. Son la alegría que me apunta la fabulesca sonrisa.....
Inapercibidos pasaron días de otoño. Acampados por temporada bajo los pinares, subíamos por las tardes a los roquedales de Siete Picos a reposar tumbados al sol bajo el dosel de la celeste bóveda. Mirando al cielo, solo veíamos las nubes desplegar sus tules al empuje de las altas corrientes. A nuestro nivel, brisa leve acariciaba los rostros, moviendo suavemente los matorrales próximos. De vez en vez entornábamos los párpados; un aislado piar nos despertaba, y el murmullo del pinar quejumbrón tornábanos al sueño. De insólito sosiego gozaban nuestros cuerpos allí....
Y bajábamos al atardecer, hacia el chozo de piedra que levantamos junto a la pradera de las vaquerizas, y durante la marcha, breve y descansada, admirábamos sobre los verdes bosques de pinos la descomposición de los rayos violeta; mas alta, la sedienta vegetación, que exubera junto a los roquedos, nos daba la sensación del oro y la sangre. Colores increíbles original de esos paisajes que el prestigioso saber de críticos y cronistas calificó de fantástico en exposiciones y certámenes.
¡Que derroche de belleza y de arte, y que indefinible calma en los selváticos parajes que nos daban espíritu y abrigo trogloditas en aquel exilio voluntario....
Pero también la sierra tiene sus enfados. No siempre es sosegada la vida en sus entrañas. Muchas veces, en el laberinto de sus barrancadas y en la espesura de sus bosques, fracasaba la esperanza de regreso normal a nuestros hogares. ¡En cuantas ocasiones, sobre las alturas acantiladas, agotados los breves manantiales por los calores de Agosto, nos veíamos privados de calmar la sed y la fatiga! ; y, en cambio, ¿en cuantas otras calaban nuestros vestidos el aguacero de las tempestades, el resplandor de los relámpagos nos amenazaba de muerte y llenaba nuestros pechos de congoja el bramar horrísono del viento y del pinar, mientras el eco repetía sin compasión, en los cóncavos de piedra, el espantoso retumbar del trueno!. Tal era el gesto de terror de las montañas....
Pero luego, el mismo viento que infundía pavor en aquellos parajes llevábase las nubes a otros mas lejanos, y los rayos del sol esmaltaban con nítido verdor las enramadas. Y con esta nueva fase volvía a nosotros la alegría y se iba el espanto y la congoja......
Son los enfados de la Sierra enfados de amor. Después del incomodo, ofrece la dama la galantura de su sonrisa, enternecido el doncel recoge los halagos y sonríen de nuevo los dos, estrechando aún más los lazos de su amor.....
Goces y sufrimientos nos ofrece la Sierra en nuestras andanzas montañeras; sin embargo, tanto mas sentimos la nostalgia cuanto mayores son las aventuras que corremos en sus valles y cumbres.
Lectora, o lector: si no has subido jamás a las montañas sube una vez, goza en las peñas cimeras la grandeza de sus panoramas, respira la brisa que corre por sus cumbres, reflexiona en el magnificente misterio del pinar, aguanta con paciencia sus procelosos enfados, si es que vas en mal día, y no te quepa duda que cuando estés consagrado a tus tareas cotidianas sentirás la nostalgia, como yo lo siento en estos momentos, vibrará el cordaje de tus nervios, notarás un escalofrío de alegría y desearás que llegue el momento de volver.
Muchos de los que tal vez leáis ahora mis impresiones, si alguna vez me hablasteis de esas sierras eminentes que ahora atraen mi atención y me saturan de inspiración para cantarlas, recordaría la alegría con que escuchaba vuestros relatos y la emoción que me producía el oíros pronunciar los nombres de puntos culminantes y lugares sombríos. Notaríais mi alegría y mi emoción, porque eran inocultables, como la sorpresa de una buena noticia. Es una emoción que todos, absolutamente todos, desde los montañeros que frecuentan las mas escarpadas cimas hasta los tomilleros, novatos y domingueros que pululan por las dehesas de Fuenfría, sienten seguramente, cada vez que recuerdan sus correrías y paseos por esos valles y cumbres que, para los mas de los conciudadanos guardan aún el misterio de lo inexplorado.
Y diréis: ¿qué poder tienen esas sierras que influyen sobre quienes las visitan, cuando lejos de ellas las recuerdan? Para nadie es misterio. Es poder natural.
La fuerza de la civilización reunió las viviendas y constituyó las grandes ciudades, obligando a los hombres a recluirnos en ellas. Y es error lamentable el tomar por rareza la sana costumbre de acudir al campo; pues coste que tal escepticismo no es el de los que marchamos con nuestro veterano morralón a la espalda a vivir al aire libre uno o mas días de la semana, sino el de todos esos millares de ciudadanos que se quedan escondidos entre las paredes de la capital y desprecian sacrílegamente ese hermoso templo de la Naturaleza, ese paraíso, común albedrío que Dios nos legó para nuestro solaz y nuestro sostén.
Subimos una sola vez a las montañas: la naturaleza nos acoge en su seno, nos alaga, ofreciéndonos solaz con los múltiples y sabrosos encantos de sus enmarañados bosques, y luego, al pasar por nuestra mente el grato recuerdo que nos dejó, vibran nuestros nervios, sentimos alegría y torna a nosotros el ansia de volver. Y esa es la nostalgia que sentimos: el poder natural que nos influye.
¡Sierras guadarrameñas!....¡Monte carpetano!.....¡Cumbre de nieve que tantas veces purificaste la sangre de mis venas, diste a mi mente inspiración y a mi pluma impulso! ¡Recibe desde estas arideces la expresión de mis nostalgias, como alegría que recita mi alma para corresponder a las sonrisas que me aportan a través de las leguas la nitidez de tus praderas blancas y el brillo de tus reflejos diamantinos!....
Y pues en ti fluye la vida, ¡Salve, hermosa naturaleza, sagrado paraíso, albedrío común, que Dios nos legó para nuestro solaz y nuestro sostén!.
José Montejo Ciudad Lineal, enero de 1917
PATRIOTISMO MONTAÑERO
Para las amigas del campo y las que no lo son

Ante todo, a unas y otras a quienes dedico estas cuartillas, os pido venia para tutearos, por entender que, contando con esta confianza, podré mas sinceramente explayar mis aseveraciones.
Voy a hablaros de patriotismo en la seguridad de que vosotras, las mujeres españolas, sabéis sentir la patria más y mejor que muchos hombres; porque conozco vuestro corazón, porque se que en vuestro espíritu generoso, herencia imperecedera de la vieja raza, tiene cabida todo lo noble, todo lo sublime, todo lo que, por su sola inclinación al bien, merece el amparo de vuestro regazo.
Os voy a contar en estos párrafos lo que vuestra presencia en la montaña me sugirió muchas veces.
Voy a deciros como, con un pequeño esfuerzo, podéis contribuir al engrandecimiento físico de la raza y al moral abundamiento de vuestra felicidad.
Para ello voy a presentaros dos tipos distintos de mujer y estableceré la diferencia entre ellos; diferencia que muy bien vuestra clara inteligencia verá al trasluz de estas líneas sin que innecesarios esfuerzos me impulsen a hacérosla comprender mas claramente.
Ved aquí la muñeca cortesana, la figulina del último grito, la señorita madrileña de las Calatravas y Recoletos, la que pasea frente a la Maison Dorée en las mañanas soleadas de diciembre, la que desfila por la Carrera de San Jerónimo, la misma que a las tardes en el Rittz y en el Palace mueve a preciso compás los piececitos “muy menudos” a los simpáticos acordes del “fox-trot”. Fijaos en su cuerpo, o por mejor decir, en su cuerpecito lindo y artístico, elegantemente ataviado, cuya silueta se dibuja sobre el fondo de lunas biseladas y plantas de salón, y le veréis oprimido, casi siempre muy oprimido, aunque no tanto como sus pies por el zapato Luis XV, que descansan (por la altura de los tacones) de modo anormal, sobre un plano inclinado y no horizontalmente, como es la posición natural en que deben mantenerse esas diminutas bases de sustentación.
Seguid observándola y la veréis mas tarde en su palco de abono, respirando de la sala la atmósfera viciada, que es calurosa e irrespirable en las mas heladas noches de invierno. Luego, en su hogar, forrado de cortinajes y libre de rendijas, después de tomar un “sostén” o “tente en pié”, caerá en el lecho rendida del fatigoso trajín y pasará la noche despertando a veces sobresaltada, atormentando su cerebro por la obsesión por la comedia o el drama que vio antes, sin poder tranquilamente conciliar el sueño, nerviosamente incómoda, hasta despertar por la mañana, ya tarde, dolorida su cabeza, padeciendo siempre ¡claro está! Lo que ella habrá dado en llamar pesadillas y teniendo la imprescindible necesidad de hacer uso de aspirinas y otros específicos.
Luego, a las doce del día, tal vez con mala cara, volverá a Recoletos y a las Calatravas y dará la consabida vuelta por la Carrera, no sin antes pasar por la Peña y la Maison.
Ahora prescindid de estas galas, superfluos ornatos, y seguid el curso de su vida. Vedla ya casada y con sucesión, sosteniendo en su regazo el fruto débil que dio a la patria, y la observareis, las mas de las veces, con el sello de tristeza y melancolía maternales, luchando constantemente, eso si, (porque su espíritu generoso no se debilita), para salvar al hijo del alma de las garras horrorosas del raquitismo.

Este es el tipo de la señorita “bien” y el resultado de la superficialidad femenina.
La muñeca cortesana fue artística, elegante, delicada en su juventud; pero ni dio robusto fruto para la nueva generación, ni gozó en su madurez la felicidad, que debe ser inconmensurable, de ver correr, siempre alegre y revoltoso, al hijito del alma, con esa alegría inconfundible que produce la salud del cuerpo.

Y ahora veámosle otro tipo de mujer.
La mujer valiente, decidida, que consagra sus horas de recreo a la vida sana, a la vida al aire libre, la que sigue el curso de las corrientes modernas, la que la farándula “sociedad” llama injustamente “marimacho”, la que constituye en cuerpo y alma el tipo de la mujer verdad, de la mujer completa, perfecta, ideal.
La que en el campo de “tenis”, con su pelo sencillamente recogido, su frente al aire, limpia de rizos y flequillos, sin opresión su cuerpo y los zapatos blancos muy cómodos, empuñando su raqueta, espera el saque de su compañera o compañero, serenamente, con gallardía sublime, porque es la verdadera gallardía de mujer y no de sus elegantes atavíos.
La que, acompañada del hermano, penetra en la noche el silente misterio del pinar, empuña el hacha, corta leña y enciende el fuego, y descansa el resto de la noche, rebujada con su capa montañera, al abrigo de una covacha natural, sin preocuparse de insectos ni de imaginarias visiones.
La misma que en este silencio de la noche engaña pícaramente al “cáramo” imitando su canto semihumano.
La misma que a la mañana, tirando el lazo y enganchando en las rocas el piolet, escala los riscos escarpados, y allí, al vuelo magistral del águila, emula a sus fornidos camaradas en lanzar al aire el alegre y penetrante grito de la selva, y luego desciende al valle caminando varias horas soportando sobre los hombros el peso del morral, vuelve al hogar cortesano, descansa sobre el lecho y sueña (si es que sueña), con la brisa de las cumbres, con la frescura de los prados, con el aroma de las plantas.

Este es el tipo de la mujer verdad, de la mujer completa, de la que, prescindiendo del ornato, fatal superficialidad femenina, viste sencilla, pero cómoda, hace la vida sana, robustece su cuerpo y su espíritu y constituye el tipo modelo, dispuesto a la lucha vital en todos sus caracteres, preparado para soportar las inclemencias del destino, porque tiene repuesto de energías.
Esta es la compañera que consuela y anima al hombre en los momentos amargos de la vida, porque su espíritu conserva lozana la alegría que recibió en las cumbres cuando aspiró el oxígeno en los altos parajes; esa alegría perpetua de las montañas que se recibe con la luz del sol, allí donde brota y exubera lo bello, donde trisca lo ágil, donde todo sonríe noblemente, porque sólo allí mora la verdad.
Se esfuerza el montañero en robustecer sus miembros y abriga la esperanza de regenerar la raza con su perfecta sucesión; pero esto no basta: para que sea su labor mas completa es preciso que vosotras, las jóvenes mujeres españolas, ayudadas por vuestro espíritu castizamente generoso, en un arranque “muy español”, os despojéis de las galas inútiles, de las vanidades, vayáis al campo, subáis a las montañas y luego, aquí mismo, en estas columnas, que la Revista os brindará gustosa, para espejo y estímulo de las demás mujeres, deis cuenta de vuestras proezas, estampando al pie vuestra firma. Y si os falta decisión, si aún dudáis, yo os recomiendo que penséis solo un momento en las horas de dolor de la muñeca cortesana, en el sello melancólico de la señorita “bien” y en la insólita alegría con que la “montañera” dio al aire el grito de la selva, en el risco escarpado, al vuelo magistral del águila. Y luego hallad la diferencia, tomad por modelo el tipo que mas os guste, y si os lanzáis al campo, si vais a la montaña con devoción, asiduamente, cumpliréis un deber de humanidad aportando a vuestro hogar la alegría del alma y la salud del cuerpo, y un sagrado deber de patriotismo dando a la raza el robusto fruto que la honre. Y en recompensa de este cumplimiento, vuestra conciencia morirá tranquila y satisfecha.
¡Dios ampare a vuestro espíritu generoso, herencia imperecedera de la vieja raza, en ese arranque muy “español”!......
José Montejo Junio de 1917





ANTAGONISMO INCOMPRENSIBLE

Estudios y deportes
Desde hace algunos años, aunque no con toda la eficacia necesaria, se ha desarrollado gradualmente en España la práctica de los deportes.
Lo que ayer fue una visión lejana, una esperanza de sentimientos altamente sanos, es hoy una realidad de afanes deportivos que se manifiesta mas exuberante cada día, ante la cual se conduelen tristemente los enemigos del deporte, divulgando su enemistad con vaticínica melancolía, augurando una decadencia de la educación a través de los siglos venideros.
Hacer constar este desarrollo es decir una verdad que salta a la vista. No obstante, es conveniente que nos ocupemos de tal desarrollo de la educación física, haciendo constar esta verdad, no para probar una vez mas los entusiasmos que hoy se notan hacía los ejercicios físicos, sino para disertar sobre el antagonismo que existe entre el ejercicio del cuerpo y la educación del espíritu.
--, dicen a grandes voces muchas personas inteligentes, y gran parte de los españoles son furibundos convencidos de que el entusiasmo que hoy siente la juventud por el deporte es causa de una considerable mengua en los estudios.
Bien puede ser verdad esta mengua en los estudios y este irresurgimiento de las celebridades; muchos datos tenemos en la historia para creerlo, pero los mas irreductibles defensores de los antiguos métodos, los mas acérrimos admiradores de los programas de antaño, los pedagogos mas interesados en disminuir el entusiasmo de las juventudes hacia los deportes, bien saben que si la cultura clásica se muestra mas opaca que antes no es causa de ello exclusivamente el amor de los estudiantes al balompié o al boxeo, al deporte de nieve o al ciclismo. Hay en el decaimiento de la intelectualidad causas mas profundas, que no ignoran del todo en los Centros Docentes.
Y esto es preciso decirlo ahora, en la actualidad, cuando surge por todas partes la voz condoliente.
Tranquilicémonos y procuremos extender con meditación profunda una mirada precavida sobre las cosas y las gentes y sobre las costumbres e inclinaciones de los demás.
Es antigua y rutinaria costumbre, la que nos impulsa a desestimar las corrientes modernas. .
Tal vez tengan razón los retrógrados desde su punto de vista, que me parece muy personal. Pero no hay razón para dudar de un método nuevo que debiera implantarse en todas las escuelas y colegios y que impondría a los alumnos, no ya una hora potestativa de gimnasia, como se ha establecido en algunos centros de enseñanza, sino varias horas, obligatorias para todos, dedicado a la práctica de algunos deportes reglamentados, que constituirían un recreo higiénico y ameno. Pero esto no sucede, y lejos está de suceder, porque aquellos de cuya voluntad depende la implantación de este nuevo método complementario son precisamente los detractores de la idea deportiva, que han quedado en la estática contemplación de una vieja costumbre de cuyos defectos aún no se han dado cuenta.

¿No sería mejor acostumbrarse paulatinamente al ejercicio que desarrolla al mismo tiempo las facultades mentales y los músculos del cuerpo?
Casos se dan de muchachos excesivamente aplicados y listos que, por consagrarse solamente al ejercicio de la inteligencia, se debilitan de tal modo que mueren en la flor de su juventud, desapareciendo con ellos la esperanza, tal vez, de una celebridad por no haber fortificado su constitución, complementando con el ejercicio físico el esfuerzo mental.
Mens sana in corpore sano. Un espíritu sano en un cuerpo sano también. ¿Se halla rotulado en las aulas de las Universidades, institutos? ¿Estiman en los Centros docentes este pensamiento? No; y, sin embargo, ved a las juventudes estudiantiles pedirlo a voces. Si alguna mañana pasasteis por la Plaza de España u otras análogas cercanas a Centros de cultura, durante los meses de estudio, habréis visto una multitud de mozuelos jugando al balompié (valga la frase) con una pelota de cinco centímetros, desordenadamente, aprovechando el rato que les queda de una clase a otra. ¿Es ese el afán deportivo que produce la mengua en los estudios?. Yo creo que si; porque es muy de chicos desear todo aquello que se hace a hurtadillas de los padres y profesores. Pero esa mengua desaparecería si tuviesen en el mismo instituto medios de solazarse al salir de clase, desentumeciendo sus miembros al aire libre con un juego ordenado, que, por ejercitarse en el colegio o instituto y bajo la inspección de elementos competentes, evitaría seguramente el que los adolescentes aprendieran infinidad de rutinas callejeras, tan perjudiciales a su espíritu como a su cuerpo.
Por otra parte, “la privación – dice el proverbio – es causa del apetito”, y quien sabe si no ejerciendo esa coacción contra los deportes trocarían los muchachos el afán loco, que sinceramente podemos declarar excesivo y perjudicial hacia ese deporte clandestino, en un entusiasmo razonado y legítimo, proporcionado y justo por el deporte reglamentado, que disciplinaría al mismo tiempo que el cuerpo, haciéndolo flexible y ágil, robusto y firme, el espíritu, adquiriendo actividad, confianza en si mismo, voluntad inquebrantable y, sobre todo, esa intachable virtud que hace enérgicos a los hombres.
Bien queda demostrado que la cultura en España no es completa, ya que no estan conformes los educadores con el concepto latino mencionado. Se disciplina el espíritu, a veces demasiado, sin disciplinar al mismo tiempo el cuerpo
¿Es que no pueden unirse la cultura física y la educación del espíritu? ¿por qué ese antagonismo entre ambas educaciones?
Los partidarios de la rutina desprecian, naturalmente, las cosas nuevas, aunque sean inmejorables, porque todavía no las han visto acreditarse, porque su valor es supuesto en nuestro país y aún no se han convencido de sus ventajas; las desprecian porque la rutina no les permite mirarlas por el lado bueno, mortificando sus preferencias personales y pervirtiendo sus gustos. Por la rutina mucho mas se hicieron enemigos que partidarios de los deportes. Pero los intelectuales retrógrados, guiados por su buen criterio, pueden ver con buenos ojos y estimar las corrientes modernas si se apartan de la legendaria rutina.
Día ha de llegar en que, tal vez a pesar suyo, tendrán los pedagogos que seguir el unánime empuje de las nuevas generaciones a favor de la educación física.
Algunos habrá que, indiferentes, se opondrán al avance, porque ven exageraciones en la juventud. He aquí la labor de los educadores. Encauzar, dirigir la práctica de la cultura física, hacer selecciones, establecer programas, y los estudios nada menguará, con la difusión de los deportes.
Déjese a los estudiantes solazarse al aire libre. Consagrarse ordenada y metódicamente a la vida sana, entusiasmarse por los vencedores en los pugilatos, estimulándoles con premios y concursos para que se animen y decidan los tímidos a desarrollar sus músculos, ejercitándose en todos los deportes que tanto provocan la emulación de nuestros jóvenes estudiantes. Así trabajan por la raza, por España y por ellos mismos. ¿Habrá quien se oponga a ello? Concíliese el estudio y el deporte, que el uno no es obstáculo para el otro; lejos de perjudicarle, le completa.
La afición al campo y al deporte, el amor a la Naturaleza aparta a los adolescentes de esa mala curiosidad mundana que tantas víctimas produce. Delicado e importante problema por resolver, que conocen bien los educadores.
Los afanes deportivos de las juventudes de hoy están de acuerdo con los métodos de las fuentes y antiguas humanidades.
Su espíritu y sus entusiasmos gozan espontáneamente la misma inspiración de los consejos que encontramos en los autores griegos y latinos.
Unamos la teoría a la práctica y obedeceremos al deseo del poeta griego, que, después de consagrar las estrofas de su canto sentimental al vencedor de la carrera o de la lucha en las arenas del estadio, apetecía para los hombres jóvenes la armonía del cuerpo y del espíritu, el amor a la fuerza, a la disciplina y al orden.
El carácter típico de nuestra raza está por su origen suficientemente dotado de virtudes y condiciones para llevar a la práctica este nuevo método.
¡Conste, pues, señores pedagogos, señores educadores, señores facultados para la instrucción primaria, que solo es comprensible este antagonismo en aquellos que por respeto al abolengo de la legendaria rutina desestiman las corrientes modernas, desprecian las costumbres que impone el progreso y siguen los viejos métodos; en aquellos que continúan los procedimientos educativos de antaño, rigiendo la instrucción de las juventudes españolas por leyes de hace siglos y ejerciendo el cumplimiento de sus deberes, en perjuicio de la Madre común, de las nuevas generaciones, de sus propios hijos, exentos del delicado patriotismo que debe nominar en el espíritu de todo ciudadano y mucho mas en el ánimo de aquellos a quienes está encomendada la difícil labor educativa, de cuyos éxitos dependen en gran parte los destinos de España. José Montejo Leonor Agosto de 1.917