domingo, 18 de noviembre de 2007

COMENTANDO UN SUCESO RECIENTE

Un suceso reciente, acaecido en esta ciudad, me ha sugerido la idea de escribir estas líneas, impulsado por un deber de padre y amparado en la hidalga hospitalidad con que en diversas ocasiones han acogido las columnas del diario “Jaén” el fruto de mi humilde pluma.

Vamos a describir el hecho para dar paso al comentario. Un buen día dos niños de corta edad, de dos familias distintas, y también de distinta posición social, salen de su casa, después de comer, a jugar a la calle cada uno por su lado, llegan a juntarse, charlan, congenian, se compenetran, y... lo demás viene después. Llega la noche y los niños no vuelven a su hogar. Avanzan las horas y los padres, alarmados, se lanzan a la búsqueda. La policía municipal despliega sus actividades; funcionan los teléfonos, circulan de aquí para allá los coches, con familias y amigos; se pregunta a caminantes, transeúntes y campesinos; cunde la alarma en el vecindario; se multiplican progresivamente las indagaciones y... nada; no han dejado los niños ni rastro de su probable paradero. Así pasa la noche y a la mañana del siguiente día y parte de la tarde, hasta que, al anochecer, un grupo de niños, que organiza sus juegos en un ambiente de simpatía hacia el F.B.I. y que previamente, había desplegado a “sus agentes” a puntos estratégicos de los arrabales, topa con el más joven de los aventureros, le “trincan” con sus esposas (unas esposas hábilmente fabricadas con flejes de embalaje comercial) y lo llevan a la Inspección Municipal, donde como primera providencia lo guardan en la prevención. Este mismo niño, huérfano de padre, y al cuidado de su abuelita, días antes había sustraído a ésta cien pesetas, de las que, al ser detenido también por “fuerzas” del F.B.I. había gastado alegremente cuarenta y cinco en poco más de dos horas que obraron en su poder (¡el angelito estaba fichado en la Inspección!).

Pues bien: decíamos que lo tenían guardado en la prevención y al poco rato el niño, hábilmente, tranquilamente, con un cinismo impropio de su edad, se muestra enfermo, indispuesto, finge, conmueve, con habilidad verosímil, a sus guardianes, le dejan éstos salir a hacer una necesidad y aprovechando la ocasión propicia se “fuga” de la Inspección y desaparece como alma que lleva el diablo. Minutos después, los mismos “agentes” del F.B.I. se lo encuentran nuevamente, apelan a la “astucia” lo halagan elogiando su conducta.

¡Cuéntanos, machote, lo que has hecho! – le dicen – y el joven y nuevo “aventurero” cuenta, satisfecho, sus aventuras, que los demás escuchan con irónico deleite. Y habla, habla de su primera salida a la sierra, de robo de caballerías, de asaltos a cortijos, de pistolas, de carabinas, etc., etc. Entre tanto, otro “agente” infantil dá el “chivatazo” y otro agente de verdad, levanta la sesión llevándose al nene de la mano.
este le acompaña sin rechistar. Va a su lado tranquilamente. Con una sangre fría que enfría la sangre de los que le vemos pasar.

Una hora después, también por “agentes” del F.B.I., que en esta ocasión de mentirijillas, han hecho honor a la emulada y loable institución norteamericana de verdad; es restituido a la patria potestad de sus padres el otro aventurero de once años.

A su presencia cuenta fantasías parecidas, pero no coinciden a las que contó su compañero. ¿Cuál es la verdad? Ellos lo sabrán; pero me parece difícil averiguarla.

Hasta aquí el hecho y ahora pasemos al comentario.

El hecho en si no es ni más ni menos que una de tantas diabluras, hijas de la irreflexión infantil; pero... extendamos una mirada precavida a nuestro alrededor, al ambiente en que vivimos y a poco que observemos apreciaremos en la infancia una marcada tendencia a la emulación, pero ¿a la emulación de que? A la emulación de aquello que ven. Yo recuerdo que de chico (entonces estaban en apogeo las guerras de Cuba y Filipinas) jugábamos a los insurrectos, nos tiznábamos la cara para parecer mambises y nos armábamos de machetes tágalos. Luego durante la guerra del Rif los chiquillos se fingían moros y sus armas eran espingardas y gumias.

Hoy estamos cansados de ver películas de espadachines y “gansters”, que acusan su influencia en las rudimentarias mentes infantiles.

Yo recuerdo haber leído días pasados que unas madres se han manifestado en Norteamérica contra películas y cuentos que perjudican la salud mental de sus hijos. ¿No ha llegado aún en España la hora de salir al paso de estas divulgaciones que tanto perjudican a la infancia?

Mi pluma es endeble y mi voz tenue para empeñarse en una campaña decisiva de tal envergadura; pero me limito a cumplir con mi deber, haciendo uso de los medios que tengo a mi alcance, y pidiendo a Dios que otras plumas y otras voces más poderosas y más potentes que las mías, tomen a su cargo esta delicada cuestión de las películas y de los cuentos, en bien de los niños.

Villacarrillo 14-10-1.954

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