domingo, 18 de noviembre de 2007

IMPRESIONES NOSTÁLGICAS



Una casita y un jardín en medio de los campos, un huerto y un corral fueron mis anheladas pretensiones, colmo de mi campestre devoción.
Y en ella estoy aquí en Ciudad Lineal, recostado en el tronco de una acacia, tomando el sol.
Alumbra los campos la claridad de enero. Remata la línea horizontal la cordillera carpetana, y plata parecen en la lejanía las cumbres nevadas que arrugan el suelo castellano.
¡Para cuántos seres tendrán sus sábanas de nieve expresión de terror, al opinar, equivocadamente, que son sus ventiscas origen de pulmonares afecciones!. ¡Cuantos las ultrajan, acaso por no haber posado sus pies sobre ellas, tal vez por no haber aspirado jamás la sabia de sus plantas, sus efluvios de primavera, ni bebido el agua de sus fuentes! ¡Cuantos las maldicen y reniegan de ellas, seguramente por ignorar el grado de sus vitales condiciones! Y, en pago a vejamientos y ultrajes ¡vedlas cómo con su derroche de sonrisa aportan, a través de las leguas, una alegría mas para las almas cortesanas que las aman! ¡Cuántas y cuántas vidas se deberán a ellas!.....
Desde estas áridas afueras de Madrid, donde nunca imaginé consagrarles las notas de mi modesto canto sentimental, parecen fantasía sus contornos. Cuanto mas las miro mas me saturan de inspiración esas cumbres maldecidas por multitud de conciudadanos para quienes son todavía desconocidas.
En ellas veo desde aquí tantas visionarias estampas como excursiones hice por sus entrañas. La blancura de sus laderas argentinas traen a mi memoria los gratos recuerdos de mis andanzas. Aun parece que veo aquellos carnavales en que bajaba de mañana la cuesta de San Vicente para subir al tren. Abandonaba la Corte, alfombrada de serpentinas y confeti, y dejaba en sus calles los rezagados funambulescos arlequines, pierrots y colombinas demacrados y soñolientos, rendidos del incesante bullir de la nocturna bacanal carnavalesca.
Diferencia de rostros los que horas mas tarde contemplaba sobre las praderas que ahora me evocan este recuerdo, al deslizarse gentiles y graciosas las damas madrileñas, esas mujercitas que adornaban la blancura de las nieves con el contraste multicolor de sus vestidos, y que, amando las cumbres de nieves y sus deportes, saben amar la patria; porque, mas tarde, estas mujeres españolas en nuestro siglo han de ser madres del regenerado fruto que poblará el suelo español de hombres robustos, sanos de cuerpo y alma, de conciencia pura, inmaculada, como las sábanas de nieve que revisten y majestizan las montañas....
Advierto en la cordillera carpetana el rasgón de sus coronas berroqueñas y vuelven otros recuerdos a mi. Son la alegría que me apunta la fabulesca sonrisa.....
Inapercibidos pasaron días de otoño. Acampados por temporada bajo los pinares, subíamos por las tardes a los roquedales de Siete Picos a reposar tumbados al sol bajo el dosel de la celeste bóveda. Mirando al cielo, solo veíamos las nubes desplegar sus tules al empuje de las altas corrientes. A nuestro nivel, brisa leve acariciaba los rostros, moviendo suavemente los matorrales próximos. De vez en vez entornábamos los párpados; un aislado piar nos despertaba, y el murmullo del pinar quejumbrón tornábanos al sueño. De insólito sosiego gozaban nuestros cuerpos allí....
Y bajábamos al atardecer, hacia el chozo de piedra que levantamos junto a la pradera de las vaquerizas, y durante la marcha, breve y descansada, admirábamos sobre los verdes bosques de pinos la descomposición de los rayos violeta; mas alta, la sedienta vegetación, que exubera junto a los roquedos, nos daba la sensación del oro y la sangre. Colores increíbles original de esos paisajes que el prestigioso saber de críticos y cronistas calificó de fantástico en exposiciones y certámenes.
¡Que derroche de belleza y de arte, y que indefinible calma en los selváticos parajes que nos daban espíritu y abrigo trogloditas en aquel exilio voluntario....
Pero también la sierra tiene sus enfados. No siempre es sosegada la vida en sus entrañas. Muchas veces, en el laberinto de sus barrancadas y en la espesura de sus bosques, fracasaba la esperanza de regreso normal a nuestros hogares. ¡En cuantas ocasiones, sobre las alturas acantiladas, agotados los breves manantiales por los calores de Agosto, nos veíamos privados de calmar la sed y la fatiga! ; y, en cambio, ¿en cuantas otras calaban nuestros vestidos el aguacero de las tempestades, el resplandor de los relámpagos nos amenazaba de muerte y llenaba nuestros pechos de congoja el bramar horrísono del viento y del pinar, mientras el eco repetía sin compasión, en los cóncavos de piedra, el espantoso retumbar del trueno!. Tal era el gesto de terror de las montañas....
Pero luego, el mismo viento que infundía pavor en aquellos parajes llevábase las nubes a otros mas lejanos, y los rayos del sol esmaltaban con nítido verdor las enramadas. Y con esta nueva fase volvía a nosotros la alegría y se iba el espanto y la congoja......
Son los enfados de la Sierra enfados de amor. Después del incomodo, ofrece la dama la galantura de su sonrisa, enternecido el doncel recoge los halagos y sonríen de nuevo los dos, estrechando aún más los lazos de su amor.....
Goces y sufrimientos nos ofrece la Sierra en nuestras andanzas montañeras; sin embargo, tanto mas sentimos la nostalgia cuanto mayores son las aventuras que corremos en sus valles y cumbres.
Lectora, o lector: si no has subido jamás a las montañas sube una vez, goza en las peñas cimeras la grandeza de sus panoramas, respira la brisa que corre por sus cumbres, reflexiona en el magnificente misterio del pinar, aguanta con paciencia sus procelosos enfados, si es que vas en mal día, y no te quepa duda que cuando estés consagrado a tus tareas cotidianas sentirás la nostalgia, como yo lo siento en estos momentos, vibrará el cordaje de tus nervios, notarás un escalofrío de alegría y desearás que llegue el momento de volver.
Muchos de los que tal vez leáis ahora mis impresiones, si alguna vez me hablasteis de esas sierras eminentes que ahora atraen mi atención y me saturan de inspiración para cantarlas, recordaría la alegría con que escuchaba vuestros relatos y la emoción que me producía el oíros pronunciar los nombres de puntos culminantes y lugares sombríos. Notaríais mi alegría y mi emoción, porque eran inocultables, como la sorpresa de una buena noticia. Es una emoción que todos, absolutamente todos, desde los montañeros que frecuentan las mas escarpadas cimas hasta los tomilleros, novatos y domingueros que pululan por las dehesas de Fuenfría, sienten seguramente, cada vez que recuerdan sus correrías y paseos por esos valles y cumbres que, para los mas de los conciudadanos guardan aún el misterio de lo inexplorado.
Y diréis: ¿qué poder tienen esas sierras que influyen sobre quienes las visitan, cuando lejos de ellas las recuerdan? Para nadie es misterio. Es poder natural.
La fuerza de la civilización reunió las viviendas y constituyó las grandes ciudades, obligando a los hombres a recluirnos en ellas. Y es error lamentable el tomar por rareza la sana costumbre de acudir al campo; pues coste que tal escepticismo no es el de los que marchamos con nuestro veterano morralón a la espalda a vivir al aire libre uno o mas días de la semana, sino el de todos esos millares de ciudadanos que se quedan escondidos entre las paredes de la capital y desprecian sacrílegamente ese hermoso templo de la Naturaleza, ese paraíso, común albedrío que Dios nos legó para nuestro solaz y nuestro sostén.
Subimos una sola vez a las montañas: la naturaleza nos acoge en su seno, nos alaga, ofreciéndonos solaz con los múltiples y sabrosos encantos de sus enmarañados bosques, y luego, al pasar por nuestra mente el grato recuerdo que nos dejó, vibran nuestros nervios, sentimos alegría y torna a nosotros el ansia de volver. Y esa es la nostalgia que sentimos: el poder natural que nos influye.
¡Sierras guadarrameñas!....¡Monte carpetano!.....¡Cumbre de nieve que tantas veces purificaste la sangre de mis venas, diste a mi mente inspiración y a mi pluma impulso! ¡Recibe desde estas arideces la expresión de mis nostalgias, como alegría que recita mi alma para corresponder a las sonrisas que me aportan a través de las leguas la nitidez de tus praderas blancas y el brillo de tus reflejos diamantinos!....
Y pues en ti fluye la vida, ¡Salve, hermosa naturaleza, sagrado paraíso, albedrío común, que Dios nos legó para nuestro solaz y nuestro sostén!.
José Montejo Ciudad Lineal, enero de 1917

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