PATRIOTISMO MONTAÑERO
Para las amigas del campo y las que no lo son
Ante todo, a unas y otras a quienes dedico estas cuartillas, os pido venia para tutearos, por entender que, contando con esta confianza, podré mas sinceramente explayar mis aseveraciones.
Voy a hablaros de patriotismo en la seguridad de que vosotras, las mujeres españolas, sabéis sentir la patria más y mejor que muchos hombres; porque conozco vuestro corazón, porque se que en vuestro espíritu generoso, herencia imperecedera de la vieja raza, tiene cabida todo lo noble, todo lo sublime, todo lo que, por su sola inclinación al bien, merece el amparo de vuestro regazo.
Os voy a contar en estos párrafos lo que vuestra presencia en la montaña me sugirió muchas veces.
Voy a deciros como, con un pequeño esfuerzo, podéis contribuir al engrandecimiento físico de la raza y al moral abundamiento de vuestra felicidad.
Para ello voy a presentaros dos tipos distintos de mujer y estableceré la diferencia entre ellos; diferencia que muy bien vuestra clara inteligencia verá al trasluz de estas líneas sin que innecesarios esfuerzos me impulsen a hacérosla comprender mas claramente.
Ved aquí la muñeca cortesana, la figulina del último grito, la señorita madrileña de las Calatravas y Recoletos, la que pasea frente a la Maison Dorée en las mañanas soleadas de diciembre, la que desfila por la Carrera de San Jerónimo, la misma que a las tardes en el Rittz y en el Palace mueve a preciso compás los piececitos “muy menudos” a los simpáticos acordes del “fox-trot”. Fijaos en su cuerpo, o por mejor decir, en su cuerpecito lindo y artístico, elegantemente ataviado, cuya silueta se dibuja sobre el fondo de lunas biseladas y plantas de salón, y le veréis oprimido, casi siempre muy oprimido, aunque no tanto como sus pies por el zapato Luis XV, que descansan (por la altura de los tacones) de modo anormal, sobre un plano inclinado y no horizontalmente, como es la posición natural en que deben mantenerse esas diminutas bases de sustentación.
Seguid observándola y la veréis mas tarde en su palco de abono, respirando de la sala la atmósfera viciada, que es calurosa e irrespirable en las mas heladas noches de invierno. Luego, en su hogar, forrado de cortinajes y libre de rendijas, después de tomar un “sostén” o “tente en pié”, caerá en el lecho rendida del fatigoso trajín y pasará la noche despertando a veces sobresaltada, atormentando su cerebro por la obsesión por la comedia o el drama que vio antes, sin poder tranquilamente conciliar el sueño, nerviosamente incómoda, hasta despertar por la mañana, ya tarde, dolorida su cabeza, padeciendo siempre ¡claro está! Lo que ella habrá dado en llamar pesadillas y teniendo la imprescindible necesidad de hacer uso de aspirinas y otros específicos.
Luego, a las doce del día, tal vez con mala cara, volverá a Recoletos y a las Calatravas y dará la consabida vuelta por la Carrera, no sin antes pasar por la Peña y la Maison.
Ahora prescindid de estas galas, superfluos ornatos, y seguid el curso de su vida. Vedla ya casada y con sucesión, sosteniendo en su regazo el fruto débil que dio a la patria, y la observareis, las mas de las veces, con el sello de tristeza y melancolía maternales, luchando constantemente, eso si, (porque su espíritu generoso no se debilita), para salvar al hijo del alma de las garras horrorosas del raquitismo.
Este es el tipo de la señorita “bien” y el resultado de la superficialidad femenina.
La muñeca cortesana fue artística, elegante, delicada en su juventud; pero ni dio robusto fruto para la nueva generación, ni gozó en su madurez la felicidad, que debe ser inconmensurable, de ver correr, siempre alegre y revoltoso, al hijito del alma, con esa alegría inconfundible que produce la salud del cuerpo.
Y ahora veámosle otro tipo de mujer.
La mujer valiente, decidida, que consagra sus horas de recreo a la vida sana, a la vida al aire libre, la que sigue el curso de las corrientes modernas, la que la farándula “sociedad” llama injustamente “marimacho”, la que constituye en cuerpo y alma el tipo de la mujer verdad, de la mujer completa, perfecta, ideal.
La que en el campo de “tenis”, con su pelo sencillamente recogido, su frente al aire, limpia de rizos y flequillos, sin opresión su cuerpo y los zapatos blancos muy cómodos, empuñando su raqueta, espera el saque de su compañera o compañero, serenamente, con gallardía sublime, porque es la verdadera gallardía de mujer y no de sus elegantes atavíos.
La que, acompañada del hermano, penetra en la noche el silente misterio del pinar, empuña el hacha, corta leña y enciende el fuego, y descansa el resto de la noche, rebujada con su capa montañera, al abrigo de una covacha natural, sin preocuparse de insectos ni de imaginarias visiones.
La misma que en este silencio de la noche engaña pícaramente al “cáramo” imitando su canto semihumano.
La misma que a la mañana, tirando el lazo y enganchando en las rocas el piolet, escala los riscos escarpados, y allí, al vuelo magistral del águila, emula a sus fornidos camaradas en lanzar al aire el alegre y penetrante grito de la selva, y luego desciende al valle caminando varias horas soportando sobre los hombros el peso del morral, vuelve al hogar cortesano, descansa sobre el lecho y sueña (si es que sueña), con la brisa de las cumbres, con la frescura de los prados, con el aroma de las plantas.
Este es el tipo de la mujer verdad, de la mujer completa, de la que, prescindiendo del ornato, fatal superficialidad femenina, viste sencilla, pero cómoda, hace la vida sana, robustece su cuerpo y su espíritu y constituye el tipo modelo, dispuesto a la lucha vital en todos sus caracteres, preparado para soportar las inclemencias del destino, porque tiene repuesto de energías.
Esta es la compañera que consuela y anima al hombre en los momentos amargos de la vida, porque su espíritu conserva lozana la alegría que recibió en las cumbres cuando aspiró el oxígeno en los altos parajes; esa alegría perpetua de las montañas que se recibe con la luz del sol, allí donde brota y exubera lo bello, donde trisca lo ágil, donde todo sonríe noblemente, porque sólo allí mora la verdad.
Se esfuerza el montañero en robustecer sus miembros y abriga la esperanza de regenerar la raza con su perfecta sucesión; pero esto no basta: para que sea su labor mas completa es preciso que vosotras, las jóvenes mujeres españolas, ayudadas por vuestro espíritu castizamente generoso, en un arranque “muy español”, os despojéis de las galas inútiles, de las vanidades, vayáis al campo, subáis a las montañas y luego, aquí mismo, en estas columnas, que la Revista os brindará gustosa, para espejo y estímulo de las demás mujeres, deis cuenta de vuestras proezas, estampando al pie vuestra firma. Y si os falta decisión, si aún dudáis, yo os recomiendo que penséis solo un momento en las horas de dolor de la muñeca cortesana, en el sello melancólico de la señorita “bien” y en la insólita alegría con que la “montañera” dio al aire el grito de la selva, en el risco escarpado, al vuelo magistral del águila. Y luego hallad la diferencia, tomad por modelo el tipo que mas os guste, y si os lanzáis al campo, si vais a la montaña con devoción, asiduamente, cumpliréis un deber de humanidad aportando a vuestro hogar la alegría del alma y la salud del cuerpo, y un sagrado deber de patriotismo dando a la raza el robusto fruto que la honre. Y en recompensa de este cumplimiento, vuestra conciencia morirá tranquila y satisfecha.
¡Dios ampare a vuestro espíritu generoso, herencia imperecedera de la vieja raza, en ese arranque muy “español”!......
José Montejo Junio de 1917
domingo, 18 de noviembre de 2007
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