domingo, 18 de noviembre de 2007

RINCONES DE MI SOLAR

Los castillos de antaño
Como para vengar la afrenta al pueblo que a sus pies extendiéndose al abrigo de su poderío, álzase desafiante, gallardo, el torreón del viejo castillo, que, en sus días de su pasada gloria, cobijó la valerosa hueste de caballeros castellanos.
Cuando en las pasadas eras, veíase el poblado de pacíficas gentes, acometido por el ansia conquistadora de sus enemigos, del baluarte de aquel pequeño señorío, del hoy viejo castillo despedazado, surgía el bélico ardor de las guerreras gentes, excitado por el culto que al honor rendían los caballeros castellanos, arrojando acero por las disimuladas troneras y voces injuriosas al enemigo desde al enhiesto adarve de sus torre gallarda.
Y cuando en la poterna se deslizaba la puente levadiza o se abrían de par en par las herradas hojas, la boca del castillo arrojaba sus huestes y librábase sobre las florestas comarcanas la sangrienta batalla que daba honor a los vencedores y convertía en escoria a los vencidos......
Hoy, éste cual tantos otros, cimentados en las enormes moles de granito del viejo solar castellano, duermen un eterno sueño del que se desprende, envuelto en el suspiro de su severo aspecto, la evocación de un esplendor que fue......
Y descansan en paz las ruinas de los viejos castillos, en medio de las áridas estepas, olvidados del pueblo....de este pueblo moderno que, en las grandes urbes, al calor de las fábricas y al abrigo de las caudalosas empresas, vence en la lucha de hoy, constante lucha que no da blasones ni ejecutorias; pero que, en cada ciudad y a cada segundo, aporta la luz a la ciencia, brillantez a las artes, valores al comercio y a la industria y bienandanza a los hombres de buena voluntad

Nuestro camarada y amigo Félix Pereda, en uno de sus pintorescos viajes por tierras de burgos, supo hábilmente recoger en la sensibilidad de la placa estos dos aspectos del Castillo de Frías, que revelan la paternal protección que en aquellos tiempos ejercían estos baluartes sobre los pueblos, sometidos a la voluntad de su señor, el soberano aposentador del poderoso casón fortificado.
Hoy, como hemos dicho, duermen en paz un eterno sueño y la antañona gallardía de sus torres, ya desmoronadas, se ha tornado en gesto de lamentación, de plegaria, en la frialdad de una tumba.
Nuestro espíritu pone sobre sus ruinas una cruz por sus muertos y un ramo de laurel por sus héroes; y las recoge con afabilidad en estas páginas, porque constituyen uno de tantos rincones de nuestro solar.

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