domingo, 18 de noviembre de 2007

¡ACEITUNAS!

Se quedaron atrás, muy atrás las cumbres de la sierra. Las rocas ingentes y peladas y los pinares frondosos se han trocado en tierras de panllevar y olivares inmensos. Tan inmensos que se pierden allá en la lejanía de los horizontes. El coche de línea, sobre la cinta blanca de la carretera, surca estos olivares, como la quilla de una carabela las inmensidades del mar. Mi mirada, pertinaz e insaciable, escruta cuanto tiene a su alcance. Mi afán de observar, incontenible, no cesa un solo instante. ¡Es tan hermoso ver y meditar!...

Un grupo de hombres, mujeres y niños detiene la marcha del coche. Sobre la baca cargan impedimentas de todos los calibres, suben y se acomodan como pueden. Son gentes de La Mancha que vienen a estas tierras para coger la aceituna. Sus rostros, sus ademanes y sus conversaciones revelan una franca alegría. La coseche es importante, el tiempo maravilloso y el bienestar general parece reinar por doquier como una bendición de los cielos.

Hemos llegado a Santisteban, Capital del Condado, y las calles, tristes y solitarias, dan la sensación de una Necrópolis. ¡No hay nadie en el pueblo! ¡Ni un solo obrero parado! Tan solo algún viejecito recibe las caricias del Sol a la puerta de su casa. La gente está toda en el campo. El campo en estos días lo absorbe todo. Personas, animales, camiones, todo es poco para recoger el fruto de una cosecha sin precedentes. Las conversaciones de los pocos que van llegando no pueden ser más halagadoras. Todos en general dicen que hay más cosecha de la que suponen. No se habla de otra cosa. La política, los toros, los acontecimientos internacionales, han pasado a segundo término. Aceituna en el campo, aceituna por los caminos, por las calles, en los molinos. Por todas partes, solo aceituna. Diríase que invade el ambiente la grasienta psicosis de la aceituna.

Naturalmente contagiado de esta psicosis, ardo en deseos de verlo todo, de contemplarlo todo. Como un chiquillo a la puerta del circo se me van los ojos tras de los capachos deseoso de ver de donde vienen y adonde van. La amabilidad de un fabricante me presta ocasión propicia de satisfacer mi curiosidad y entro en una fábrica. Es ya noche. El patio de la fábrica abarrotado de camiones, tractores, mulos y borricos cargados de capachos da la sensación de una feria nocturna. Hombres que se acercan a la báscula con capachos sobre los hombros desarrollando una actividad vertiginosa. La gran troje soporta ya un montón que se acerca a las nubes, mientras el ruido incesante de los rulos en el interior de la fábrica nos canta la grata canción del oro andaluz.

Pero aún no he satisfecho del todo mi curiosidad. Esto es muy interesante, pero un tanto material. Mi afán de observar vuela hacia el campo, hacia ese campo de olivares inmensos que en estos días de recolección deja sentir esa bella canción de paz y de amor que nos habla de Dios.

Y... es ahora un cosechero quien me brinda ocasión. Mañana te espero aquí a las diez - me dice – y marcho a descansar con la ilusión fija en ese mañana que aguardo con afán...

Ya estamos en el campo, en pleno olivar. Un sol que parece de primavera alumbra estos campos que son de diciembre. Una brisilla leve y ligeramente templada roza nuestros rostros como una cariñosa caricia del Creador, mientras las nutridas cuadrillas de mujeres arquean sus cuerpos recogiendo los frutos del olivo. Estamos al pie de uno de ellos, extienden los mantones, y empiezan los hombres a varear y surge una apuesta. Es la apuesta de todas las cosechas, el famoso cálculo previo a que se consagran con verdadero deleite los prácticos. ¿Cuántos kilos tiene este olivo? Cada cual aporta en cifras su opinión; pero las dos que más destacan son las del dueño del olivo y del padre cura que nos acompaña en la visita de inspección. –Tiene lo menos sesenta kilos - dice el padre. – mas de setenta – replica el dueño. – no tanto, no tanto, añade el simpático y joven sacerdote. Apuesto a ustedes una botella a que hay más de setenta – exclama con orgullo el propietario. Y la apuesta se formaliza. Se recogen los mantones, se rebusca la del suelo y envasada en los sacos, partimos todos raudos hacia el pueblo llevando a bordo del coche la aceituna objeto de la apuesta. Ya estamos en el molino, las pesas de la báscula balancean y el pesador canta con voz autoritaria y solemne: - ¡Setenta y un kilos! Mi vista se cruza con la del padre y mis palabras balbucean tímidamente – Lo siento padre, esta es la primera vez en mi vida que tengo que informar a mis lectores en contra de la Iglesia. Una carcajada general hizo punto final a la escena y momentos después en la oficina de control se escanciaban unas copas que también eran de oro andaluz cuyos grados no eran de acidez sino de alcohol...

Dos cajas de aquel alcohólico oro fueron cargadas en el primer camión que se dirigía al tajo para que los aceituneros y aceituneras también pudieran celebrar la abundancia de aquella cosecha.
* * *

Magníficas Escenas que vieron mis ojos y mi pluma os describe por si tenéis la ocurrencia de meditar sobre ellas como me quedo haciendo yo.
Dos ideas me sugieren esto. Una os la dedico a vosotros cosecheros, que recibís a raudales la bendición que Dios ha tenido a bien derramar sobre vuestros campos. Acordaos en estos días que se acercan de los que carecen de todo, de los desamparados que solo esperan de la caridad de los hombres y de la infinita misericordia de Dios. Y otra; es para aquellos que lejos de nuestra Patria no supieron o no quisieron comprender los motivos de nuestro legítimo espíritu de imperio, que, no es ni más ni menos que el imperio del espíritu. Pensad en estas escenas que tanto nos dicen y pensad también que mientras hay imperios en el mundo con telones de acero, el nuestro tan solo se cubre con cendales de tul.

Santisteban del Puerto, Diciembre de 1.951

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