domingo, 18 de noviembre de 2007

“HACIENDO PATRIA”
Una rústica lección de fe




Sigo observando sin querer. A veces voy por el mundo y, bien sabe Dios, que con el afán de observar a la espalda, como si este afán fuese un objeto de reserva, un cepillo, por ejemplo, o un espejo que lleva un soldado en su macuto. Pero llegan a mí los diversos acontecimientos que se agitan a mi alrededor en el escenario de la vida y uno cualquiera de ellos, el más insignificante, al parecer, llama mi atención y entonces, tengo que echar mano al macuto de mi espíritu y poner en danza este afán de observar; porque el acontecimiento, insignificante al parecer, es verdaderamente digno de meditación. ¡Hay tantas maneras de hacer Patria!...

Así iba yo una tarde en los comienzos de agosto, aguas arriba del Guadalquivir (olivífero Betis, que decía Cervantes) y plúgome tomar por punto de reposo una pequeña huerta, muy pequeña, muy pobre; pero con muchos frutales que, a juzgar por la escena que presencié, debían hacer las delicias de aquellos humildes paladares que habitaban la humilde casa del hortelano. Un matrimonio con cinco hijos; el mayor de quince años y el más pequeño de nueve, todos ellos en eso de razón. Siete banquetas ocupaban en derredor de una mesilla en la que aún quedaban restos de la merienda. El padre, “Rayito” por mal nombre; se levantó y desapareció por el laberinto de matorrales y árboles y a poco reapareció trayendo en la mano un soberbio melocotón que dejó expuesto ceremoniosamente sobre la mesa y sacando del bolsillo una navaja hizo de él ocho partes que colocó en manos de los presentes, los que reteniéndolas en ellas aguardaron, grandes y chicos, el solemne momento de la degustación. “Rayito” se puso en pie, se santiguó ceremoniosamente, hizo la señal de la cruz sobre el grupo y con gran solemnidad tomó de la mesa el trozo de melocotón que se había reservado para si y al llevárselo a la boca dijo: Jesús por hogaño. Todos le imitaron y repitieron: Jesús por hogaño. ¡Todos... menos yo! que al dármelo me lo llevé a la boca y lo saboreé con deleite...

Cuando presencié esta hermosa escena ya me lo había comido. Una vez más en mi vida sentí vergüenza de mi mismo. El campo acababa de dar una lección de fe a la ciudad. Yo era la ciudad, la representación de la cultura, de la civilización, del progreso, de la educación social, de esa educación que atiende a la forma y abandona el fondo, de esa sociedad que mira con desprecio las rústicas maneras físicas de las gentes del campo, sin reparar en el fondo, en la espiritualidad que muchas de esas gentes tienen y que tanto enseñan a los que vamos por el mundo con los ojos vendados pretendiendo enseñar...
“Jesús por hogaño”. Era el primer fruto que se comía en aquel año y al probarlo lo hacían en nombre de Dios. Dios se lo dio y esa era la más hermosa manera de honrar al Creador de todas las cosas. “Jesús por hogaño”. No se me olvida la frase. Ella y la manera como la pronunciaron fueron motivo de meditación y me sugirieron el pergeño de estas líneas.
Hay muchas maneras de hacer Patria y también de honrar a Dios.
25-2-1.951

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