lunes, 19 de noviembre de 2007

PRESENTACIÓN

Después de varios años de intentar poseer las obras escritas por mi padre, reclamarle a mi hermana Carmen en varias ocasiones con la idea de hacer un libro como el que hice con su poesía y repartir una copia entre todos los hermanos, al no poderse hacer por motivos que no vienen al caso, ahora con los medios de las nuevas tecnologías puedo hacerle un blog como si de él se tratara publicándolas para que todos sus descendientes, amigos y quien quiera leerlas estén a su alcance con solo hacer un clic.Este blog lo dedico a todos mis hermanos, sobrinos y amigos interesados en la obra literaria que nos dejó como única herencia, y en especial a mi hermana Carmen que tanto le amó, le respetó y le admiró, para que su sueño se vea realizado aunque sea de manera póstuma, el tener recopiladas y pasadas a limpio todo lo que ella tenía recopilado de él en manuscritos , viejos papeles y cuartillas escritas con máquina de escribir casi ilegible y desordenados encontrados en un baúl el día después de su muerte, gracias a ella que los guardó, podemos tenerlas todos.
Jesús Montejo Mallorca, Noviembre 2007




No me ha sido posible hacer otro libro con su prosa como el que hice en condiciones muy favorables ya que trabajaba en una imprenta como diseñador gráfico y me resultó muy sencillo y económico pero nada hay imposible en esta vida. Ya estoy jubilado y me sobra el tiempo, quizás sea de agradecimiento poder hacer este trabajo para no aburrirme, aunque preveo que será muy laborioso pues he de pasar todo a máquina aunque lo efectúe con ordenador pero creo que antes de morirme estará terminado, archivado en el PC y poderos mandar y distribuir las copias que sean necesarias para que todos los descendientes podamos tener en nuestras manos lo único que nos dejó en herencia: sus poesías y su prosa.

Jesús Montejo Mallorca 2003

Ahora una vez terminada mi obra voy a hacerle un blog para que vuele por las ondas y pueda verlo todo el mundo.

Ciudad de Sóller Julio  2012


INTRODUCCIÓN

Después de ver sus poesías recopiladas en un libro, del cual no se pudieron hacer copias suficientes para todos, a continuación de la prosa va también la poesía para que así todos nosotros, hijos, nietos y descendientes podamos recrearnos y conocer lo que nuestro padre, abuelo y antecesor nos dejó como única herencia pero gracias a la cual le tendremos entre nosotros: Sus andanzas de montañero, alocuciones de radio, guiones, periodismo, cartas. Y aunque no es posible conocer toda su obra literaria porque mucha desapareció durante la Guerra Civil, o en los diversos traslados de un lugar a otro de nuestra piel de toro, hemos conseguido una pequeña parte y con esta parcela que refleja su sentir, lo mismo que en las poesías, aquí le tenemos con nosotros; Que nos escribe, nos recita, o nos lee sus artículos. Así, cuando tengamos la pena de haberle perdido podremos coger sus libros diciendo: “¡Hola papá, cuéntame cosas!”, ¡ Hola abuelo, no te conocí pero te siento!.Carmen Montejo Salamanca 1995

domingo, 18 de noviembre de 2007

PROSA


EL ADIOS A LA MONTAÑA


Nuestro Amigo Montejo, que tuvo un día la humorada de regresar de Cercedilla a pie y sin compañía, nos cuenta en las siguientes líneas las incidencias de su extraño viaje.
Celebraremos que el ejemplo cunda para que podamos conocer detalles de muchas originales excursiones que ahora permanecen olvidadas.
Es en el Albergue que Los Amigos del Campo poseen en el serrano lugar de Cercedilla.
Por la ventana del dormitorio montañero penetran mudos y tenues los primeros albores;
Mientras, me desperezo, apartando de mi el peso de las mantas. Permanezco aletargado e inmóvil algunos minutos y medito sobre las hazañas montañeras a que puedo dedicar el nuevo día, gris y tristón, que, lentamente, llena de luz la estancia.
Subir una vez más a las cumbres guadarrameñas a hundir el ski sobre la nieve blanda. Esperar en el pueblo a que el termómetro baje y la nieve endurezca. Una y otra cosa resultan un tanto soporíferas y molestas.
Preferible es regresar a Madrid en el primer tren. Pero....volver tan pronto al bullicio y al trajín de la Corte; abandonar como de huída, esta sagrada paz de las montañas, la vida campesina y lugareña de estas cumbres ubérrimas de bondad, que tanto teme y censura la necia ciudadanía, y cuyas brisas vitales tanto ensanchan el corazón y los pulmones, y tanto inspiran al poeta, porque derroches de arte y de belleza son las cumbres y los valles de donde proceden, obra y gracia de Dios, parece un sacrilegio.
Alejarme de ellas lentamente, y volver la cabeza en el camino una, dos y muchas veces para decirlas el adiós que el amor dice a su amor cuando se aleja, es lo que cumple bien, ¿Con qué menos podré corresponder al bien que me hacen?.
Rompo la marcha, pues, por la Colonia; cruzo allá la estación y sigo por la carretera avante.
Es aquí, junto a las tres cruces del calvario de los Molinos. Me detengo un momento, y a través de los prismáticos, contemplo las esparcidas “Villas” de la Colonia de Cercedilla; mas allá sus casitas de piedra, y mas alta que las demás, como madre de todas, la torre mocha de la iglesia, cuya cúpula derribó el viento de las cumbres en los pasados años.
Y me alejo de nuevo. Las vacas de Los Molinos acuden a los prados. Corren chicos a la escuela, van mozas a la fuente. La campana de la torre suena las nueve horas de su reloj.... Fue allí.....junto a las tres cruces del calvario de Los Molinos donde dije el primer adiós a las montañas.Y sigo por la vía del tren, por esa cinta de hierro y grava que al ingenio de los hombres pudo colocar a través de los campos, como muestra de civilización y de progreso, y topo con un
túnel. Penetro en el con algo de reparo y cruzo paso a paso toda su oscuridad hasta mirar allá en la opuesta boca el cielo azul y diáfano. Pero aún me falta otro que cruzar; si no recuerdo mal, dos son los que preceden a la estación del pueblo de Collado.
Llego a él; introdúzcome en sus entrañas negras y misteriosas, llego a la mitad de su larga y pronunciada curva. No se si obligada o voluntaria fue aquí mi detención.
Quisiera verme dueño de la pluma de Verne, para describir en oraciones de cristal el grandioso espectáculo que ante mi vista se presenta.
Allá por la boca del túnel, tras sordo silbido, aparece el férreo convoy, majestuoso, y avanza despidiendo por todas partes humo iluminado de rojo, chispas de fuego, rompiendo con un ruido ensordecedor el silencio y la calma de aquellas tinieblas; amenazando, cual monstruo de arábiga leyenda, al infelice que osó penetrar el misterio de la caverna negra.
Pasa el armón de hierro. Avanzo con nerviosa rapidez a través de lo oscuro; el viento que de las montañas llega llévase el humo de la locomotora dejó para mi inconsuelo, y aparece, como de encantamiento, el arco de la boca ansiada y, a su salida, los campos otra vez y el oxígeno y la luz y las cumbres altas, altas, que al mirarlas siluetadas en el firmamento, elévase mi espíritu de nuevo al perder la emoción que me produjo aquella realidad fantasmagórica que parecióme sueño......
Ya dejé atrás el pueblo de Collado. Voy por la carretera de Villalba; subo hasta alcanzar una pequeña loma y aquí torno a hacer alto en mi jornada; vuelvo la vista atrás, tomo otra vez los gemelos y extiendo mi visual a través de ellos para mirar el macizo colosal de la “Maliciosa” coronada por sus altos roqueros de granito, que desgarran el manto de nieve que la cubre, como reina y señora de las cumbres vecinas; a sus pies, humilde y austero, extiende Navacerrada sus casuchas.
En el amplio valle, Guadarrama y Los Molinos, Villalba y el caserío de Alpedrete y, siguiendo la cuerda de montañas, “Siete Picos”, la “Marichiva”, la “Peñota” y el alto del León; mas por bajo “San Benito” y “Los Abantos” y en su falda, aunque iluminada por el sol apenas visible a través de la bruma, interrumpiendo en un punto la salvaje aspereza de los montes, la octava maravilla, el Monasterio real, que un monarca severo fundó para inmortalizar una gloriosa y colosal batalla.....
Y digo aquí el segundo adiós a las montañas. Aún respiro el oxígeno de sus brisas vitales y torno a caminar.

Voy solo. Únicamente me acompaña mi espíritu algo filosófico, que no deja a mi cerebro holgar un solo instante. Y pienso sobre todo lo que el teatro de la Naturaleza me presenta: una revista, en la que pasan y pasan escenas de la vida real; de la vida de estos pueblos, mísera y austera, pero vida de paz y de sosiego.
A la derecha, campos verdes salpicados de casas blancas. Las unas son villas de recreo, trozos de ciudad, a las que llegan próceres ilustres a simular la vida campesina en los meses estivales. Las otras, cuadrones y corralizas, chozos de pastores. Completamente aislados, rodeados de tapias blancas, álzanse los cipreses del cementerio de no se qué lugar, y a su lado la ermita silenciosa.
Voy solo, abandonando poco a poco las montañas, alta la frente y ancho el corazón, porque siento el goce inefable que me produce la sonriente poesía de los campos.

Son las doce. En la estación de Villalba lanza al aire su columna de humo una locomotora que maniobra. Jadeante y presumida cruza el paso a nivel la máquina del Berrocal.
Estoy en el kilómetro cuarenta de la carretera de Madrid a La Coruña. Diez me faltan para llegar a Torrelodones, punto donde ha de hallar reposo y calorías mi andariego cuerpo.
No se si el apetito o el ansia de llegar al lugar del descanso me hacen aligerar el paso. Tal vez el deseo de ver la llanura basta de Las Matas. A uno y otro lado del camino, montes de caza, caseríos, ventorros y paradores.
Pasan tres cuartos de hora de monótono andar y llego al alto de Peregrinos. A la derecha abrese la cañada de Valladolid. Al frente, sobre una barrancadapasa en zigs-zags la carretera. Una serie de hotelitos dan al paisaje un aspecto ameno y pintoresco.
Salvo una recta prolongada y al cabo de otros tres cuartos de hora la torre de los Lodonesme representa la visión de su macabra leyenda. Al pie Torrelodones, sonriente, libre, tiempo ha, del yugo insoportable del feudo ligio de las pasadas eras.
Entro en un caserón. Llego a la mesa del ventorro, descargo de mis hombros el viejo morralón , saco las viandas y conságrome al copioso yantar. A mi alrededor míranme con cariño solicitante los perros del ventero. En la reja hay atado el ronzal de un rucio flaco. Tras el zaguán persevera en su rezo pedigüeño un viejo pordiosero, envuelto en media capa de Béjar, sucia y pardusca. Gruñe el mastín; y en la calle aguardan mi salida un grupo de mozuelos curiosos.


Cerca de mi, el ventero, refranero y sentenciador como el escudero del ingenioso Hidalgo, cuéntame consejas de aquellos confines. Su cerebro es una vieja historia. No se por qué, todas las ventas de Castilla tienen un algo de “Quijote”.
Da las tres el “cuco” del Mesón y vuelvo a caminar. Aléjome de allí y quedan a la puerta el ventero y sus perros; el rucio flaco y los curiosos mozos.
Dejo a la izquierda la carretera del Hoyo y Colmenar; detrás “peña Bermeja” y al frente, extendida como agua del mar, la vasta llanura de Las Matas.
Al final de una cuesta abajo pronunciada, el Puente de la Muerte. Bien le encaja este nombre. Dígalo, si nó, la cruz que junto a el perpetúa la memoria de un infortunado que pereció a su entrada.
Paso por Las Matas, Las Rozas y el Plantío. Cambio el terreno, antes, rocas de granito, pinos, encinas, prados de ricos pastos, arroyos y riachuelos. Ahora, la aridez de la meseta castellana, el campo desolado, ni un árbol, ni un arroyo, ni una fuente.
Quedó atrás la sierra, y en ella los salutíferos pinares, las altas lagunas, los manantiales, los neveros. Ya no sopla la brisa de la cumbre, ya no respiro el oxígeno de la altura, ya no puedo decir adiós a las montañas porque quedaron muy allá; ya no me sirven los prismáticos para mirar sus cumbres, porque la noche llega; pero aún camino cobijando en mi mente la constante obsesión de sus bellezas.


Bien me inspiré durante varias horas en la marcha. Bien saturados llevo cuerpo y alma de sus vitales aromas.....Y corro a la ciudad, cuyas luces déjanse ver allá en el horizonte.
Poco goce me ofrece ya el camino. La alegre poesía de los campos, sumióse en las tinieblas de la noche, y marcho sin darme cuenta de que marcho.
Son las siete. Muy cercanas se ven las luces de unas casas y llegan hasta mi las notas bulliciosas de un piano de manubrio. Es casa de “Camorra”. Entro a calmar la sed. En el amplio salón, hay hombres y mujeres que bailan y, al entrar, me miran y hablan cuchicheando por lo bajo.
Cumplo mi cometido en esta estancia. Al cerrar la cancela de cristales oigo una múltiple y prolongada carcajada.....Es el Madrid jocoso.
Bajo las “Perdices”. Paso el puente de San Fernando, Puerta de hierro, y, casi a tientas, bajo la arboleda de los “Viveros”, cubro en media hora los tres kilómetros que faltan para llegar a La Florida.

Sobre las cuestas de Rosales, al pie de la ciudad, miro hacia el Norte. Y allí en el horizonte, confundido en la noche con el cielo, me parece que veo las aristas serranas, otra vez las casuchas de piedra lugareñas, Cercedilla, Collado,Los Molinos, y las cumbres de nieve, muy lejos, tan lejos que apenas si se distingue la silueta.
De ellas me separé paso tras paso y he llegado hasta aquí. Por la espalda siento el nervioso escalofrío de la emoción. Las ocho son. Once horas caminé.....Y no es proeza de andariego. Es un adiós a las montañas.

José Montejo Diciembre de 1916
IMPRESIONES NOSTÁLGICAS



Una casita y un jardín en medio de los campos, un huerto y un corral fueron mis anheladas pretensiones, colmo de mi campestre devoción.
Y en ella estoy aquí en Ciudad Lineal, recostado en el tronco de una acacia, tomando el sol.
Alumbra los campos la claridad de enero. Remata la línea horizontal la cordillera carpetana, y plata parecen en la lejanía las cumbres nevadas que arrugan el suelo castellano.
¡Para cuántos seres tendrán sus sábanas de nieve expresión de terror, al opinar, equivocadamente, que son sus ventiscas origen de pulmonares afecciones!. ¡Cuantos las ultrajan, acaso por no haber posado sus pies sobre ellas, tal vez por no haber aspirado jamás la sabia de sus plantas, sus efluvios de primavera, ni bebido el agua de sus fuentes! ¡Cuantos las maldicen y reniegan de ellas, seguramente por ignorar el grado de sus vitales condiciones! Y, en pago a vejamientos y ultrajes ¡vedlas cómo con su derroche de sonrisa aportan, a través de las leguas, una alegría mas para las almas cortesanas que las aman! ¡Cuántas y cuántas vidas se deberán a ellas!.....
Desde estas áridas afueras de Madrid, donde nunca imaginé consagrarles las notas de mi modesto canto sentimental, parecen fantasía sus contornos. Cuanto mas las miro mas me saturan de inspiración esas cumbres maldecidas por multitud de conciudadanos para quienes son todavía desconocidas.
En ellas veo desde aquí tantas visionarias estampas como excursiones hice por sus entrañas. La blancura de sus laderas argentinas traen a mi memoria los gratos recuerdos de mis andanzas. Aun parece que veo aquellos carnavales en que bajaba de mañana la cuesta de San Vicente para subir al tren. Abandonaba la Corte, alfombrada de serpentinas y confeti, y dejaba en sus calles los rezagados funambulescos arlequines, pierrots y colombinas demacrados y soñolientos, rendidos del incesante bullir de la nocturna bacanal carnavalesca.
Diferencia de rostros los que horas mas tarde contemplaba sobre las praderas que ahora me evocan este recuerdo, al deslizarse gentiles y graciosas las damas madrileñas, esas mujercitas que adornaban la blancura de las nieves con el contraste multicolor de sus vestidos, y que, amando las cumbres de nieves y sus deportes, saben amar la patria; porque, mas tarde, estas mujeres españolas en nuestro siglo han de ser madres del regenerado fruto que poblará el suelo español de hombres robustos, sanos de cuerpo y alma, de conciencia pura, inmaculada, como las sábanas de nieve que revisten y majestizan las montañas....
Advierto en la cordillera carpetana el rasgón de sus coronas berroqueñas y vuelven otros recuerdos a mi. Son la alegría que me apunta la fabulesca sonrisa.....
Inapercibidos pasaron días de otoño. Acampados por temporada bajo los pinares, subíamos por las tardes a los roquedales de Siete Picos a reposar tumbados al sol bajo el dosel de la celeste bóveda. Mirando al cielo, solo veíamos las nubes desplegar sus tules al empuje de las altas corrientes. A nuestro nivel, brisa leve acariciaba los rostros, moviendo suavemente los matorrales próximos. De vez en vez entornábamos los párpados; un aislado piar nos despertaba, y el murmullo del pinar quejumbrón tornábanos al sueño. De insólito sosiego gozaban nuestros cuerpos allí....
Y bajábamos al atardecer, hacia el chozo de piedra que levantamos junto a la pradera de las vaquerizas, y durante la marcha, breve y descansada, admirábamos sobre los verdes bosques de pinos la descomposición de los rayos violeta; mas alta, la sedienta vegetación, que exubera junto a los roquedos, nos daba la sensación del oro y la sangre. Colores increíbles original de esos paisajes que el prestigioso saber de críticos y cronistas calificó de fantástico en exposiciones y certámenes.
¡Que derroche de belleza y de arte, y que indefinible calma en los selváticos parajes que nos daban espíritu y abrigo trogloditas en aquel exilio voluntario....
Pero también la sierra tiene sus enfados. No siempre es sosegada la vida en sus entrañas. Muchas veces, en el laberinto de sus barrancadas y en la espesura de sus bosques, fracasaba la esperanza de regreso normal a nuestros hogares. ¡En cuantas ocasiones, sobre las alturas acantiladas, agotados los breves manantiales por los calores de Agosto, nos veíamos privados de calmar la sed y la fatiga! ; y, en cambio, ¿en cuantas otras calaban nuestros vestidos el aguacero de las tempestades, el resplandor de los relámpagos nos amenazaba de muerte y llenaba nuestros pechos de congoja el bramar horrísono del viento y del pinar, mientras el eco repetía sin compasión, en los cóncavos de piedra, el espantoso retumbar del trueno!. Tal era el gesto de terror de las montañas....
Pero luego, el mismo viento que infundía pavor en aquellos parajes llevábase las nubes a otros mas lejanos, y los rayos del sol esmaltaban con nítido verdor las enramadas. Y con esta nueva fase volvía a nosotros la alegría y se iba el espanto y la congoja......
Son los enfados de la Sierra enfados de amor. Después del incomodo, ofrece la dama la galantura de su sonrisa, enternecido el doncel recoge los halagos y sonríen de nuevo los dos, estrechando aún más los lazos de su amor.....
Goces y sufrimientos nos ofrece la Sierra en nuestras andanzas montañeras; sin embargo, tanto mas sentimos la nostalgia cuanto mayores son las aventuras que corremos en sus valles y cumbres.
Lectora, o lector: si no has subido jamás a las montañas sube una vez, goza en las peñas cimeras la grandeza de sus panoramas, respira la brisa que corre por sus cumbres, reflexiona en el magnificente misterio del pinar, aguanta con paciencia sus procelosos enfados, si es que vas en mal día, y no te quepa duda que cuando estés consagrado a tus tareas cotidianas sentirás la nostalgia, como yo lo siento en estos momentos, vibrará el cordaje de tus nervios, notarás un escalofrío de alegría y desearás que llegue el momento de volver.
Muchos de los que tal vez leáis ahora mis impresiones, si alguna vez me hablasteis de esas sierras eminentes que ahora atraen mi atención y me saturan de inspiración para cantarlas, recordaría la alegría con que escuchaba vuestros relatos y la emoción que me producía el oíros pronunciar los nombres de puntos culminantes y lugares sombríos. Notaríais mi alegría y mi emoción, porque eran inocultables, como la sorpresa de una buena noticia. Es una emoción que todos, absolutamente todos, desde los montañeros que frecuentan las mas escarpadas cimas hasta los tomilleros, novatos y domingueros que pululan por las dehesas de Fuenfría, sienten seguramente, cada vez que recuerdan sus correrías y paseos por esos valles y cumbres que, para los mas de los conciudadanos guardan aún el misterio de lo inexplorado.
Y diréis: ¿qué poder tienen esas sierras que influyen sobre quienes las visitan, cuando lejos de ellas las recuerdan? Para nadie es misterio. Es poder natural.
La fuerza de la civilización reunió las viviendas y constituyó las grandes ciudades, obligando a los hombres a recluirnos en ellas. Y es error lamentable el tomar por rareza la sana costumbre de acudir al campo; pues coste que tal escepticismo no es el de los que marchamos con nuestro veterano morralón a la espalda a vivir al aire libre uno o mas días de la semana, sino el de todos esos millares de ciudadanos que se quedan escondidos entre las paredes de la capital y desprecian sacrílegamente ese hermoso templo de la Naturaleza, ese paraíso, común albedrío que Dios nos legó para nuestro solaz y nuestro sostén.
Subimos una sola vez a las montañas: la naturaleza nos acoge en su seno, nos alaga, ofreciéndonos solaz con los múltiples y sabrosos encantos de sus enmarañados bosques, y luego, al pasar por nuestra mente el grato recuerdo que nos dejó, vibran nuestros nervios, sentimos alegría y torna a nosotros el ansia de volver. Y esa es la nostalgia que sentimos: el poder natural que nos influye.
¡Sierras guadarrameñas!....¡Monte carpetano!.....¡Cumbre de nieve que tantas veces purificaste la sangre de mis venas, diste a mi mente inspiración y a mi pluma impulso! ¡Recibe desde estas arideces la expresión de mis nostalgias, como alegría que recita mi alma para corresponder a las sonrisas que me aportan a través de las leguas la nitidez de tus praderas blancas y el brillo de tus reflejos diamantinos!....
Y pues en ti fluye la vida, ¡Salve, hermosa naturaleza, sagrado paraíso, albedrío común, que Dios nos legó para nuestro solaz y nuestro sostén!.
José Montejo Ciudad Lineal, enero de 1917
PATRIOTISMO MONTAÑERO
Para las amigas del campo y las que no lo son

Ante todo, a unas y otras a quienes dedico estas cuartillas, os pido venia para tutearos, por entender que, contando con esta confianza, podré mas sinceramente explayar mis aseveraciones.
Voy a hablaros de patriotismo en la seguridad de que vosotras, las mujeres españolas, sabéis sentir la patria más y mejor que muchos hombres; porque conozco vuestro corazón, porque se que en vuestro espíritu generoso, herencia imperecedera de la vieja raza, tiene cabida todo lo noble, todo lo sublime, todo lo que, por su sola inclinación al bien, merece el amparo de vuestro regazo.
Os voy a contar en estos párrafos lo que vuestra presencia en la montaña me sugirió muchas veces.
Voy a deciros como, con un pequeño esfuerzo, podéis contribuir al engrandecimiento físico de la raza y al moral abundamiento de vuestra felicidad.
Para ello voy a presentaros dos tipos distintos de mujer y estableceré la diferencia entre ellos; diferencia que muy bien vuestra clara inteligencia verá al trasluz de estas líneas sin que innecesarios esfuerzos me impulsen a hacérosla comprender mas claramente.
Ved aquí la muñeca cortesana, la figulina del último grito, la señorita madrileña de las Calatravas y Recoletos, la que pasea frente a la Maison Dorée en las mañanas soleadas de diciembre, la que desfila por la Carrera de San Jerónimo, la misma que a las tardes en el Rittz y en el Palace mueve a preciso compás los piececitos “muy menudos” a los simpáticos acordes del “fox-trot”. Fijaos en su cuerpo, o por mejor decir, en su cuerpecito lindo y artístico, elegantemente ataviado, cuya silueta se dibuja sobre el fondo de lunas biseladas y plantas de salón, y le veréis oprimido, casi siempre muy oprimido, aunque no tanto como sus pies por el zapato Luis XV, que descansan (por la altura de los tacones) de modo anormal, sobre un plano inclinado y no horizontalmente, como es la posición natural en que deben mantenerse esas diminutas bases de sustentación.
Seguid observándola y la veréis mas tarde en su palco de abono, respirando de la sala la atmósfera viciada, que es calurosa e irrespirable en las mas heladas noches de invierno. Luego, en su hogar, forrado de cortinajes y libre de rendijas, después de tomar un “sostén” o “tente en pié”, caerá en el lecho rendida del fatigoso trajín y pasará la noche despertando a veces sobresaltada, atormentando su cerebro por la obsesión por la comedia o el drama que vio antes, sin poder tranquilamente conciliar el sueño, nerviosamente incómoda, hasta despertar por la mañana, ya tarde, dolorida su cabeza, padeciendo siempre ¡claro está! Lo que ella habrá dado en llamar pesadillas y teniendo la imprescindible necesidad de hacer uso de aspirinas y otros específicos.
Luego, a las doce del día, tal vez con mala cara, volverá a Recoletos y a las Calatravas y dará la consabida vuelta por la Carrera, no sin antes pasar por la Peña y la Maison.
Ahora prescindid de estas galas, superfluos ornatos, y seguid el curso de su vida. Vedla ya casada y con sucesión, sosteniendo en su regazo el fruto débil que dio a la patria, y la observareis, las mas de las veces, con el sello de tristeza y melancolía maternales, luchando constantemente, eso si, (porque su espíritu generoso no se debilita), para salvar al hijo del alma de las garras horrorosas del raquitismo.

Este es el tipo de la señorita “bien” y el resultado de la superficialidad femenina.
La muñeca cortesana fue artística, elegante, delicada en su juventud; pero ni dio robusto fruto para la nueva generación, ni gozó en su madurez la felicidad, que debe ser inconmensurable, de ver correr, siempre alegre y revoltoso, al hijito del alma, con esa alegría inconfundible que produce la salud del cuerpo.

Y ahora veámosle otro tipo de mujer.
La mujer valiente, decidida, que consagra sus horas de recreo a la vida sana, a la vida al aire libre, la que sigue el curso de las corrientes modernas, la que la farándula “sociedad” llama injustamente “marimacho”, la que constituye en cuerpo y alma el tipo de la mujer verdad, de la mujer completa, perfecta, ideal.
La que en el campo de “tenis”, con su pelo sencillamente recogido, su frente al aire, limpia de rizos y flequillos, sin opresión su cuerpo y los zapatos blancos muy cómodos, empuñando su raqueta, espera el saque de su compañera o compañero, serenamente, con gallardía sublime, porque es la verdadera gallardía de mujer y no de sus elegantes atavíos.
La que, acompañada del hermano, penetra en la noche el silente misterio del pinar, empuña el hacha, corta leña y enciende el fuego, y descansa el resto de la noche, rebujada con su capa montañera, al abrigo de una covacha natural, sin preocuparse de insectos ni de imaginarias visiones.
La misma que en este silencio de la noche engaña pícaramente al “cáramo” imitando su canto semihumano.
La misma que a la mañana, tirando el lazo y enganchando en las rocas el piolet, escala los riscos escarpados, y allí, al vuelo magistral del águila, emula a sus fornidos camaradas en lanzar al aire el alegre y penetrante grito de la selva, y luego desciende al valle caminando varias horas soportando sobre los hombros el peso del morral, vuelve al hogar cortesano, descansa sobre el lecho y sueña (si es que sueña), con la brisa de las cumbres, con la frescura de los prados, con el aroma de las plantas.

Este es el tipo de la mujer verdad, de la mujer completa, de la que, prescindiendo del ornato, fatal superficialidad femenina, viste sencilla, pero cómoda, hace la vida sana, robustece su cuerpo y su espíritu y constituye el tipo modelo, dispuesto a la lucha vital en todos sus caracteres, preparado para soportar las inclemencias del destino, porque tiene repuesto de energías.
Esta es la compañera que consuela y anima al hombre en los momentos amargos de la vida, porque su espíritu conserva lozana la alegría que recibió en las cumbres cuando aspiró el oxígeno en los altos parajes; esa alegría perpetua de las montañas que se recibe con la luz del sol, allí donde brota y exubera lo bello, donde trisca lo ágil, donde todo sonríe noblemente, porque sólo allí mora la verdad.
Se esfuerza el montañero en robustecer sus miembros y abriga la esperanza de regenerar la raza con su perfecta sucesión; pero esto no basta: para que sea su labor mas completa es preciso que vosotras, las jóvenes mujeres españolas, ayudadas por vuestro espíritu castizamente generoso, en un arranque “muy español”, os despojéis de las galas inútiles, de las vanidades, vayáis al campo, subáis a las montañas y luego, aquí mismo, en estas columnas, que la Revista os brindará gustosa, para espejo y estímulo de las demás mujeres, deis cuenta de vuestras proezas, estampando al pie vuestra firma. Y si os falta decisión, si aún dudáis, yo os recomiendo que penséis solo un momento en las horas de dolor de la muñeca cortesana, en el sello melancólico de la señorita “bien” y en la insólita alegría con que la “montañera” dio al aire el grito de la selva, en el risco escarpado, al vuelo magistral del águila. Y luego hallad la diferencia, tomad por modelo el tipo que mas os guste, y si os lanzáis al campo, si vais a la montaña con devoción, asiduamente, cumpliréis un deber de humanidad aportando a vuestro hogar la alegría del alma y la salud del cuerpo, y un sagrado deber de patriotismo dando a la raza el robusto fruto que la honre. Y en recompensa de este cumplimiento, vuestra conciencia morirá tranquila y satisfecha.
¡Dios ampare a vuestro espíritu generoso, herencia imperecedera de la vieja raza, en ese arranque muy “español”!......
José Montejo Junio de 1917





ANTAGONISMO INCOMPRENSIBLE

Estudios y deportes
Desde hace algunos años, aunque no con toda la eficacia necesaria, se ha desarrollado gradualmente en España la práctica de los deportes.
Lo que ayer fue una visión lejana, una esperanza de sentimientos altamente sanos, es hoy una realidad de afanes deportivos que se manifiesta mas exuberante cada día, ante la cual se conduelen tristemente los enemigos del deporte, divulgando su enemistad con vaticínica melancolía, augurando una decadencia de la educación a través de los siglos venideros.
Hacer constar este desarrollo es decir una verdad que salta a la vista. No obstante, es conveniente que nos ocupemos de tal desarrollo de la educación física, haciendo constar esta verdad, no para probar una vez mas los entusiasmos que hoy se notan hacía los ejercicios físicos, sino para disertar sobre el antagonismo que existe entre el ejercicio del cuerpo y la educación del espíritu.
--, dicen a grandes voces muchas personas inteligentes, y gran parte de los españoles son furibundos convencidos de que el entusiasmo que hoy siente la juventud por el deporte es causa de una considerable mengua en los estudios.
Bien puede ser verdad esta mengua en los estudios y este irresurgimiento de las celebridades; muchos datos tenemos en la historia para creerlo, pero los mas irreductibles defensores de los antiguos métodos, los mas acérrimos admiradores de los programas de antaño, los pedagogos mas interesados en disminuir el entusiasmo de las juventudes hacia los deportes, bien saben que si la cultura clásica se muestra mas opaca que antes no es causa de ello exclusivamente el amor de los estudiantes al balompié o al boxeo, al deporte de nieve o al ciclismo. Hay en el decaimiento de la intelectualidad causas mas profundas, que no ignoran del todo en los Centros Docentes.
Y esto es preciso decirlo ahora, en la actualidad, cuando surge por todas partes la voz condoliente.
Tranquilicémonos y procuremos extender con meditación profunda una mirada precavida sobre las cosas y las gentes y sobre las costumbres e inclinaciones de los demás.
Es antigua y rutinaria costumbre, la que nos impulsa a desestimar las corrientes modernas. .
Tal vez tengan razón los retrógrados desde su punto de vista, que me parece muy personal. Pero no hay razón para dudar de un método nuevo que debiera implantarse en todas las escuelas y colegios y que impondría a los alumnos, no ya una hora potestativa de gimnasia, como se ha establecido en algunos centros de enseñanza, sino varias horas, obligatorias para todos, dedicado a la práctica de algunos deportes reglamentados, que constituirían un recreo higiénico y ameno. Pero esto no sucede, y lejos está de suceder, porque aquellos de cuya voluntad depende la implantación de este nuevo método complementario son precisamente los detractores de la idea deportiva, que han quedado en la estática contemplación de una vieja costumbre de cuyos defectos aún no se han dado cuenta.

¿No sería mejor acostumbrarse paulatinamente al ejercicio que desarrolla al mismo tiempo las facultades mentales y los músculos del cuerpo?
Casos se dan de muchachos excesivamente aplicados y listos que, por consagrarse solamente al ejercicio de la inteligencia, se debilitan de tal modo que mueren en la flor de su juventud, desapareciendo con ellos la esperanza, tal vez, de una celebridad por no haber fortificado su constitución, complementando con el ejercicio físico el esfuerzo mental.
Mens sana in corpore sano. Un espíritu sano en un cuerpo sano también. ¿Se halla rotulado en las aulas de las Universidades, institutos? ¿Estiman en los Centros docentes este pensamiento? No; y, sin embargo, ved a las juventudes estudiantiles pedirlo a voces. Si alguna mañana pasasteis por la Plaza de España u otras análogas cercanas a Centros de cultura, durante los meses de estudio, habréis visto una multitud de mozuelos jugando al balompié (valga la frase) con una pelota de cinco centímetros, desordenadamente, aprovechando el rato que les queda de una clase a otra. ¿Es ese el afán deportivo que produce la mengua en los estudios?. Yo creo que si; porque es muy de chicos desear todo aquello que se hace a hurtadillas de los padres y profesores. Pero esa mengua desaparecería si tuviesen en el mismo instituto medios de solazarse al salir de clase, desentumeciendo sus miembros al aire libre con un juego ordenado, que, por ejercitarse en el colegio o instituto y bajo la inspección de elementos competentes, evitaría seguramente el que los adolescentes aprendieran infinidad de rutinas callejeras, tan perjudiciales a su espíritu como a su cuerpo.
Por otra parte, “la privación – dice el proverbio – es causa del apetito”, y quien sabe si no ejerciendo esa coacción contra los deportes trocarían los muchachos el afán loco, que sinceramente podemos declarar excesivo y perjudicial hacia ese deporte clandestino, en un entusiasmo razonado y legítimo, proporcionado y justo por el deporte reglamentado, que disciplinaría al mismo tiempo que el cuerpo, haciéndolo flexible y ágil, robusto y firme, el espíritu, adquiriendo actividad, confianza en si mismo, voluntad inquebrantable y, sobre todo, esa intachable virtud que hace enérgicos a los hombres.
Bien queda demostrado que la cultura en España no es completa, ya que no estan conformes los educadores con el concepto latino mencionado. Se disciplina el espíritu, a veces demasiado, sin disciplinar al mismo tiempo el cuerpo
¿Es que no pueden unirse la cultura física y la educación del espíritu? ¿por qué ese antagonismo entre ambas educaciones?
Los partidarios de la rutina desprecian, naturalmente, las cosas nuevas, aunque sean inmejorables, porque todavía no las han visto acreditarse, porque su valor es supuesto en nuestro país y aún no se han convencido de sus ventajas; las desprecian porque la rutina no les permite mirarlas por el lado bueno, mortificando sus preferencias personales y pervirtiendo sus gustos. Por la rutina mucho mas se hicieron enemigos que partidarios de los deportes. Pero los intelectuales retrógrados, guiados por su buen criterio, pueden ver con buenos ojos y estimar las corrientes modernas si se apartan de la legendaria rutina.
Día ha de llegar en que, tal vez a pesar suyo, tendrán los pedagogos que seguir el unánime empuje de las nuevas generaciones a favor de la educación física.
Algunos habrá que, indiferentes, se opondrán al avance, porque ven exageraciones en la juventud. He aquí la labor de los educadores. Encauzar, dirigir la práctica de la cultura física, hacer selecciones, establecer programas, y los estudios nada menguará, con la difusión de los deportes.
Déjese a los estudiantes solazarse al aire libre. Consagrarse ordenada y metódicamente a la vida sana, entusiasmarse por los vencedores en los pugilatos, estimulándoles con premios y concursos para que se animen y decidan los tímidos a desarrollar sus músculos, ejercitándose en todos los deportes que tanto provocan la emulación de nuestros jóvenes estudiantes. Así trabajan por la raza, por España y por ellos mismos. ¿Habrá quien se oponga a ello? Concíliese el estudio y el deporte, que el uno no es obstáculo para el otro; lejos de perjudicarle, le completa.
La afición al campo y al deporte, el amor a la Naturaleza aparta a los adolescentes de esa mala curiosidad mundana que tantas víctimas produce. Delicado e importante problema por resolver, que conocen bien los educadores.
Los afanes deportivos de las juventudes de hoy están de acuerdo con los métodos de las fuentes y antiguas humanidades.
Su espíritu y sus entusiasmos gozan espontáneamente la misma inspiración de los consejos que encontramos en los autores griegos y latinos.
Unamos la teoría a la práctica y obedeceremos al deseo del poeta griego, que, después de consagrar las estrofas de su canto sentimental al vencedor de la carrera o de la lucha en las arenas del estadio, apetecía para los hombres jóvenes la armonía del cuerpo y del espíritu, el amor a la fuerza, a la disciplina y al orden.
El carácter típico de nuestra raza está por su origen suficientemente dotado de virtudes y condiciones para llevar a la práctica este nuevo método.
¡Conste, pues, señores pedagogos, señores educadores, señores facultados para la instrucción primaria, que solo es comprensible este antagonismo en aquellos que por respeto al abolengo de la legendaria rutina desestiman las corrientes modernas, desprecian las costumbres que impone el progreso y siguen los viejos métodos; en aquellos que continúan los procedimientos educativos de antaño, rigiendo la instrucción de las juventudes españolas por leyes de hace siglos y ejerciendo el cumplimiento de sus deberes, en perjuicio de la Madre común, de las nuevas generaciones, de sus propios hijos, exentos del delicado patriotismo que debe nominar en el espíritu de todo ciudadano y mucho mas en el ánimo de aquellos a quienes está encomendada la difícil labor educativa, de cuyos éxitos dependen en gran parte los destinos de España. José Montejo Leonor Agosto de 1.917
PREGUNTAS Y RESPUESTAS
Alrededor de la rutina
Pasan los días laborables, y en los cafés, en las visitas, en los teatros o en las oficinas, donde quiera que un reconocido amante del deporte reposa en amena tertulia, agradable diversión o haciendo breve punto al trabajo, si al correr de la conversación sale a cuento el porque de las aficiones deportivas , oye de labios de las gentes las preguntas de siempre: ¿A que va usted a las montañas? ¿Qué hace usted en el campo? ¿Qué sacan ustedes de esas carreras y concursos?
No es extraño el oír tales preguntas, no es extraño que nos agobien con el deseo de saber lo que ignoran. No es eso lo que puede llamarnos la atención. Lo verdaderamente extraño, lo que es inconcebible, a juicio, no precisamente del que suscribe, sino de la justa razón, es que las gentes a quienes se satisfizo sus preguntas, duden de las afirmaciones del entusiasta amador de tales costumbres.
Un crecido tanto por ciento de las interrogadoras gentes, al oír las respuestas, dudan de las bellezas que se les describen, y hasta consideran de los amantes de la vida sana hombres extraños de raras costumbres, que para algunos (y lo que es mas triste, para algunos intelectuales) debieran vivir apartados de la sociedad, y hasta merecer desprecio, bajo el calificativo de locos o necios. Sin embargo, no es extraño tampoco este extremado parecer de algunas gentes.
La rutina, uno de los factores que mas importante papel desempeña en la vida, sobre todo en la vida de los que constituyen esa selección que llamamos “sociedad”, es un imán que ejerce atracción sobre todas aquellas personas que, exentas de un delicado espíritu de investigación, de análisis, déjanse inclinar a los mas vulgarizados gustos corriendo el velo de la indiferencia entre su entendimiento y aquello que a sus ojos muéstrase confuso, y no pueden concebir el placer que bajo el azul de los cielos se experimenta en aquellos lugares de mas apartados horizontes ni el bienestar que se goza después de haber practicado algunas horas el ejercicio físico.
No saben lo que es la vida al aire libre y dudan de sus encantos y de sus beneficios, porque los amantes de la vida sana somos una ínfima minoría junto a los detractores de estas aficiones. Porque, según afirman, “¿A quien se le ocurre caminar horas y horas, con el peso del morral a la espalda, sino a cuatro desequilibrados?” “Nadie que se tenga en estima – dicen –toma parte en esos concursos y carreras en los que se va medio desnudo” y terminan riéndose y hasta compadeciéndose del que, según ellos, es un infeliz que tiene la ocurrencia de hacer el oso.
Todo lo contrario sucede en las grandes capitales que figuran a la cabeza de la civilización. En toda Europa, menos en España, toda la ciudadanía, sin excepciones que no sean raras, consagra sus ocios a la distracción al aire libre. No hay aristócrata ni obrero que no pertenezca a alguna entidad deportiva. En las grandes explanadas donde se celebran las fiestas atléticas, los campeonatos de lanzamiento, los saltos, de football o de rugby, al lado del académico de 70 años se disputan los grandes premios el colegial de 14 y universitario de 22.
En vez de ridiculizar al deportista, que sabe vivir, porque ama la vida propia, amando al aire y al Sol, se menosprecia al pasivista, al apático, que, ñoñamente, se sustrae al ejercicio físico en su propio perjuicio. Hasta se le niega la mas sagrada virtud del buen ciudadano: el patriotismo.
Y mientras aquí el enmascarado motorista y el corredor de cross-country son el blanco de extrañas miradas y objeto de necias carcajadas, en la enorme pista de Broocklants se agitan millares de pañuelos vitoreando al vencedor de una insignificante prueba, y en las calles de Londres, el público, con gesto de simpatía, abre paso al grupo de semidesnudos concursantes de la prueba pedestre.
No es extraña tampoco esta diferencia de criterios en las opiniones públicas de unos y otros países. En el nuestro, ya hemos dicho que la rutina es el mas importante factor de la detracción.
Sigue la generalidad una costumbre y todos (todos los rutinarios, claro esta) hacen lo propio, porque es costumbre, sin previo análisis de aquellos gustos o preferencias de los demás.
En muchas ocasiones, algunos de esos amantes de la rutina me han interrogado con las preguntas de siempre, y han oído mi respuesta con un marcado escepticismo. ¿Por qué esa incredulidad? Acepto las preguntas; aún mas, las múltiples preguntas y hasta la duda ante aquello que han oído. Pero lo que es inaceptable hasta el mas mediocre entendimiento, es el negar en absoluto la veracidad de tales respuestas, cuando no han tenido una evidente prueba que desmienta las afirmaciones del amador de las costumbres sanas. ¿Quién es capaz de negar la existencia de habitantes en Marte? No habiendo estado allí no podemos asegurar que Marte es habitado; pero tampoco negar la existencia de seres animados en aquel planeta.
Por esta misma causa, no pretendemos convencer a los amantes de la rutina de los encantos de la vida sana; pero si podemos protestar con razón ante la negación de tales encantos por parte de aquellos que no han experimentado aún el bienestar posterior al ejercicio físico.
Este es el punto de vista desde el cual hay que estudiar el problema deportivo, este problema patrio de regeneración, que la rutinaria mayoría considera cuestión de gustos.
No valen nuestras afirmaciones ni la voluntad del espíritu exaltado, pletórico de entusiasmo y de fe. Mientras exista el amor a la rutina las preguntas se sucederán mas y mas y las respuestas serán oídas con el marcado escepticismo de siempre.
La rutina es el peor enemigo del deporte. A este importante factor debemos combatir en primer término.
Tal vez procediera campaña comentarista de los procedimientos y sistemas por los que, poco a poco, se va resolviendo en España este problema de importancia grande; y puede que no este lejano el día en que surjan los primeros chispazos. Pero nuestro espíritu, esencialmente práctico, nos debe hacer resistir de tales vaticinios.
El tiempo es el mejor profeta de los acontecimientos.
José Montejo Mayo de 1918
EXCURSIONISMO PEDESTRE

El andar tierras, y comunicar con diversas gentes hace a los hombres discretos. (Cervantes)




En la primavera pasada han organizado los “Amigos del Campo”, un concurso que consistió en el recorrido de los pueblos madrileños.
En el hemos tomado parte algunos entusiastas camaradas, realizando excursiones, cuya amenidad fue tan indescriptible, tan insólita casi, que hago votos porque las cotidianas labores a que la vida me obliga, puedan pronto darme lugar para hallarme otra vez en el pleno gozo del solaz que proporcionan tales amenos recorridos.
Un excelente amor a todos los deportes, me indujo siempre a realizar numerosas excursiones en todos los medios de locomoción que el siglo en que vivimos pone a nuestro alcance.
El tren, el auto, la moto, la bicicleta y el caballo, fueron en múltiples ocasiones el medio locomotor de que gusté durante mis andanzas. Y puedo aseguraros que ninguno de ellos llegó a responder al ideal de mis entusiasmos campestres.
Si en el tren, porque desfilan ante nuestros ojos cientos de paisajes distintos con la velocidad del sueño, privándonos del inefable goce de su admiración.
Si en el auto y la moto, porque además de adolecer de igual defecto, restan al campo la mas principal de sus bellezas; el salvaje aspecto natural.
Siempre mis entusiasmos inclináronse al turismo pedestre. No se que hay en esas amenas excursiones, que los ratos que, en carreteras y caminos de herradura, perdí en amable compañía con arrieros y caminantes, dejaron en mi espíritu la agradable impresión de algo que no se olvida. Tal vez la ignorancia de aquellos campesinos que permite ver su fondo humilde y bonachón tras la ingenuidad de su burdo lenguaje. El medio ambiente de aquellos seres rudos, que préstase a una profunde investigación psicológica reveladora de los defectos de raza, como se prestan también a sociológicos estudios, sus casas, sus haciendas, sus originales contratos o convenios mercantiles y agrarios, sus costumbres y su vida eterna.......
En la locomoción, veloz todo es vehemente. Una nerviosa excitación que parece abrumar el pensamiento. Lo que desfila ante nosotros, lo vemos con una rapidez privativa de toda educación, de todo estudio. Apenas aparece el poético aspecto de la aldea solitaria, motivo de lenta meditación, cuando la aparición rápida de un nuevo paisaje borra de la mente del viajero toda sensación de poesía.
Mientras que, en el campo, caminando con peregrina lentitud a través de las parcelas productivas o estériles, cualquier aspecto notable en las soledades, es objeto de detección en la marcha y rara vez priva al caminante de la agradable sensación de lo nuevo, de lo extraño. ¡ Cuántos buenos ratos pasé ante los derruidos muros de un viejo caserón centenario, escudriñando sus destartaladas habitaciones y pasando por mi mente investigadora el recuerdo de toda una historia rancia y austera, o inspiradora tal vez de una gloriosa epopeya!.
Y, sin embargo, la generalidad gusta mas de los medios veloces que de la lentitud del andariego. El resultado obtenido en el reciente concurso a que hice referencia al comienzo de estas líneas, es la mas terminante demostración de este gusto.
Solo un reducido número de amigos hemos realizado algunos recorridos de pueblecillos madrileños, gozando de la variedad de aspectos que ofrecen al pasajero los campos y poblados.
De la inefable amenidad de estas andanzas, testigos son mis nobles camaradas.
Y no gusta la generalidad de estas excursiones pedestres, porque al caminar horas y horas a lo largo de las carreteras. A su mente suele acompañar la mas despectiva indiferencia, hacia los lugares que van dejando a uno y otro lado del camino; porque estos no suelen ser nunca motivo de conversación; porque excluyen de sus pensamientos, el de los paisajes que atraviesan. ¡Lamentable exclusión motivadora del desdén hacia lo bello e interesante!
Yo me permito aconsejaros, camaradas, los que no gustáis del turismo pedestre, que os lancéis a caminar por las áridas estepas castellanas, escudriñando sus rincones, en busca de los múltiples motivos y pongáis vuestro pensamiento en ello. Visitad los típicos paradores castellanos, cenad en ellos, pasad allí la noche, y veréis ocurrencias para vosotros ignoradas.
Vuestra visita a las aldeas y unas horas de vida en íntima relación con aquellas gentes, harán honor al pensamiento de Cervantes:
“El andar tierras y comunicar con diversas gentes, hace a los hombres discretos.
José Montejo Junio de 1918
EL FANTASMA NOCHE
Cuando el tren cesó por completo su marcha descendí de él. Iba sólo, costumbre muy mía en las mas de mis andanzas. Siempre rendí culto a la soledad. Meditar, es mi predilección.
Poco menos o poco mas de las once de la noche. La estación de Cercedilla, triste, acaso misteriosa. Únicamente el Jefe y algunos mozos, ordenan, reconocen y pululan por el andén. Algo lejos, hacia el túnel del lado ascendente, se advertía inquieta una luz que supuse en manos de algún ferroviario.
Fuera de la estación, en la calle, varios hombres discutían a la puerta de una taberna. Detuvo mi pensamiento un lapso de indecisión......¿Subiré por el atajo al Club Alpino, o seguiré el camino de Fuenfria? .....Un sujeto que vino hacia mi interrumpió mi duda, era un hombre algo bajo, pero de recia contextura; guardaba su cuerpo hasta los pies un largo sobretodo en cuyos bolsillos se guarecían sus manos. Las solapas le cobijaban el rostro hasta el labio superior. Una gorra a cuadritos, muy grande, le cubría las orejas y la frente. El color de su rostro no se destacaba de las sombras; solo el reflejo de unas enormes gafas dejábase ver como su única expresión.
Mordisqueando una cumplida cachimba comenzó a balbucear unas palabras que no pude entender, y acercándose con los brazos en alto, como en señal de paz, me abrazó fuertemente y habló con alegría - ¡Montejo! ¿Has du gesegen unsere freünd Albert? (has visto a nuestro amigo Alberto? No; respondí en castellano claro y expedito, y a no seguir su charla en español, difícil me hubiera sido reconocer en el al buen amigo Wich.
Cuando tú no vienes yo tengo que volver solo al campamento- dijo y cogiéndome de un brazo, sin conocer aún mi pensamiento ni mi rumbo, me condujo por la carretera de las Dehesas, que aquella noche, no sé por qué, me pareció mas simpática que otras, iluminada por la luna.
Accedí sin reparo a sus deseos, y seguí con él. Me encanta la aventura, caminar sin conocer la meta de mis andanzas, porque a veces, aquello, lo espontáneo, lo que surge sin premeditación, ofrece mayores encantos que lo que se espera....
Wich acampaba hacía dos meses con varios camaradas alemanes en los pinares de Fuenfría; había olvidado el poco vocabulario que retenía en su memoria, y construir cada oración era para él problema de larga meditación. Por eso no hablaba; silencioso, meditabundo, marchaba con la vista fija en su sombra, que serpenteaba saltando los guijarros y surcos del camino. Solo levantaba la mirada para darme una minúscula noticia de su vida en el campo.
Tenemos un fusil.....me decía, y volvía a fijar la vista al suelo durante largo rato. Y con este fusil hemos matado....un....un....Y por mas que meditaba no alcanzaba su memoria el nombre con que la fauna bautizó a su víctima. Yo sufría mas que él; hubiera querido penetrar su pensamiento para romper con el apetecido nombre su nervioso mutismo. Pero una idea salvadora llególe a sus mentes, y deteniéndose de pronto, cogió mi cayada y apresuróse a dibujar en la arena la silueta de un animalito muy pequeño con un rabo largo y esponjado cuya forma de ESE pronto delató el original de aquella efigie. ¿Conoces a este?- interrogóme – sí; parece una ardilla. Está bien – prosiguió – el carne de este ardilla han comido los pastores, y el piel, hemos.... Y sin terminar la frase siguí lo mismo que antes, meditabundo, silencioso, como recopilando palabras para construir una nueva oración con que darme una nueva noticia de su vida en el campo.
Pasaron algunos minutos. Mi camarada, separándose a la izquierda del camino, comenzó el ascenso por una pequeña barrancada internándose en el pinar. Seguí sus pasos y he aquí la visión que surgió esta crónica. El espectro “noche” se manifestaba espléndidamente fantástico, con el misterioso matiz de las inquietantes sombras y las quiméricas fogaradas en el salvaje escenario del bosque.
Avanzaba delante Vich, rígido, muy encubierto con su vestidura, como personaje de folletín, ascendiendo pausadamente, con esa cínica pausa del que camina y observa a la par, como esperando un ataque, una sorpresa, tal vez una emboscada......A veces retrocedía bruscamente, y al empuje de sus pies rodaban por la pendiente un reguero de piedras cuyo ruido se apagaba con el de alguna ráfaga de viento que movía las ramas.....Entonces daba luz a su linterna, dibujábamos las sombras en los pinos gigantes, mostrándose mas visible la fantasía misteriosa del laberíntico bosque y cruzaba las sombras ligero, veloz, sorprendente, un pajarraco negro que, asustado del reflejo, hizo llegar a nuestros rostros el aire de sus agitadas alas. Un escalofrío nervioso recorrió mi cuerpo, no pudiendo comprender si fue miedo o emoción solamente. Miedo pudiera ser, ante el espectro sorprendente, o tal vez emoción, intensa emoción que penetraba en mi alma, llenándola de enigmas; admirativa emoción ante aquel satánico cuadro natural. Cada pisada, movimiento o brusco resbalón de Vich era un palpitante sobresalto, un golpe fuerte y seco, un latido vibrante del corazón, que retumbaba en mi pecho. No lo puedo remediar, soy muy impresionable. En cambio Vich caminaba confiado como por su casa de Kronach, porque aquel camino lo cruzaba todas las noches y conocía ya las piedras y los pinos caídos y el nido del pajarraco negro.
Llegábamos a una especie de plazoleta; aún no habíamos divisado el campamento, cuando Vich lanzó el estentóreo grito de la selva y allá arriba en las bracas cresterías de Siete Picos resonó repetidas veces la formidable voz, hasta apagarse su eco en la lejanía. Después un hurra, no menos formidable que el grito de la selva, nos hacía notar la proximidad al Campamento. Y así fue a veinte pasos, en la falda del altozano que cruzábamos, cabe el recinto que formaba una calzada de piedras, unas del terreno y otras superpuestas, alzábase una pequeña tienda de campaña, almacén de material y provisiones y un abrigo de retamas destinado solamente a dormitorio. En el centro de la plazoleta, unos troncos al rojo, dando de vez en cuando su luz las llamas, lenguas de fuego que lamían como fugitiva visión, que desaparecían muchas veces, una olla pendiente de un trípode rústico en la que hervía a borbotones el calducho de no sé qué condumio.
Las caras de mis antiguos amigos, el turnante centinela del campamento y el acompañado por mi, al azar, en las pasadas horas, no se mostraban lo mismo que en la corte y en la montaña, a la plena luz de los serranos cielos, o a la claridad de las nieves; porque la luz de las llamaradas les llegaba, ya vigorosa, ya tenue, a sus, apariencia, demacrados rostros, dábales un sospechoso aspecto de oscurecido misterio, como si aquel ambiente de fantasmones y encantamiento, fuera síntoma latente, tal vez, de la posibilidad de un premeditado crimen, cuyo ardid hallaba sus semejanzas en la mas folletinesca de tales enmarañadas artes. De esta manera, tenebroso y horrible manifestábase ante mis ojos el fantasma noche en aquélla ocasión que ofreció el azar a mis indecisiones andariegas.
Y algo hiciérame temer la fantasía de aquellos lugares, con sus aperentes visiones, si no tuviera depositada mi confianza absolutísima en la buena amistad que antaño me unía en lazos bastante afectuosos a aquel par de fieles amantes de las buenas costumbres montañeras, cuya acrisolada fidelidad de leales camaradas, era la mas indudable oferta de mi seguridad personal.
Después, dedicamos los ocios a la cena, cuya descripción paréceme prudente omitir, por carecer de importancia a mi modo de ver, que al cabo y al fin, no deja de ser un acto mas o menos material, que, lejos de despertar la inspiración, suele acallarla. Mas tarde pasábamos al interior del abrigo de retamas que nos ofrecía un puesto medianamente cómodo donde podía hallar descanso el cuerpo y reposo el alma, para extinción de aquellas fantasías que agitáronla con sus emociones intensas, y de las que el espíritu solo puede apartarse consagrándose al sueño, en esa muerte simulada, consuelo de las inclemencias del destino, y la mas verídica y sagrada paz que junto a los hombres se goza, cuando el que lo es de conciencia inmaculada, ni ve, ni oye ni entiende.
Tales fueron las emociones que sentí, muy intensas, muy hondas, preñadas de tenebrosas fantasías, y tales como las sentí, en la memoria las retuve y en el papel, las estampé enclavando estas páginas en los anales de mi montañera historia, sin literarias pretensiones, ni exagerada expresión de mis impresiones, que mas bien fui parco en la narración de tal jornada, que generoso en la descripción de aquella noche de otoño del año catorce, en que, llevados en ala de la fantasía, mis ojos vieron y mi alma sintió el fatídico espectro que tuve a bien llamar de entonces acá “Fantasma noche”.
José Montejo Julio de 1918
LA CRITICA DEL DEPORTE
No obstante las innumerables aseveraciones de los que juzgan de palabra y escrito el problema deportivo, la consagración de las horas de ocio al ejercicio físico, que afirman y de ello están plenamente convencidos, que el deporte, es sencillamente una cuestión de gustos, un “poco mas o menos” que en la balanza de la vida, ejerce la misma influencia que una pluma en el aire, el problema deportivo, mas que un problema de regeneración, es un problema vital.
Díganlo los pueblos modernos, quienes deben al deporte sus glorias y sus empujes en el avance de la civilización y el progreso.
Y esta cuestión, que en España es mas primordial de lo que parece a la simple vista de quienes la juzgan, carece de críticos interesados, que tomen parte activa, y que solo se ocupen de defender los ideales de la visa sana, fundidos todos en el proverbio latino “mens sana in córpore sano” sino que analicen la forma en que los amantes del ejercicio físico, practican los deportes.
Hemos ojeado revistas, hemos leído artículos, hemos releído manuales y folletos y rara vez hemos hallado una crítica fiel, que avance técnicamente en el análisis del deporte.
Artículos encomiásticos de las bellezas y encantos de los deportes; crónicas laudatorias, en alabanza de los vencedores; pero ninguna advertencia encamina a corregir los defectos en la práctica de los diversos ejercicios; ninguna recomendación que tienda a encauzar por el buen curso, al joven adolescente, indolente a veces, que practica el deporte por el solo gusto de practicarlo.
Hemos visto en las carreteras a jóvenes ciclistas, después de desarrollar prodigiosas velocidades, detenerse en una fuente y saciar su sed con verdaderas ansias; en las cumbres guadarrameñas, llegar a culminar la cresta brava, sin descanso, sin el debido reposo al ascender, y arriba, despojarse de las vestiduras y quedarse en mangas de camisa algunos minutos, contemplando el vasto panorama.
Y para testimonio de estas líneas, uno de nuestros mas amigos, cuando tenía dieciséis años, estuvo una tarde de Julio, desde las tres hasta las ocho de la noche, jugando sin tregua al balompié. Escuchamos decir, que, al llegar a su casa, sinapismos, pediluvios de agua hirviendo, y otros remedios eficaces, no eran suficientes para bajar la sangre y evitar la consiguiente congestión.
Estos y otros innumerables casos, son los que dan lugar a que los contra propagandistas, consideren el deporte cuestión de gustos, y hasta halla quien tema al deporte, como a la propia muerte.
Es conveniente, - mas aún – inminentemente necesario, iniciar una labor en este sentido, que sirva para encauzar a los jóvenes deportistas por el moderado curso de sus aficiones sanas, en evitación de males imprevistos.
Para ello nos permitimos hacer desde estas columnas, con toda la modestia que envuelve a nuestro nombre, un llamamiento a la prensa, a esa prensa leal y discreta resueltamente patriótica, que sabe interesarse por todo lo que significa el bien de la humanidad.
El deporte, hemos dicho, es un problema vital, que puede considerarse la firme base de un edificio suntuoso.
El joven adolescente debe practicar el deporte para hallar la robustez de su cuerpo, la firme base en que ha de apoyarse el suntuoso edificio de su alma; porque hay almas grandes que sucumben con todo su esplendor, por la debilidad de su cuerpo sin energías.
Debe practicarse el deporte, pero practicarse bien; es decir, prudentemente, sobriamente; pues tan perjudicial es pecar por defecto, como por exceso.
He aquí la cuestión primordial del cacareado problema de regeneración patria, por medio de la vida sana, cuya solución es sencillísima, exageradamente fácil; pero que necesita irremisiblemente, el amparo del libro, la ayuda de la página suelta, la cooperación del técnico analizador.
Quedamos, pues, en que la corrección de forma, en el ejercicio físico, base de la regeneración, precisa como basamento, a su vez, la critica deportiva.
José Montejo Agosto de 1918
HURRA EL PORVENIR
Camaradas: Yo os ruego encarecidamente que escuchéis con atención, y más que con atención, con fervor, estas últimas líneas de la presente Memoria.
Vuestra cultura, vuestro criterio claro, y vuestro espíritu joven y hacedor, estoy seguro que os hará acceder a este ruego, con lo que daréis gusto a vuestra voluntad.
Ha transcurrido un año mas sin que la Sociedad haya dado señales evidentes de un notable progreso, no por falta de espíritu, sino por causas ajenas a la voluntad de todos. Bien lo sabéis. Pero las circunstancias parece que cambian, y ya se aproxima otra vida distinta.
Tras las grandes revoluciones vienen las grandes calmas; después de las catástrofes y de las desdichas llegan las bienandanzas.
En los horizontes de la vida se vislumbran auroras admirables. La fantástica visión de un mundo nuevo que viene a pasos agigantados, no es ya una fantástica visión, sino una realidad que se avecina.
No habrá fronteras en las naciones de Europa ni en el litoral de los continentes. La única patria de todos los hombres será el progreso y la civilización. La única frontera, el firmamento, y la mayor victoria de la incesante lucha, la vida feliz y amable. Nuestra España, nimbada de antañones laureles, será entonces nuestra patria chica, y sus hijos, como tales, estaremos obligados a honrarla, para que no pueda desmerecer de las demás patrias chicas, sus hermanas. El empuje de la civilización en el mundo entero, ha dado a las juventudes una notable predilección por los deportes, porque ellos son la salud del alma, ya que el hombre que trabaja necesita la distracción y el recreo para descanso de su espíritu; y son también los deportes la salud del cuerpo por las causas físicas que todos conocemos. Dijimos que la mayor victoria en la incesante lucha era la vida feliz y amable sólo se consigue con la salud del cuerpo y salud del alma.
Ya empiezan a cesar las anormalidades que ha prodigado la fatal interrupción de la vida del mundo, y pronto la holgura de todos los hombres nos permitirá creer cosas nuevas.
Nuestra Sociedad no ha dado un paso adelante; pero observad que tampoco ha dado un paso atrás. Se ha mantenido firme en el statu quo en que las circunstancias le han obligado a estar; Pero no importa. La vida es larga, y confía en la fe de sus miembros, en la unión de sus elementos, y sobre todo, en el amor de éstos a la civilización y el progreso, cuyo único ideal y cuya gloriosa victoria son la vida feliz y amable.
Camaradas:
¡Hurra el porvenir! ¡Hurra la vida!

José Montejo Madrid, 31 de diciembre de 1918
RINCONES DE MI SOLAR

Los castillos de antaño
Como para vengar la afrenta al pueblo que a sus pies extendiéndose al abrigo de su poderío, álzase desafiante, gallardo, el torreón del viejo castillo, que, en sus días de su pasada gloria, cobijó la valerosa hueste de caballeros castellanos.
Cuando en las pasadas eras, veíase el poblado de pacíficas gentes, acometido por el ansia conquistadora de sus enemigos, del baluarte de aquel pequeño señorío, del hoy viejo castillo despedazado, surgía el bélico ardor de las guerreras gentes, excitado por el culto que al honor rendían los caballeros castellanos, arrojando acero por las disimuladas troneras y voces injuriosas al enemigo desde al enhiesto adarve de sus torre gallarda.
Y cuando en la poterna se deslizaba la puente levadiza o se abrían de par en par las herradas hojas, la boca del castillo arrojaba sus huestes y librábase sobre las florestas comarcanas la sangrienta batalla que daba honor a los vencedores y convertía en escoria a los vencidos......
Hoy, éste cual tantos otros, cimentados en las enormes moles de granito del viejo solar castellano, duermen un eterno sueño del que se desprende, envuelto en el suspiro de su severo aspecto, la evocación de un esplendor que fue......
Y descansan en paz las ruinas de los viejos castillos, en medio de las áridas estepas, olvidados del pueblo....de este pueblo moderno que, en las grandes urbes, al calor de las fábricas y al abrigo de las caudalosas empresas, vence en la lucha de hoy, constante lucha que no da blasones ni ejecutorias; pero que, en cada ciudad y a cada segundo, aporta la luz a la ciencia, brillantez a las artes, valores al comercio y a la industria y bienandanza a los hombres de buena voluntad

Nuestro camarada y amigo Félix Pereda, en uno de sus pintorescos viajes por tierras de burgos, supo hábilmente recoger en la sensibilidad de la placa estos dos aspectos del Castillo de Frías, que revelan la paternal protección que en aquellos tiempos ejercían estos baluartes sobre los pueblos, sometidos a la voluntad de su señor, el soberano aposentador del poderoso casón fortificado.
Hoy, como hemos dicho, duermen en paz un eterno sueño y la antañona gallardía de sus torres, ya desmoronadas, se ha tornado en gesto de lamentación, de plegaria, en la frialdad de una tumba.
Nuestro espíritu pone sobre sus ruinas una cruz por sus muertos y un ramo de laurel por sus héroes; y las recoge con afabilidad en estas páginas, porque constituyen uno de tantos rincones de nuestro solar.


La iglesia de la aldea
Vedla aquí....
Preside entre las casuchas de la aldea, como madre de todas; eleva sus toscas paredes y su raído campanario y ofrece protección al que se la demanda, no bajo bélico ardid, como en los viejos castillos, sino bajo el divino manto de generosa protección, en noble paz, sagrada cual la divinidad que representa.
La iglesia de la aldea es el albergue espiritual de todas las almas pueblerinas.
De sus centenarios soportales hace hogar el menesteroso en los azares de su vida.
En la iglesia del lugar convergen las emociones de la gente toda.
A veces, escucha la alegría de los que acuden a librar del pecado original a los infantes; la de los que, ante sus místicos retablos, toman el cuerpo del Salvador y la de los que celebran nupcias ante Dios; y en ocasiones, resuena en el eco de sus bóvedas el fúnebre rumor de los responsos y el doloroso sollozar de huérfanos y viudas.
En el devoto ambiente de su estancia, se arrepienten místicamente las almas pecadoras y gozan del bien espiritual las inmaculadas conciencias.....
Y sus atiplados esquilones, con su romántico sonido, esparcen por los contornos el clamoreo de su toque santo que se adentra en el espíritu de los devotos.
Alguna vez habréis oído las campanas pueblerinas y os habrán producido un escalofrío de emoción. También a mi.
La iglesia de Canillas, me produjo las impresiones que os describo;
Y al oír, cuando se acaba el día, las notas poéticas del ángelus, me descubro con digna sumisión, respetuosamente.
Perdonad que, triste y pobretona, os la presente como interesante rincón de mi Castilla; pero, con la tosquedad de su presencia, la misticidad de su aspecto y el doliente clamor de sus campanas, estas iglesias aldeanas ¡dicen tanto......!
Las mudas paredes del casón

En el mas escondido rincón de la montaña, en el oculto y solitario paraje cuyo leve rumor de hojarasca y agua apenas interrumpo el silencio, es donde place a mi cerebro detener el murmullo de su incesante máquina pensadora para poner el espíritu en algo sublime.....Sublime como la vida de los hombres.....
Así hallábame al azar en un rincón de la montaña, junto a una casa vieja de ruinosas tapias y desamparados ventanales, y al mirarla, influenciado por un emocionante silencio, puse mi espíritu en ella y en sus hombres. ¡Viejo casón que fuiste opulencia cuando unas manos laboriosas te alzaron en la soledad de estas serranías! ¿Cuál es tu objeto y cual la misión de los hombres que se albergan bajo tu ruinosa techumbre?
Mis pensamientos se perdían en la insondable sima del misterio. ¡Quién sabe! Las habitaciones de la vieja casa no daban señales de existencia humana.....Por las ventanas y puertas astilladas nada se veía que pudiera indicar la existencia del hombre. La esterilidad de las tierras comarcanas ahuyentaba toda idea de laboriosidad campesina. ¿Qué, pues, podía motivar la existencia de aquel edificio vetusto y derruido?
Mi cerebro se deshacía en cábalas y suposiciones. Yo solo, difícilmente podría desvanecer mis dudas. Pensaba.....y de nuevo se perdía mi pensamiento en la negra sima del misterio. Solo una verdad se manifestaba visible y clara. Aquel edificio solitario era la revelación de una opulenta etapa, de una pasada bienandanza tan cierta como firmes las pedregosas tapias.....
Me alejé del escondido retiro y exclamé: ¡Mudas paredes del casón! ¡Recóndito lugar del castellano suelo, motivo de meditación psicológica! ¡Qué bello ambiente prodigáis para el estudio de la vida!....
DE MIS INFANTILES ANDANZAS

En un lugar muy escondido, donde un viejo prócer de nevado rostro halló la meta de su vida, había y hay una casa de campo, que fue cuna y solar de mis ascendientes. Allí vieron la luz mis abuelos y mis padres, y conocieron las asperezas de la vida; gozaron las dichas y sufrieron las desventuras.....
Y en aquel lugar muy escondido, donde hay una mística iglesia de severo retablo y campanas de bronce, un cura octogenario, respetable y profético, y un solariego casón de mis pasados, hay también un sendero solitario, río, poblado de arbustos corpulentos, llenos de inscripciones, de nombres y de recuerdos..... También hay una charca de aguas muy quietas, donde miré una vez la luz del sol y el azul del firmamento, transportando mi pensamiento a otros días lejanos. Y oí muchas esquilas, el incesante balar de las ovejas y las voces perdidas del pastor, que corrían por aquellos contornos para sonar el eco en las tapias del casón. Y vi en las aguas quietas el teatro de mis infantiles andanzas. Las praderas verdes, el agua de los arroyos y los frutos admirables que mis manos insensatas de niño arrojaban al espacio para manchar el rostro de los zagales, mis servidores. Mas se fue ocultando la luz del sol sobre la niebla invernal, y mis ojos vieron en las aguas quietas de la charca el reflejo del nebuloso cielo y las ramas desnudas, esqueléticas, de los arbustos llenos de inscripciones, de nombres y de recuerdos..... Se fue acallando el balar de las ovejas, el tintineo de las esquilas y las voces perdidas del pastor; sonó el clamor de las campanas, empujó el viento suavemente las ramas de los viejos castaños y una brisa leve escalofrió mi cuerpo todo, tensionando el cordaje de mis nervios. ¡Otros recuerdos! Así tocaban las campanas cuando llevaban el cuerpo frío de mi padre por el mismo sendero....
Una rama al caer ondeó las aguas de la charca. Volví a la realidad y ahogué en el pecho un suspiro y con él esta frase:
Charca......, sendero......, floresta......
¡Naturaleza, tú hablas!

NOVELA CORTA

Cuento y anécdotas

Misericordia

Si la cara es el espejo del alma, la de Laura de Bailén debía poseer toda la belleza espiritual de las almas buenas, a juzgar por su cara de ángel. Diez y nueve años grácil y cenceña como una planta tropical, sin presunción de su belleza, sencilla, natural, amable sin hipocresía, risueña sin descaro, con esa simpatía natural que inspiran las que por su bondad, van por el mundo como iluminadas por la Divina Gracia.
Laura disfrutaba las vacaciones del verano con una familia amiga en El escorial. Las deliciosas mañanas del pinar constituían su cotidiano entretenimiento, lecturas, labores, charlas, juegos....todo, menos coloquios amorosos y devaneos fútiles. Solo “ellas”; “ellos” únicamente alternaban en las fiestecillas de tarde, generalmente en jardines de familias amigas.
Laura sabía poco de la vida y de las cosas y menos aún de las lides de amor, hasta que un día.......
Una escondida senda por escenario, una mañana estival por lapso, y unos alegres pajarillos por testigos.
Una señorita que camina por el bosque embebida en la lectura, que tropieza y cae. Un apuesto galán que la ayuda a levantarse y unos ojos que la miran y quedan clavados en los suyos como un doble flechazo de Cupido.- ¿se hizo daño? – No; gracias, muchas gracias. No hubo mas; pero Laura, cada vez que, desde entonces, acertaba a pasar aquel joven junto a ella y sus amigas, no podía contener la pregunta: - ¿Quién es ese chico?
Ninguna lo conocía. Llevaban mas de un mes viéndole pasear o sentado en el pinar, leyendo unos libracos grandotes que no parecían novelas. No lo veían nunca en aquellas simpáticas fiestecillas familiares, ni en ninguno de los lugares de esparcimiento público de la colonia.
Algunas veces, al entrar o salir de la iglesia, salía o entraba él, miraba a Laura, que, al darse cuenta, bajaba los ojos y lo perdían de vista hasta volver a verlo otra vez en el pinar, siempre leyendo en aquellos libracos gordos que no parecían novelas.
Así pasó casi todo el verano. Aquel joven, de vez en vez, al pasar junto a ella, clavaba sus ojos negros y expresivos en los de Laura, que no podía reprimir su emoción y al momento se manifestaban en sus mejillas el ligero rubor de su inocencia. Las amigas lo notaban y era aquel rubor, casi infantil, motivo de bromas y comentarios en el pequeño grupo. – Te flechó, hija!. – Te enamoraste de él, no lo niegues. – ¡Boda tenemos! Pero Laura se limitaba a contestar: - No puedo negarlo, chicas, me gusta, pero si no me dice nada, ¿qué queréis que haga yo?. Efectivamente, aquello era mas que gustarle. Laura se daba perfecta cuenta de que aquel joven lo llevaba en el corazón sin poderlo apartar de su pensamiento; Pero adoptaba esa prudente actitud de la mujer digna que sabe reprimir los impulsos de su corazón para permanecer imperturbable en su sitio. Algunas veces le costaba trabajo mantenerse firme; pero hacía siempre el esfuerzo supremo que la imponía el cumplimiento de su deber, no obstante lo cual, su primer amor iba profundizando la huella imborrable que marcaba en su alma.
Llegaba a su término la estación veraniega y la colonia organizó una fiesta de conjunto. A ella asistieron Laura y sus amigas y también hizo su aparición aquel joven, que fue presentado por alguien a Laura. Pasearon juntos, bailaron, tomaron parte, sin saberlo, en un recital de poesías, y cuando mas animada estaba la fiesta, llegó para Laura el momento que mas ansiaba; tomó el joven la agenda de autógrafos de Laura y le pidió permiso para escribir en ella. Luego, Laura leyó con emoción: “Un hombre que no ha hecho nunca el amor y que no está en edad de hacer eso a la única mujer de cuya decisión depende su felicidad” Anselmo). -¿Le gusta?, preguntó. – No se....., respondió Laura turbada; pero notando que la felicidad le invadía el alma en aquel momento, una amiga que, precipitada, buscaba a Laura, la apartó de allí y se la llevó, desapareciendo ambas por entre la concurrencia.

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-¡Taxi! ¡Taxi!- gritó vehemente Laura al salir de la estación del Norte, con un pequeño maletín en la mano por todo equipaje. Abrió la portezuela, sentóse rápida y exclamó: - Goya 26. Tras el portazo de rigor, rugió el motor del coche y trepidó raudo por la cuesta de San Vicente arriba...... El telegrama que Laura recibió, precisamente cuando mas animada estaba la colonia de El Escorial, no dejaba lugar a dudas: “Papá está grave, ven inmediatamente”. La impaciencia de Laura por llegar a casa no tenía límites. Era hija única y la idolatría que sentían sus padres por ella era rayana en la locura. Su padre, aunque sin bienes de fortuna, era aún joven y ganaba lo suficiente para sostener un tren de vida acomodada sin pretensiones, modesta sin privaciones y feliz sin lirismos, colmando de halagos y venturas a su esposa y a su hija, bella como un cielo de primavera y sencilla como una flor silvestre.....
La impaciencia de Laura era justificada. ¿Qué ocurriría en aquellos momentos en su casa? ¿Habría muerto ya? ¿Viviría aún? ¿Llegaría a besar su frente , fría como el mármol? ¿Querría Dios que hubiera sido una falsa alarma de los suyos y volvería a besar a su padre con aquel fervor que lo había hecho siempre? Deseaba por momentos llegar y cada cruce, cada parada, era una angustiosa desesperación. Al fin llegó.
Saltó del taxi y voló al ascensor hasta subir al piso. La puerta estaba abierta y un grupo de compañeros del padre ocupaba con grave continente el recibimiento. La abrieron paso; a su encuentro acudió su tía Alberta y se abrazaron tiernamente sollozando. Pocas fueron las palabras: ¿Muerto? - ¿Muerto! – ¿Donde esta? - ¡Padre mío! ¡Quiero verlo! Pasaron al salón donde habían instalado la capilla ardiente; Laura se arrodilló serena y grave, dio a su padre el último beso y rezó fervorosamente ante su cadáver. De pronto reflexionó: ¿Dónde estaba su madre?. Preguntó a su tía Alberta arrodillada a su lado y....
No hay palabras que puedan describir la escena. Tía Alberta, débil y dolorida no pudo resistir el dolor y por toda respuesta rompió a llorar amargamente.
¡Mi madre! ¡Mi madre! – exclamó Laura - ¿Dónde está mi madre? Y cogiendo trágicamente a su tía, la impulsó hacia fuera del salón para que la llevara junto a ella. Alguien, piadosamente, intentó retenerla, trató de consolarla, de explicarla; pero ella, la niña mimada, que acababa de perder una de las dos cosas que mas amaba en el mundo, convulsa, violenta, en espasmo de desesperación, casi de locura, se desasía de los que la sujetaban, empujaba a los que intentaban detenerla de nuevo y volaba, ansiosa, en busca de su madre. Presentía, había en su interior un algo que la decía la gran desgracia que caía sobre ella y llegó como loca hasta el dormitorio donde su madre acababa de expirar......

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Pasó el novenario. El gabinete sencillo pero alegre y coquetón de Laura era un magnífico marco que realzaba su natural belleza. Enlutada, con el rosario entre las manos, contemplaba al rezar los últimos destellos de la tarde. Acabó el rezo y comenzaron las reflexiones.. La situación era atormentada. Sola, completamente sola en el mundo, sin mas parientes que su tía Alberta, ya en su destino en una escuela en un pueblecillo de Tarragona, ni mas recursos que una pequeña cuenta corriente, casi agotada, había, había, necesariamente que solucionarla de una u otra manera. No había otra solución que el trabajo. Ella, la señorita educada en un ambiente de holguras y caprichos, sin preparación adecuada, con una refinada educación social, pero falta en absoluto de una educación para el trabajo, había de lanzarse en su busca en medio de una desorientación desconsoladora.....y Anselmo, aquel Anselmo que, en horas, dejó herido su corazón, como una ráfaga de viento desgaja la rama de un árbol y huye para no volver jamás....¡Virgen de la Soledad! ¿Qué sería de ella?. Aquella noche se acostó sin cenar. No tenía ganas de nada. Deseaba huir de todo lo del mundo, hasta de lo mas preciso. Andrea, su vieja criada, se esforzaba por animar a su señorita y hasta daría los pocos años de vida que la quedaban por inyectarle un átomo de optimismo, sin lograrlo. Esperaba que el tiempo fuese borrando su tristeza y algún rayo de iluminación divina alumbrase su camino; pero el tiempo ¡el tiempo! Ese tirano de la humanidad que pasa, pasa y cuanto mas avanza mas apremia, obligaba a actuar con rapidez y decisión. Los recursos habían de agotarse prontamente y entonces.....¿qué sería de su señorita? Insistía en consolarla y animarla pero eran inútiles sus nobles esfuerzos.
Aquella noche, como casi todas, desde la fatal desgracia acaecida, Laura no durmió. A la madrugada se levantó y fue a oír la primera misa. Volvió rayando el alba y se acomodó en su gabinete alegre y coquetón. Pálida, extenuada, sin alientos ni para moverse, permaneció en un éxtasis de infinita amargura. Después de la pena irreparable de su absoluta orfandad, no sabía qué atormentaba mas su alma, si la tenebrosa perspectiva de hacer frente a la vida o el recuerdo imborrable de aquel primer amor en cuyas redes había quedado prendido su corazón.
Una tarde, al fin, decidió confiar el secreto de su pena a una amiga de la infancia, que fue a visitarla al enterarse de su desgracia. Era una antigua amiga de colegio que vivía en Sevilla y al conocer la noticia, conmovida por la gran desgracia de su amiga, logró convencer a su padre para que la llevara a verla. Este noble rasgo conmovió a Laura y comprendió que ésta era la verdadera amiga a quien podía confiar sus penas. El recuerdo de sus horas felices de colegio la animó un tanto y al llegar a su memoria las mutuas confidencias de sus travesuras y pecadillos de entonces, tornó en infantil su alma dolorida y derramó el cáliz de su amargura en los oídos nobles de su antigua compañera, que, entonces, la escucharon puestos al servicio de una leal amistad que había de ser imperecedera. Amparín abrió sus brazos y su corazón de mujer al dolor de su amiga y lo mismo que la niña vertía en sus oídos, de hurtadillas, sus pequeños consejos la dijo: - Mira, Laurita, muy grave es tu situación y muy dolorosa; pero permíteme que te recuerde un pensamiento que leí en una de las novelas mas notables del siglo XVI, “Ave María Stela” cuyo autor, Amós de Escalante decía: “Ten en cuanta ahora, como deberla tienes siempre, la infinita misericordia de Dios y no olvides que si en alguna hora asiste razón a los mortales para esperar dichas terrenas, es en aquella en que apuran resignados un cáliz de amargura”. Ten resignación, sufre con calma cuanto Dios te mande, que cuanto mas sufras, mas cerca de El estás. No olvides su infinita misericordia y espera en El que no te abandonará. Alégrate de que te haya escogido. Dale mil gracias por haberte sometido a esta prueba que sufres y ya verás como El te iluminará y colocará a tu alcance la senda que habrá de conducirte a la felicidad. Todo menos dejarte sumergir en la ciénaga de la desesperación. No seas pesimista. El pesimismo ofende a Dios porque demuestra falta de esperanza y de fe; por el contrario el optimismo rinde culto a Dios porque crea y espera en El. Mitiga tu pena en la oración. Habla a solas con Dios y ya verás como la oración te consuela poco a poco. Créeme, Laurita, ¡No hay consuelo mayor que el de la oración!.
Los consejos de Amparín no cayeron en la insaciable sima del vacío y redobló sus oraciones. Al acostarse, después de rezar, cruzaba las manos sobre su pecho en mística actitud, como si entre ella abrazara la Cruz y se dormía en un sueño profundo y placentero. Sueño del que sólo disfrutan las almas puras que no tienen de que arrepentirse.....
La oración conformó a Laura día por día. Ya no veía las cosas de la vida tan negras como antes. Empezó por hacer un balance de recursos económicos y vió que aún no era tan pobre como ella cría. La visita de un compañero de su padre la hizo saber que tenía derecho a una pensión cuyo expediente se tramitó sin demora. Otra visita de una amiga de su madre, aficionada a las obras de arte, la descubrió un lienzo del Greco y una tabla de Rivera que valían unos miles de pesetas. Esto le sirvió de estímulo para hacer un recuento de valores artísticos y halló un tibor japonés, unas hermosas piezas de porcelana de Sevres y otras del retiro, un Cristo de marfil y un reloj imperio completaron su pequeño tesoro artístico, cuya tasación unida a su pensión la ayudarían a vivir el tiempo necesario para estudiar una carrera que afianzara su porvenir.
Determinó continuar la de piano que tenía empezada y se matriculó de nuevo en el conservatorio. Las clases, el estudio y el trato con las demás compañeras completaron la transformación de su carácter misantrópico. Poco a poco fue desterrando la angustiosa pena que la atormentaba y fue adaptándose a la nueva vida, mas normal y conveniente a la defensa de su porvenir.
Un día salió de clase en unión de una compañera y al subir por la Costanilla de los Ángeles se detuvieron en el oratorio del Niño del Remedio y rezaron. La compañera le habló de los milagros de esta pequeña imagen y Laura le pidió su ayuda en los exámenes. Al salir, socorrió a una viejecita que al darle las gracias le dijo. – Dios se lo pague señorita, y el Niño del remedio le conceda lo que le ha pedido....y mas. Laura, al oír la coletilla “y más” suspiró y la respondió: ¡Dios la oiga hermana! – Y al marcharse recordó al que indiscutiblemente amaba y de quien no volvió a saber mas y pensó, ¡Si Dios la oyera, pero no me merezco tanto.
Llegaron los exámenes y obtuvo una buena nota. Esta fue la primera alegría que tuvo después de tanta pena. Voló a dar las gracias al Niño del Remedio y al salir volvió a socorrer a la viejecita y oyó de nuevo la frase: El Niño le conceda lo que le ha pedido...... y mas. Laura volvió a suspirar, recordó, y saltándosele las lágrimas de emoción dijo: - ¡Si Dios quisiera!.

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En la casa de Laurita ya no imperaba el dolor, el desaliento, la pena; Laurita miraba ya la vida con algo mas de optimismo que antes. Un curso mas aprobado en su carrera de piano era un peldaño mas en la escalera de su vida. Andrea participaba gozosa de éste primer éxito y hasta las flores del gabinete coquetón y alegre parecían sonreir a aquellos primeros albores de la dicha; sin embargo, Laurita seguía meditando a solas; encontraba un inmenso vacío a su alrededor; La falta de sus padres, la soledad que la aguardaba siempre; porque Laurita, a pesar de su lozana juventud, no creía que podría llegar a querer a otro hombre que no fuese aquel a quien con toda el alma había otorgado las primicias de su inocente amor.
Sin embargo, (la vida está sembrada de “sin embargos”) una mañana llegó una carta que trajo un casi rotundo mentis a su acerba melancolía. La carta era de Amparín la inigualada compañera de colegio que no había olvidado aún el dolor de su amiga: “Queridísima Laurita: - decía – como sé muy bien que tu estás falta de alegrías, me apresuro a darte una que sé que lo será para ti como si de ti misma se tratara. Federico se propone pedir mi mano muy pronto y como vamos a empezar a preparar el equipo, mamá y yo hemos pensado que nos ayudes. Suponemos que a ti, que estás tan sola, te vendrá de maravilla una temporadita junto a nosotros; en mis padres verás a los tuyos y en mi a una hermanita que te quiere tanto como si lo fuera de verdad. Papá va a esa el próximo día diez y del quince a veinte regresará. Irá a verte, tu puedes en tanto preparar tus cosinas y venirte con él. ¿Verdad que lo harás?
A los pocos días llegó el Papá de Amparín, venció la natural resistencia de Laura y la llevó con él a aquel hogar, que iba muy pronto a ser escenario de unos días de ventura.
No una casa, sino un verdadero palacete, era aquella en que los padres de Amparín colgaron su nido de amor, del que aún no se habían separado y en el que nació aquella pajarita de las nieves, alegre como un jilguero y risueña como una mañana de abril. En el típico barrio de Santa Cruz casas mas suntuosas, mayores, de mas valor; pero ninguna mas alegre ni mas grata. Aquellas rejas, cubiertas de flores, aquel patio central con su “fuente de taza” en el centro, aquellas columnas arabescas y aquel sol, sevillano que bañaba a raudales el conjunto, constituían un verdadero escenario de amor. Allí fue donde Amparín y Laura se abrazaron con toda la emoción de sus almas infantiles, como si en aquel abrazo sellaran un pacto de ventura. Allí fue donde comenzó Laura una nueva vida de felicidad.
Los padres de Amparín, jóvenes aún, idílicos entrambos y alegres para todos, eran mas que padres de aquellas dos chiquillas sus hermanos mayores. Conocedores de las penas que atormentaron a Laura y de cuyo rescoldo aún quedaban chispas encendidas, se esforzaban por animarla con cuantos motivos hallaban propicios. Paseos matinales por el parque de María Luisa, por el puerto, por Triana; excursiones fluviales por el Guadalquivir; fiestas andaluzas en casa porque es el Santo de la cocinera o porque el hijo de la portera ha terminado la carrera de maestro; fiestas sencillas, casi humildes, pero interesantes amenas y gratísimas: No hallaban pequeño acontecimiento que no fuera motivo de fiesta y de alegría. ¡Con qué sentimiento piadoso, puesta toda el alma al servicio de Dios, se esforzaba aquella madura pareja, por desterrar los últimos suspiros de dolor que aún exhalaba el alma de padre criatura!. Así pasaban los días; por el tallercito que habían improvisado para hacer el equipo de Amparín, no pasaban penas. Dos o tres amigas iban a ayudarlas y todo eran comentarios festivos, ocurrencias, chistes y risas.
Laurira iba animándose mas y mas, hacía suyas las alegría de Amparín, y deseaba con afán verla vestida de novia y contemplarla dichosa en esa hora sublime que la mujer espera con anhelo y no olvida jamás. De vez en vez suspiraba pensando que esa hora no habría de llegar para ella.
Avanzaban los preparativos de la boda y una tarde Federico anunció la llegada de un hermano suyo que dirigía la explotación de unas minas en Huelva. Este fue otro motivo propicio para celebrarlo con fiestas y alegrías. Se adornó la casa y no fue Laura la que puso menos afán en ello.
Cuando ya tenían dispuesto para recibir al huésped en cuyo honor se movían aquellas admirables y cariñosas gentes, Amparín cogió las manos de Laura entre las suyas y en una explosión de alegría le dijo: - ¡Laurita, cielito, ahora debíamos casarte con el hermano de mi novio y entonces si que seríamos hermanas de verdad!. Laurita dejó desbordar una franca carcajada y luego.....luego.....dos gotas de rocío resbalaron por sus mejillas, porque rocío eran aquellos dos lagrimones que salían de un alma ya fría para el amor. No; no era posible; Laura no podría mirar a otro hombre sin acordarse de aquel primer amor.
El día que esperaban al hermano de Federico, Laura salió a Misa como de costumbre, con Amparín y su madre. Al regresar, Amparín rogó a Laura que fuera a llevar una limosna a una viejecita que vivía cerca de la casa.
Cuando Laura volvió, el hermano de Federico había llegado ya. En el patio andaluz, con sus rejas cuajadas de flores, y su “fuente de taza”, bañado por raudales de sol, aguardaban su regreso Amparín y sus padres, Federico y su hermano....
Al entrar Laura se quedó como si hubiera padecido una repentina alucinación.....El hermano de Federico.....¡Era él! ¡Anselmo!, que adelantándose a su encuentro le dijo:
¡Laura! Que su profundo dolor lo hice mío no habrá Ud. De dudarlo; pero para mitigarlo, espero me dé la contestación que quedó pendiente en el Escorial. Laura
repuesta de la primera impresión, rompió a llorar como una niña perdida cuando encuentra a los suyos y se echó en brazos de Amparín y su madre que la colmaron de caricias.
Amparín había sido la autora de tan piadosa estratagema. En sus conversaciones con su novio conoció la historia del primer amor de Anselmo y pudo colegir que no era ella otra que Laura; le envió un retrato y cuando él la reconoció prepararon el viaje de Laura y la llegada de Anselmo. ¡Que ajena estaba Laura de que estaba haciendo, al tiempo del equipo de Amparín, su propio equipo de novia!.
Los padres de Amparín, en atención a la orfandad de Laura acordaron prohijarla y a los pocos días, los padres de Federico y Anselmo, en una sola ceremonia, pidieron las manos de Amparín y Laurita para sus hijos federico y Anselmo.....¡Quiso Dios!

Y un día, por la nave central, del más populoso templo sevillano, avanzaba el cortejo, a los acordes de la marcha nupcial. Laura, al arrodillarse ante el altar, con los ojos fijos en la imagen de Cristo enclavado en la cruz y el alma llena de emoción recordó el pensamiento de Escalante “Ten en cuenta la infinita misericordia de Dios”