NUESTRA VICTORIA
Programa especial
1 de abril de 1.952
Hoy, al cumplirse el 13 aniversario de la Victoria hemos meditado serenamente sobre el hecho trascendentalísimo que para la historia de nuestra Patria significa este jalón que hace punto final a toda una larga etapa de desventuras y marca el comienzo de una nueva vida de resurgimiento de todos los valores espirituales y eternos de nuestra raza. Para algunos, (afortunadamente los menos)este hecho significa solo la determinación material de una contienda civil; pero para los que sentimos correr por nuestras venas, la preciosa y preciada sangre de la raza, esta fecha significa algo más que eso. Significa el despertar de una estirpe de santos y de héroes, portadores de un mandato divino. Significa la continuación de un destino universal y eterno interrumpido por una acción de ingerencias extrañas que pretendieron por envidia y con odio apartar a España y a los españoles de buena voluntad del servicio de Dios. Pero.....por fortuna, podrá España reposar su perezoso letargo unos momentos (en la historia, los siglos son momentos) pero, esa pereza o ese letargo son siempre para resurgir de ellos con mas alientos y con mas ímpetu para seguir la marcha triunfal de su destino.
Quien podía pensar, al contemplar el ambiente de la España de 31 al 36 que en los tres años sucesivos había de registrar la historia hechos gloriosos de la magnitud de los acaecidos en todo el desarrollo de nuestra Cruzada. Y no fueron hechos aislados sino múltiples. Y no en una región sino en todas. En el Centro, en el Norte, en el Sur, en todo el suelo patrio se registraron estos hechos que constituyen verdaderas páginas de oro.
En el Estrecho de Gibraltar es el paso de las primeras tropas en el convoy de la Victoria.
En Sevilla la hábil audacia de Queipo de Llano en el micrófono de la radio. En Madrid son los héroes del cuartel de la Montaña. En Guadarrama, las bizarras falanges de castilla. En la Virgen de la cabeza, la Guardia Civil, con su Capitán Cortes, en el Alcázar de Toledo, Moscardó y sus bravos cadetes, en Oviedo Aranda y los suyos, y siguen otros como la Universitaria y el Clínico, el cerro del Águila en la Casa de Campo y Brunete y Belchite y el Ebro, y Teruel y Alcubierre y otros y otros, y es que españa, la España inmortal de los grandes destinos, está señalada por el dedo de Dios que jamás la abandonó ni la abandonará, oíd lo que dice a este respecto José Mª Pemán en su magnífica poesía titulada “España”.
Otra vez sobre el libro azul que baña
la luz naciente en oro ensangrentado,
el dedo del Señor ha decretado
un destino de estrellas para España.
Se han llenado de flores
y claridad del día,
todas las tumbas de los soñadores
que soñaron en son de profecía
esto que llega: Herrera, el que decía
versos de guerras y de emperadores,
Don Marcelino, el del florido canto:
Citara de la España en cautiverio,
Don Juan el de Lepanto
Y el viejo Alfonso aquel, que supo tanto
De las leyes, los astros y el Imperio.
Cuando hay que descubrir un nuevo Mundo
O hay que domar al moro,
O hay que medir el cinturón de oro
del Ecuador, o alzar sobre el profundo
espanto del error negro que pesa
sobre la Cristiandad, el pensamiento
que es amor en Teresa
y es claridad en Trento,
cuando hay que consumar la maravilla
de alguna nueva hazaña,
los ángeles que están junto a su Silla,
miran a Dios.....y piensan en España.
Y así como Dios piensa en España, España no olvida a Dios y cuando llega el momento o la ocasión de ofrendarlo todo a Dios, el grande y el chico, el viejo y el joven, varones y hembras entregan sus corazones para formar con ellos un solo corazón, tan grande como los alientos inmortales de su raza. Oíd también lo que dice a este propósito Lius Martínez Kleyser en su poesía.
LA HORA DE DIOS
Paseando por España
Trágicas banderas rojas,
luto y sangre van sembrando
sobre los campos las hordas;
desolaciones, miserias,
tristezas, luchas, congojas,
persecución, exterminio,
ruinas, incendios y sombras.
pero, ante tales horrores,
gritemos todos ¡ no importa!:
la hora de Dios ha sonado
en el reloj de la Historia.
Hoy es retablo la Patria
y el cielo rica custodia
donde brilla el sol augusto
como una Sagrada Forma.
A sus pies, el ara inmensa
de nuestros campos, acopia
las víctimas inocentes
que, ante Dios, Satán inmola.
Corre su sangre bendita
como fuente generosa
de redención implacable
va derramando sus gotas,
el hisopo del delito,
sobre poblados que lloran
y terruños, salpicados
por la sangre de amapolas.
Amapolas y trigales,
sangre y pan sagrado Cuerpo
de la Divina Persona,
cubren el ara del campo;
sangre y pan las tierras bordan,
con los tonos rojo y gualda
de la enseña que retorna
La hora de Dios ha sonado
en el reloj de la Historia.
Fundidas fraternalmente
las milicias y las tropas,
entre fragor de cañones,
vibrar de ametralladoras,
el empuje de los “vivas”
y el aliento de las coplas,
llevando al pecho medallas
y en el hombro tercerolas,
por Dios y España combaten
y, mientras combaten, forjan.
Dios y España están con ellos;
no es posible la derrota;
bajo diluvios de balas
y granizadas de bombas,
donde un héroe sucumbe,
doscientos héroes brotan
que, luchando entre dos soles
-sol de ocaso y sol de aurora-
un sol rojo que declina
y un sol dorado que asoma,
ganan para Dios a España
y para España la gloria. Agosto de 1.936
Pero esta Victoria, cuyo aniversario se celebra hoy, no hubiera podido lograrse, si nuestra raza no tuviera un temple forjado en nuestra alma por obra y gracia de Dios.
Así es España, y como así es por la Gracia de Dios, de vez en cuando le dice al mundo
¡aquí estoy! y las hazañas se repiten y los gestos gloriosos son cantados por los romanceros y los poetas desde el Cid Campeador hasta nuestros días.
Año tras año se va alejando mas y mas aquella memorable fecha tan ansiada por todos los que tuvimos la desdicha de vivir durante nuestra guerra civil bajo el yugo y el terror del marxismo. Y parece como si a medida que el tiempo pasa, nos fuéramos olvidando de aquello que constituyó una pesadilla de 32 meses y que, gracias a Dios, y a nuestro invicto caudillo, al esfuerzo gallardo y generoso de nuestros bravos combatientes y al abnegado tributo de sangre de nuestros gloriosos caídos, cesó de una vez para siempre dando paso a una era de paz y de sosiego que, ciertamente, no hemos sabido apreciar en cuanto vale.
Parece como si hubiéramos pretendido que en esta memorable fecha hubiéramos pasado de una manera radical y tajante de la guerra a la paz; de la opresión terrorista a la tranquilidad absoluta; de la escasez a la abundancia; del infierno a la gloria sin darnos cuenta de que una transición de esta magnitud no puede realizarse de una manera radical y tajante.
Todas las guerras arrastran tras de si un periodo de posguerra, mas o menos lento, pero siempre acompañado de una corte de sacrificios, tanto mas abundantes y prolongados, cuanto mas profunda es la huella o la herida que la guerra dejó a su paso.
En la guerra, o mejor dicho, durante la guerra, nuestros combatientes, nuestros soldados, con la mirada siempre fija en la victoria no se detuvieron a medir la magnitud de los sacrificios y de una manera constante y de valor soportaron las vigilias, las inclemencias del tiempo, en ocasiones el hambre, la desnudez, el asedio, la constante amenaza del asalto, sin mas esperanza de recompensa que la satisfacción del deber cumplido.
Dios y la patria se lo pedían y ellos lo daban sin vacilaciones hasta lograr escribir con sangre y lágrimas esa hermosa página para la historia de tan gloriosa epopeya.
Ahora, nosotros, los que tuvimos la suerte de recibir esta paz y este sosiego, servido en bandeja de plata, medimos los sacrificios, mínimos en comparación de aquellos, y hasta nos atrevemos, a veces, a quejarnos de las vicisitudes por que hemos tenido que pasar en estos años de posguerra, como si la restauración de una economía nacional dependiera solo de la voluntad sin esfuerzos. La pérdida de las reservas de uva, el derrumbe de toda una economía privada, la destrucción de las industrias, el desequilibrio del comercio, de desintegración de la agricultura, todo lo que constituye la descomposición total del sistema de la economía nacional, de esa máquina complicadísima de engranajes múltiples que mantiene en constante mantenimiento la economía, no se puede restablecer o recuperar, por decreto o por ley, sino que requiere la voluntad, el esfuerzo, y el sacrificio de todos; el cumplimiento del deber de los soldados de la paz, y contrasta de una manera desagradable, la actitud generosa y heroica de aquellos que lo dieron todo por nosotros, por nuestra liberación, por nuestra paz, por nuestro sosiego y por nuestra tranquilidad y la actitud nuestra de regateo del sacrificio, de descontento ante el sacrificio, que si bien lo soportamos, lo hacemos a regañadientes y refunfuñando a veces, como si ello fuera una injusticia y no una obligación nuestra ya que se trata de normalizar nuestra propia vida y de preparar una vida mejor para nuestros hijos. Y lo que es mas triste, que parece que nos vamos olvidando de aquellos días de zozobra y de angustia y que, precisamente aquellos que estaban dispuestos a dar todo cuanto tuvieran a cambio de salvar la vida, son los que hoy mas protestan y los que mas se afanan en acumular riquezas sin volver
la vista atrás ni siquiera recordar, de vez en cuando, aquellos angustiosos días en que todo lo tenían perdido y que gracias a Dios salvaron la vida y la hacienda merced al sacrificio generoso de aquellos que todo lo dieron por nosotros. Olvidar aquello es ingratitud. Aún hay muchas madres y muchas esposas que lloran por aquellos que lo dieron todo por nosotros y la vida tiene mas valor que una contribución o un tributo, o una incomodidad, y hasta mas valor también que toda una hacienda. pero aún hay mas porque al olvidar esto se olvida también la gracia que la infinita Misericordia de Dios hubo de derramar sobre nosotros, y observamos con dolor que esta ingratitud humana alcanza a veces a lo divino ya que se olvida el amor al prójimo al olvidar la justicia social y se olvida también que este abandono de la justicia social fue lo que motivó la hecatombe y el horror de la revolución de la que todos nos salvamos milagrosamente. Todos, menos los que dieron sus vidas por salvar las nuestras.
La alegría, el fervor, el entusiasmo que mostramos en aquellos días tan esperados en que empezamos a gozar del sol de la libertad, también se van apagando y parece como si las banderas y los himnos, banderas e himnos que simbolizan la grandeza de nuestro destino, universal, hubiera perdido su color, su sentido y su simbolismo.
¡Que Dios está con nosotros no debemos olvidar a Dios!.
Ya que el león de Iberia sacudió su melena ¡que no se vuelva a dormir!
Y digamos siempre, como dice otro de nuestros poetas contemporáneos, Augusto Santamaría en su poesía titulada “Arriba España”
Bajo los cielos, sobre los mares,
en suelo propio y en tierra extraña
en las escuelas y en los hogares,
¡Arriba España!
Pese al cinismo de otras naciones
de manos sucias y negra entraña,
en nuestros brazos y corazones,
¡Arriba España!
Frente al diluvio de falsedades
que un odio injusto finge y apaña,
por que se eclipsen nuestras verdades,
¡Arriba España!
Sobre las tumbas de nuestros muertos,
que el duro arado de la campaña
abre, cual surcos de frutos ciertos,
¡Arriba España!
Bajo la enseña de oro y carmín,
que el sol del triunfo cercano baña
para que España se salve al fin,
¡Arriba España!
Con el recuerdo de José Antonio,
profeta y héroe, de cuya hazaña
hoy nuestro imperio da testimonio,
¡Arriba España!
Ante la efigie del gran Caudillo,
a quien el triunfo siempre acompaña
por noble y justo, fuerte y sencillo,
¡Arriba España!
Por el bendito pilar de Fe,
que alzó la Virgen en tierra maña,
para que a España firmeza dé,
¡Arriba España!
Por el torrente de amor y luz,
con que a diario Cristo nos baña,
desde el sagrario, desde la Cruz,
¡Arriba España!
¡Todos unidos, todos hermanos,
libres de envidia, libres de saña,
juntas las almas y altas las manos!
¡¡Arriba España!!
¡SIEMPRE HASTA LA MUERTE! ¡!!ARRIBA ESPAÑA¡¡¡
domingo, 18 de noviembre de 2007
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