Celebraremos que el ejemplo cunda para que podamos conocer detalles de muchas originales excursiones que ahora permanecen olvidadas.
Es en el Albergue que Los Amigos del Campo poseen en el serrano lugar de Cercedilla.
Por la ventana del dormitorio montañero penetran mudos y tenues los primeros albores;
Mientras, me desperezo, apartando de mi el peso de las mantas. Permanezco aletargado e inmóvil algunos minutos y medito sobre las hazañas montañeras a que puedo dedicar el nuevo día, gris y tristón, que, lentamente, llena de luz la estancia.
Subir una vez más a las cumbres guadarrameñas a hundir el ski sobre la nieve blanda. Esperar en el pueblo a que el termómetro baje y la nieve endurezca. Una y otra cosa resultan un tanto soporíferas y molestas.
Preferible es regresar a Madrid en el primer tren. Pero....volver tan pronto al bullicio y al trajín de la Corte; abandonar como de huída, esta sagrada paz de las montañas, la vida campesina y lugareña de estas cumbres ubérrimas de bondad, que tanto teme y censura la necia ciudadanía, y cuyas brisas vitales tanto ensanchan el corazón y los pulmones, y tanto inspiran al poeta, porque derroches de arte y de belleza son las cumbres y los valles de donde proceden, obra y gracia de Dios, parece un sacrilegio.
Alejarme de ellas lentamente, y volver la cabeza en el camino una, dos y muchas veces para decirlas el adiós que el amor dice a su amor cuando se aleja, es lo que cumple bien, ¿Con qué menos podré corresponder al bien que me hacen?.
Rompo la marcha, pues, por la Colonia; cruzo allá la estación y sigo por la carretera avante.
Es aquí, junto a las tres cruces del calvario de los Molinos. Me detengo un momento, y a través de los prismáticos, contemplo las esparcidas “Villas” de la Colonia de Cercedilla; mas allá sus casitas de piedra, y mas alta que las demás, como madre de todas, la torre mocha de la iglesia, cuya cúpula derribó el viento de las cumbres en los pasados años.
Y me alejo de nuevo. Las vacas de Los Molinos acuden a los prados. Corren chicos a la escuela, van mozas a la fuente. La campana de la torre suena las nueve horas de su reloj.... Fue allí.....junto a las tres cruces del calvario de Los Molinos donde dije el primer adiós a las montañas.Y sigo por la vía del tren, por esa cinta de hierro y grava que al ingenio de los hombres pudo colocar a través de los campos, como muestra de civilización y de progreso, y topo con un
túnel. Penetro en el con algo de reparo y cruzo paso a paso toda su oscuridad hasta mirar allá en la opuesta boca el cielo azul y diáfano. Pero aún me falta otro que cruzar; si no recuerdo mal, dos son los que preceden a la estación del pueblo de Collado.
Llego a él; introdúzcome en sus entrañas negras y misteriosas, llego a la mitad de su larga y pronunciada curva. No se si obligada o voluntaria fue aquí mi detención.
Quisiera verme dueño de la pluma de Verne, para describir en oraciones de cristal el grandioso espectáculo que ante mi vista se presenta.
Allá por la boca del túnel, tras sordo silbido, aparece el férreo convoy, majestuoso, y avanza despidiendo por todas partes humo iluminado de rojo, chispas de fuego, rompiendo con un ruido ensordecedor el silencio y la calma de aquellas tinieblas; amenazando, cual monstruo de arábiga leyenda, al infelice que osó penetrar el misterio de la caverna negra.
Pasa el armón de hierro. Avanzo con nerviosa rapidez a través de lo oscuro; el viento que de las montañas llega llévase el humo de la locomotora dejó para mi inconsuelo, y aparece, como de encantamiento, el arco de la boca ansiada y, a su salida, los campos otra vez y el oxígeno y la luz y las cumbres altas, altas, que al mirarlas siluetadas en el firmamento, elévase mi espíritu de nuevo al perder la emoción que me produjo aquella realidad fantasmagórica que parecióme sueño......
Ya dejé atrás el pueblo de Collado. Voy por la carretera de Villalba; subo hasta alcanzar una pequeña loma y aquí torno a hacer alto en mi jornada; vuelvo la vista atrás, tomo otra vez los gemelos y extiendo mi visual a través de ellos para mirar el macizo colosal de la “Maliciosa” coronada por sus altos roqueros de granito, que desgarran el manto de nieve que la cubre, como reina y señora de las cumbres vecinas; a sus pies, humilde y austero, extiende Navacerrada sus casuchas.
En el amplio valle, Guadarrama y Los Molinos, Villalba y el caserío de Alpedrete y, siguiendo la cuerda de montañas, “Siete Picos”, la “Marichiva”, la “Peñota” y el alto del León; mas por bajo “San Benito” y “Los Abantos” y en su falda, aunque iluminada por el sol apenas visible a través de la bruma, interrumpiendo en un punto la salvaje aspereza de los montes, la octava maravilla, el Monasterio real, que un monarca severo fundó para inmortalizar una gloriosa y colosal batalla.....
Y digo aquí el segundo adiós a las montañas. Aún respiro el oxígeno de sus brisas vitales y torno a caminar.
Voy solo. Únicamente me acompaña mi espíritu algo filosófico, que no deja a mi cerebro holgar un solo instante. Y pienso sobre todo lo que el teatro de la Naturaleza me presenta: una revista, en la que pasan y pasan escenas de la vida real; de la vida de estos pueblos, mísera y austera, pero vida de paz y de sosiego.
A la derecha, campos verdes salpicados de casas blancas. Las unas son villas de recreo, trozos de ciudad, a las que llegan próceres ilustres a simular la vida campesina en los meses estivales. Las otras, cuadrones y corralizas, chozos de pastores. Completamente aislados, rodeados de tapias blancas, álzanse los cipreses del cementerio de no se qué lugar, y a su lado la ermita silenciosa.
Voy solo, abandonando poco a poco las montañas, alta la frente y ancho el corazón, porque siento el goce inefable que me produce la sonriente poesía de los campos.
Son las doce. En la estación de Villalba lanza al aire su columna de humo una locomotora que maniobra. Jadeante y presumida cruza el paso a nivel la máquina del Berrocal.
Estoy en el kilómetro cuarenta de la carretera de Madrid a La Coruña. Diez me faltan para llegar a Torrelodones, punto donde ha de hallar reposo y calorías mi andariego cuerpo.
No se si el apetito o el ansia de llegar al lugar del descanso me hacen aligerar el paso. Tal vez el deseo de ver la llanura basta de Las Matas. A uno y otro lado del camino, montes de caza, caseríos, ventorros y paradores.
Pasan tres cuartos de hora de monótono andar y llego al alto de Peregrinos. A la derecha abrese la cañada de Valladolid. Al frente, sobre una barrancadapasa en zigs-zags la carretera. Una serie de hotelitos dan al paisaje un aspecto ameno y pintoresco.
Salvo una recta prolongada y al cabo de otros tres cuartos de hora la torre de los Lodonesme representa la visión de su macabra leyenda. Al pie Torrelodones, sonriente, libre, tiempo ha, del yugo insoportable del feudo ligio de las pasadas eras.
Entro en un caserón. Llego a la mesa del ventorro, descargo de mis hombros el viejo morralón , saco las viandas y conságrome al copioso yantar. A mi alrededor míranme con cariño solicitante los perros del ventero. En la reja hay atado el ronzal de un rucio flaco. Tras el zaguán persevera en su rezo pedigüeño un viejo pordiosero, envuelto en media capa de Béjar, sucia y pardusca. Gruñe el mastín; y en la calle aguardan mi salida un grupo de mozuelos curiosos.
Cerca de mi, el ventero, refranero y sentenciador como el escudero del ingenioso Hidalgo, cuéntame consejas de aquellos confines. Su cerebro es una vieja historia. No se por qué, todas las ventas de Castilla tienen un algo de “Quijote”.
Da las tres el “cuco” del Mesón y vuelvo a caminar. Aléjome de allí y quedan a la puerta el ventero y sus perros; el rucio flaco y los curiosos mozos.
Dejo a la izquierda la carretera del Hoyo y Colmenar; detrás “peña Bermeja” y al frente, extendida como agua del mar, la vasta llanura de Las Matas.
Al final de una cuesta abajo pronunciada, el Puente de la Muerte. Bien le encaja este nombre. Dígalo, si nó, la cruz que junto a el perpetúa la memoria de un infortunado que pereció a su entrada.
Paso por Las Matas, Las Rozas y el Plantío. Cambio el terreno, antes, rocas de granito, pinos, encinas, prados de ricos pastos, arroyos y riachuelos. Ahora, la aridez de la meseta castellana, el campo desolado, ni un árbol, ni un arroyo, ni una fuente.
Quedó atrás la sierra, y en ella los salutíferos pinares, las altas lagunas, los manantiales, los neveros. Ya no sopla la brisa de la cumbre, ya no respiro el oxígeno de la altura, ya no puedo decir adiós a las montañas porque quedaron muy allá; ya no me sirven los prismáticos para mirar sus cumbres, porque la noche llega; pero aún camino cobijando en mi mente la constante obsesión de sus bellezas.
Bien me inspiré durante varias horas en la marcha. Bien saturados llevo cuerpo y alma de sus vitales aromas.....Y corro a la ciudad, cuyas luces déjanse ver allá en el horizonte.
Poco goce me ofrece ya el camino. La alegre poesía de los campos, sumióse en las tinieblas de la noche, y marcho sin darme cuenta de que marcho.
Son las siete. Muy cercanas se ven las luces de unas casas y llegan hasta mi las notas bulliciosas de un piano de manubrio. Es casa de “Camorra”. Entro a calmar la sed. En el amplio salón, hay hombres y mujeres que bailan y, al entrar, me miran y hablan cuchicheando por lo bajo.
Cumplo mi cometido en esta estancia. Al cerrar la cancela de cristales oigo una múltiple y prolongada carcajada.....Es el Madrid jocoso.
Bajo las “Perdices”. Paso el puente de San Fernando, Puerta de hierro, y, casi a tientas, bajo la arboleda de los “Viveros”, cubro en media hora los tres kilómetros que faltan para llegar a La Florida.
Sobre las cuestas de Rosales, al pie de la ciudad, miro hacia el Norte. Y allí en el horizonte, confundido en la noche con el cielo, me parece que veo las aristas serranas, otra vez las casuchas de piedra lugareñas, Cercedilla, Collado,Los Molinos, y las cumbres de nieve, muy lejos, tan lejos que apenas si se distingue la silueta.
De ellas me separé paso tras paso y he llegado hasta aquí. Por la espalda siento el nervioso escalofrío de la emoción. Las ocho son. Once horas caminé.....Y no es proeza de andariego. Es un adiós a las montañas.
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