El “Don y el “Din”
Al decir de las gentes el “Don” sin “Din” no es don, entendiendo el “Don” como consecuencia del “Din”, de ese “poderoso caballero” que es “Don dinero”, como si el “Don” fuese anexo a la riqueza, la abundancia... En cuanto un ciudadano junta cuatro reales de “capital” ya es “Don” y marcha por el mundo deslumbrando a la humanidad con el reflejo de su caudal, como si el “tener” fuese un mérito excelso.
Ví una vez a un joven petulante, fastuoso y deslumbrador pasar con su coche, tirado por soberbio tronco de caballos, por delante de la Facultad de Medicina de Madrid, al mismo tiempo que, humilde, sencillo y mesocrático, penetraba bajo el portón secular de aquel templo de la ciencia Don Santiago Ramón y Cajal ...
Y ví otra vez (los vemos con frecuencia) a un rico negociante barrigudo y orondo pasear su “Don” con “Din” arrollando, materialmente, con el fasto de su atuendo a cuantos tenían la desdicha de pasar junto a él... Claro, que duraba el “Don” lo que su silencio; porque apenas pronunciaba unas palabras, demostraba que aquel “Don” lo llevaba prendido por los alfileres de la apariencia, como en las religiones paganas prendían la aureola de divinidad a los ídolos de barro. Su fastuosidad era como el albo ropaje de las nieves en una ingente cumbre, cuyos fulgores deslumbran, hasta que los rayos del sol, que son los implacables rayos de la verdad, derriten su gélida albura y dejan al descubierto la parda esperanza de sus rocas y con ellas la fealdad de su alma...
Cuantos “Dones” con “Din” vemos por esos mundos, majestuosamente asentados en tronos de alabastro y oro en marcha triunfal sobre el proceloso mar de la “materia” navegando con rumbo al infinito de sus ambiciones...
Una ilustre dama de estirpe literaria decía que el dinero era la mecha que el diablo conserva encendida para prender las almas y convertirlas en ascuas del infierno.
Y cuantos “Dones” sin “Din” vemos ante nosotros, con un escueto armazón de huesos por trono, presididos por un rostro escuálido y hambriento, pasear humildes su excelsa majestad (sublime paradoja) dejando sobre las arideces de la tierra la huella de sus renunciaciones y cabalgando sobre el “Clavileño” de sus virtudes, con los ojos vendados, como si no quisieran ver más horrores, hacia otro infinito que está sobre los hombres, más allá de las nubes...
Conocí a un maestro de escuela que era un “Don” sin más “Din” que un haber de seis mil reales con descuento; pero su escuela era la escuela del amor. Del amor al prójimo, de amor a la Patria, del amor a Dios...
Cervantes era otro “Don” y los ecos de su “Don” resuenan por todos los ámbitos del globo como una gloria del pensar, del ser y del decir.
Francisco de Asís dejó abandonada en casa de sus padres la bolsa del “Din” y fue llenando el zurrón de su alma de ese “Don” que fue piadosamente por el mundo derramando amor, hasta convertirse en un “San” de Cristo.
Unos van por el mundo “Haciendo patria” con el “Don”; otros “deshaciéndola”
con el “Din”. Unos son mirra en la tierra otros incienso en las alturas.
domingo, 18 de noviembre de 2007
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