domingo, 18 de noviembre de 2007

DOS DE MAYO

Para los que hemos vivido ya con uso de razón, los primeros años de este siglo, la fecha de hoy dos de Mayo, ha sido, es y seguirá siendo, mientras vivamos, una fecha señalada, mas aún si esos primeros años del siglo, los hemos vivido en Madrid, en ese Madrid de las majas y de los chisperos, que tan importante y heroico papel jugaron en nuestra guerra de independencia contra los franceses.

Madrid está por sus cuatro costados ambientado de independencia. Raro es el barrio de Madrid que no contiene recuerdos de aquella gloriosa epopeya. Yo, que paseé de niño acompañado por mi madre, que en gloria esté, por todas las calles de Madrid, recuerdo con placer las explicaciones que me daba, el espíritu de independencia que me inculcaba aquella santa mujer y el ardor patriótico que imprimía a sus conversaciones y a sus relatos.

Cuando oía sus explicaciones, me parecía que estaba talmente viendo los hechos que ella me relataba.- Aquí -me decía- las gentes del pueblo se arrojaron en masa sobre la carroza en que se llevaban al Rey y cortaron con navajas los tirantes de los caballos- Y en efecto, una lápida esculpida en mármol daba fé de los hechos en la tapia que cubría la bajada desde el Palacio Real a las caballerizas, hoy convertidas en jardines.

Y quedaban aquellos lugares y los hechos acaecidos en ellos, de tal manera grabados en mi memoria que ahora, casi medio siglo después, los recuerdo tan perfectamente como si los estuviera viendo.

No puedo olvidarme de aquel Arco de Monteleón, la puerta del Parque de Artillería que se conserva aún, como un inválido, como un caballero mutilado de guerra, apoyado en sus muletas defendido de las inclemencias del tiempo por una serie de pletinas de hierro que lo sujetan para que sus ladrillos carcomidos por el agua y el viento no se desmoronen del todo.

Ni se me van de la memoria las huellas, que aún se ven en la famosa Puerta de Alcalá, producidas por los cañonazos de las tropas napoleónicas.

Aquel palacio de los duques de Pastrana en Chamartín de la Rosa sobre cuyo solar fue construido el Colegio de Ntra. Sra. del Recuerdo, de los padres jesuitas, donde aprendí las primeras letras, y en el cual palacio estableció Murat su cuartel general.

Aquel Palacio en El Pardo, donde José Bonaparte (Pepe Botella como le llamaba socarronamente el pueblo de Madrid tan ocurrente y burlón entonces como ahora) estableció su real aposento y ciñó la corona de su breve reinado.

Y sobretodo aquel cementerio tan pequeñito como venerable donde yacen los restos de las víctimas de la Independencia que estaba situado al final de la cuesta de Arenosos cerca del paso a nivel de la Florida en la línea del Norte.

Y recuerdo también el desfile de tropas por el paseo del Prado del día dos de Mayo de 1.903 hace 49 años, con asistencia de S. M. el Rey Don Alfonso XIII poco tiempo después de su coronación.

Aquellos soldados de infantería con pantalón rojo con franja negra y los de artillería con pantalón negro y franja roja todos ellos tocados con el famoso ros y su pimpante plumerito encima de la visera, y los úsares de la Princesa y los Dragones de Lusitania con sus vistosos y pulcros uniformes de príncipes de opereta con sus morriones de astracán ó sus cascos de pulido y reluciente acero con sus penachos de plumas bancas rizadas por el viento. Parada militar espectacular y enfervorizada de un patriotismo que germina en la infancia y madura en la vejez y así se ve transmitiendo de generación en generación.

Dicen que los viejos vivimos del recuerdo; pero es que recordando se vuelven a vivir los tiempos que se fueron para no volver. Esto no lo saben ni lo comprenden los jóvenes pero ya lo sabrán cuando lleguen a viejos.

Y pensando de esta manera, me vais a permitir que, recordando, recordando, vuelva a vivir los tiempos de mi infancia mientras recito el famoso poema dedicado al dos de Mayo por el no menos famoso poeta jienense Bernardo López García, que recité en el colegio hoy hace justamente ¡Cincuenta años! ¡Medio siglo, nada mas!

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