domingo, 18 de noviembre de 2007

EL FANTASMA NOCHE
Cuando el tren cesó por completo su marcha descendí de él. Iba sólo, costumbre muy mía en las mas de mis andanzas. Siempre rendí culto a la soledad. Meditar, es mi predilección.
Poco menos o poco mas de las once de la noche. La estación de Cercedilla, triste, acaso misteriosa. Únicamente el Jefe y algunos mozos, ordenan, reconocen y pululan por el andén. Algo lejos, hacia el túnel del lado ascendente, se advertía inquieta una luz que supuse en manos de algún ferroviario.
Fuera de la estación, en la calle, varios hombres discutían a la puerta de una taberna. Detuvo mi pensamiento un lapso de indecisión......¿Subiré por el atajo al Club Alpino, o seguiré el camino de Fuenfria? .....Un sujeto que vino hacia mi interrumpió mi duda, era un hombre algo bajo, pero de recia contextura; guardaba su cuerpo hasta los pies un largo sobretodo en cuyos bolsillos se guarecían sus manos. Las solapas le cobijaban el rostro hasta el labio superior. Una gorra a cuadritos, muy grande, le cubría las orejas y la frente. El color de su rostro no se destacaba de las sombras; solo el reflejo de unas enormes gafas dejábase ver como su única expresión.
Mordisqueando una cumplida cachimba comenzó a balbucear unas palabras que no pude entender, y acercándose con los brazos en alto, como en señal de paz, me abrazó fuertemente y habló con alegría - ¡Montejo! ¿Has du gesegen unsere freünd Albert? (has visto a nuestro amigo Alberto? No; respondí en castellano claro y expedito, y a no seguir su charla en español, difícil me hubiera sido reconocer en el al buen amigo Wich.
Cuando tú no vienes yo tengo que volver solo al campamento- dijo y cogiéndome de un brazo, sin conocer aún mi pensamiento ni mi rumbo, me condujo por la carretera de las Dehesas, que aquella noche, no sé por qué, me pareció mas simpática que otras, iluminada por la luna.
Accedí sin reparo a sus deseos, y seguí con él. Me encanta la aventura, caminar sin conocer la meta de mis andanzas, porque a veces, aquello, lo espontáneo, lo que surge sin premeditación, ofrece mayores encantos que lo que se espera....
Wich acampaba hacía dos meses con varios camaradas alemanes en los pinares de Fuenfría; había olvidado el poco vocabulario que retenía en su memoria, y construir cada oración era para él problema de larga meditación. Por eso no hablaba; silencioso, meditabundo, marchaba con la vista fija en su sombra, que serpenteaba saltando los guijarros y surcos del camino. Solo levantaba la mirada para darme una minúscula noticia de su vida en el campo.
Tenemos un fusil.....me decía, y volvía a fijar la vista al suelo durante largo rato. Y con este fusil hemos matado....un....un....Y por mas que meditaba no alcanzaba su memoria el nombre con que la fauna bautizó a su víctima. Yo sufría mas que él; hubiera querido penetrar su pensamiento para romper con el apetecido nombre su nervioso mutismo. Pero una idea salvadora llególe a sus mentes, y deteniéndose de pronto, cogió mi cayada y apresuróse a dibujar en la arena la silueta de un animalito muy pequeño con un rabo largo y esponjado cuya forma de ESE pronto delató el original de aquella efigie. ¿Conoces a este?- interrogóme – sí; parece una ardilla. Está bien – prosiguió – el carne de este ardilla han comido los pastores, y el piel, hemos.... Y sin terminar la frase siguí lo mismo que antes, meditabundo, silencioso, como recopilando palabras para construir una nueva oración con que darme una nueva noticia de su vida en el campo.
Pasaron algunos minutos. Mi camarada, separándose a la izquierda del camino, comenzó el ascenso por una pequeña barrancada internándose en el pinar. Seguí sus pasos y he aquí la visión que surgió esta crónica. El espectro “noche” se manifestaba espléndidamente fantástico, con el misterioso matiz de las inquietantes sombras y las quiméricas fogaradas en el salvaje escenario del bosque.
Avanzaba delante Vich, rígido, muy encubierto con su vestidura, como personaje de folletín, ascendiendo pausadamente, con esa cínica pausa del que camina y observa a la par, como esperando un ataque, una sorpresa, tal vez una emboscada......A veces retrocedía bruscamente, y al empuje de sus pies rodaban por la pendiente un reguero de piedras cuyo ruido se apagaba con el de alguna ráfaga de viento que movía las ramas.....Entonces daba luz a su linterna, dibujábamos las sombras en los pinos gigantes, mostrándose mas visible la fantasía misteriosa del laberíntico bosque y cruzaba las sombras ligero, veloz, sorprendente, un pajarraco negro que, asustado del reflejo, hizo llegar a nuestros rostros el aire de sus agitadas alas. Un escalofrío nervioso recorrió mi cuerpo, no pudiendo comprender si fue miedo o emoción solamente. Miedo pudiera ser, ante el espectro sorprendente, o tal vez emoción, intensa emoción que penetraba en mi alma, llenándola de enigmas; admirativa emoción ante aquel satánico cuadro natural. Cada pisada, movimiento o brusco resbalón de Vich era un palpitante sobresalto, un golpe fuerte y seco, un latido vibrante del corazón, que retumbaba en mi pecho. No lo puedo remediar, soy muy impresionable. En cambio Vich caminaba confiado como por su casa de Kronach, porque aquel camino lo cruzaba todas las noches y conocía ya las piedras y los pinos caídos y el nido del pajarraco negro.
Llegábamos a una especie de plazoleta; aún no habíamos divisado el campamento, cuando Vich lanzó el estentóreo grito de la selva y allá arriba en las bracas cresterías de Siete Picos resonó repetidas veces la formidable voz, hasta apagarse su eco en la lejanía. Después un hurra, no menos formidable que el grito de la selva, nos hacía notar la proximidad al Campamento. Y así fue a veinte pasos, en la falda del altozano que cruzábamos, cabe el recinto que formaba una calzada de piedras, unas del terreno y otras superpuestas, alzábase una pequeña tienda de campaña, almacén de material y provisiones y un abrigo de retamas destinado solamente a dormitorio. En el centro de la plazoleta, unos troncos al rojo, dando de vez en cuando su luz las llamas, lenguas de fuego que lamían como fugitiva visión, que desaparecían muchas veces, una olla pendiente de un trípode rústico en la que hervía a borbotones el calducho de no sé qué condumio.
Las caras de mis antiguos amigos, el turnante centinela del campamento y el acompañado por mi, al azar, en las pasadas horas, no se mostraban lo mismo que en la corte y en la montaña, a la plena luz de los serranos cielos, o a la claridad de las nieves; porque la luz de las llamaradas les llegaba, ya vigorosa, ya tenue, a sus, apariencia, demacrados rostros, dábales un sospechoso aspecto de oscurecido misterio, como si aquel ambiente de fantasmones y encantamiento, fuera síntoma latente, tal vez, de la posibilidad de un premeditado crimen, cuyo ardid hallaba sus semejanzas en la mas folletinesca de tales enmarañadas artes. De esta manera, tenebroso y horrible manifestábase ante mis ojos el fantasma noche en aquélla ocasión que ofreció el azar a mis indecisiones andariegas.
Y algo hiciérame temer la fantasía de aquellos lugares, con sus aperentes visiones, si no tuviera depositada mi confianza absolutísima en la buena amistad que antaño me unía en lazos bastante afectuosos a aquel par de fieles amantes de las buenas costumbres montañeras, cuya acrisolada fidelidad de leales camaradas, era la mas indudable oferta de mi seguridad personal.
Después, dedicamos los ocios a la cena, cuya descripción paréceme prudente omitir, por carecer de importancia a mi modo de ver, que al cabo y al fin, no deja de ser un acto mas o menos material, que, lejos de despertar la inspiración, suele acallarla. Mas tarde pasábamos al interior del abrigo de retamas que nos ofrecía un puesto medianamente cómodo donde podía hallar descanso el cuerpo y reposo el alma, para extinción de aquellas fantasías que agitáronla con sus emociones intensas, y de las que el espíritu solo puede apartarse consagrándose al sueño, en esa muerte simulada, consuelo de las inclemencias del destino, y la mas verídica y sagrada paz que junto a los hombres se goza, cuando el que lo es de conciencia inmaculada, ni ve, ni oye ni entiende.
Tales fueron las emociones que sentí, muy intensas, muy hondas, preñadas de tenebrosas fantasías, y tales como las sentí, en la memoria las retuve y en el papel, las estampé enclavando estas páginas en los anales de mi montañera historia, sin literarias pretensiones, ni exagerada expresión de mis impresiones, que mas bien fui parco en la narración de tal jornada, que generoso en la descripción de aquella noche de otoño del año catorce, en que, llevados en ala de la fantasía, mis ojos vieron y mi alma sintió el fatídico espectro que tuve a bien llamar de entonces acá “Fantasma noche”.
José Montejo Julio de 1918

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