Cuento y anécdotas
Misericordia
Si la cara es el espejo del alma, la de Laura de Bailén debía poseer toda la belleza espiritual de las almas buenas, a juzgar por su cara de ángel. Diez y nueve años grácil y cenceña como una planta tropical, sin presunción de su belleza, sencilla, natural, amable sin hipocresía, risueña sin descaro, con esa simpatía natural que inspiran las que por su bondad, van por el mundo como iluminadas por la Divina Gracia.
Laura disfrutaba las vacaciones del verano con una familia amiga en El escorial. Las deliciosas mañanas del pinar constituían su cotidiano entretenimiento, lecturas, labores, charlas, juegos....todo, menos coloquios amorosos y devaneos fútiles. Solo “ellas”; “ellos” únicamente alternaban en las fiestecillas de tarde, generalmente en jardines de familias amigas.
Laura sabía poco de la vida y de las cosas y menos aún de las lides de amor, hasta que un día.......
Una escondida senda por escenario, una mañana estival por lapso, y unos alegres pajarillos por testigos.
Una señorita que camina por el bosque embebida en la lectura, que tropieza y cae. Un apuesto galán que la ayuda a levantarse y unos ojos que la miran y quedan clavados en los suyos como un doble flechazo de Cupido.- ¿se hizo daño? – No; gracias, muchas gracias. No hubo mas; pero Laura, cada vez que, desde entonces, acertaba a pasar aquel joven junto a ella y sus amigas, no podía contener la pregunta: - ¿Quién es ese chico?
Ninguna lo conocía. Llevaban mas de un mes viéndole pasear o sentado en el pinar, leyendo unos libracos grandotes que no parecían novelas. No lo veían nunca en aquellas simpáticas fiestecillas familiares, ni en ninguno de los lugares de esparcimiento público de la colonia.
Algunas veces, al entrar o salir de la iglesia, salía o entraba él, miraba a Laura, que, al darse cuenta, bajaba los ojos y lo perdían de vista hasta volver a verlo otra vez en el pinar, siempre leyendo en aquellos libracos gordos que no parecían novelas.
Así pasó casi todo el verano. Aquel joven, de vez en vez, al pasar junto a ella, clavaba sus ojos negros y expresivos en los de Laura, que no podía reprimir su emoción y al momento se manifestaban en sus mejillas el ligero rubor de su inocencia. Las amigas lo notaban y era aquel rubor, casi infantil, motivo de bromas y comentarios en el pequeño grupo. – Te flechó, hija!. – Te enamoraste de él, no lo niegues. – ¡Boda tenemos! Pero Laura se limitaba a contestar: - No puedo negarlo, chicas, me gusta, pero si no me dice nada, ¿qué queréis que haga yo?. Efectivamente, aquello era mas que gustarle. Laura se daba perfecta cuenta de que aquel joven lo llevaba en el corazón sin poderlo apartar de su pensamiento; Pero adoptaba esa prudente actitud de la mujer digna que sabe reprimir los impulsos de su corazón para permanecer imperturbable en su sitio. Algunas veces le costaba trabajo mantenerse firme; pero hacía siempre el esfuerzo supremo que la imponía el cumplimiento de su deber, no obstante lo cual, su primer amor iba profundizando la huella imborrable que marcaba en su alma.
Llegaba a su término la estación veraniega y la colonia organizó una fiesta de conjunto. A ella asistieron Laura y sus amigas y también hizo su aparición aquel joven, que fue presentado por alguien a Laura. Pasearon juntos, bailaron, tomaron parte, sin saberlo, en un recital de poesías, y cuando mas animada estaba la fiesta, llegó para Laura el momento que mas ansiaba; tomó el joven la agenda de autógrafos de Laura y le pidió permiso para escribir en ella. Luego, Laura leyó con emoción: “Un hombre que no ha hecho nunca el amor y que no está en edad de hacer eso a la única mujer de cuya decisión depende su felicidad” Anselmo). -¿Le gusta?, preguntó. – No se....., respondió Laura turbada; pero notando que la felicidad le invadía el alma en aquel momento, una amiga que, precipitada, buscaba a Laura, la apartó de allí y se la llevó, desapareciendo ambas por entre la concurrencia.
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-¡Taxi! ¡Taxi!- gritó vehemente Laura al salir de la estación del Norte, con un pequeño maletín en la mano por todo equipaje. Abrió la portezuela, sentóse rápida y exclamó: - Goya 26. Tras el portazo de rigor, rugió el motor del coche y trepidó raudo por la cuesta de San Vicente arriba...... El telegrama que Laura recibió, precisamente cuando mas animada estaba la colonia de El Escorial, no dejaba lugar a dudas: “Papá está grave, ven inmediatamente”. La impaciencia de Laura por llegar a casa no tenía límites. Era hija única y la idolatría que sentían sus padres por ella era rayana en la locura. Su padre, aunque sin bienes de fortuna, era aún joven y ganaba lo suficiente para sostener un tren de vida acomodada sin pretensiones, modesta sin privaciones y feliz sin lirismos, colmando de halagos y venturas a su esposa y a su hija, bella como un cielo de primavera y sencilla como una flor silvestre.....
La impaciencia de Laura era justificada. ¿Qué ocurriría en aquellos momentos en su casa? ¿Habría muerto ya? ¿Viviría aún? ¿Llegaría a besar su frente , fría como el mármol? ¿Querría Dios que hubiera sido una falsa alarma de los suyos y volvería a besar a su padre con aquel fervor que lo había hecho siempre? Deseaba por momentos llegar y cada cruce, cada parada, era una angustiosa desesperación. Al fin llegó.
Saltó del taxi y voló al ascensor hasta subir al piso. La puerta estaba abierta y un grupo de compañeros del padre ocupaba con grave continente el recibimiento. La abrieron paso; a su encuentro acudió su tía Alberta y se abrazaron tiernamente sollozando. Pocas fueron las palabras: ¿Muerto? - ¿Muerto! – ¿Donde esta? - ¡Padre mío! ¡Quiero verlo! Pasaron al salón donde habían instalado la capilla ardiente; Laura se arrodilló serena y grave, dio a su padre el último beso y rezó fervorosamente ante su cadáver. De pronto reflexionó: ¿Dónde estaba su madre?. Preguntó a su tía Alberta arrodillada a su lado y....
No hay palabras que puedan describir la escena. Tía Alberta, débil y dolorida no pudo resistir el dolor y por toda respuesta rompió a llorar amargamente.
¡Mi madre! ¡Mi madre! – exclamó Laura - ¿Dónde está mi madre? Y cogiendo trágicamente a su tía, la impulsó hacia fuera del salón para que la llevara junto a ella. Alguien, piadosamente, intentó retenerla, trató de consolarla, de explicarla; pero ella, la niña mimada, que acababa de perder una de las dos cosas que mas amaba en el mundo, convulsa, violenta, en espasmo de desesperación, casi de locura, se desasía de los que la sujetaban, empujaba a los que intentaban detenerla de nuevo y volaba, ansiosa, en busca de su madre. Presentía, había en su interior un algo que la decía la gran desgracia que caía sobre ella y llegó como loca hasta el dormitorio donde su madre acababa de expirar......
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Pasó el novenario. El gabinete sencillo pero alegre y coquetón de Laura era un magnífico marco que realzaba su natural belleza. Enlutada, con el rosario entre las manos, contemplaba al rezar los últimos destellos de la tarde. Acabó el rezo y comenzaron las reflexiones.. La situación era atormentada. Sola, completamente sola en el mundo, sin mas parientes que su tía Alberta, ya en su destino en una escuela en un pueblecillo de Tarragona, ni mas recursos que una pequeña cuenta corriente, casi agotada, había, había, necesariamente que solucionarla de una u otra manera. No había otra solución que el trabajo. Ella, la señorita educada en un ambiente de holguras y caprichos, sin preparación adecuada, con una refinada educación social, pero falta en absoluto de una educación para el trabajo, había de lanzarse en su busca en medio de una desorientación desconsoladora.....y Anselmo, aquel Anselmo que, en horas, dejó herido su corazón, como una ráfaga de viento desgaja la rama de un árbol y huye para no volver jamás....¡Virgen de la Soledad! ¿Qué sería de ella?. Aquella noche se acostó sin cenar. No tenía ganas de nada. Deseaba huir de todo lo del mundo, hasta de lo mas preciso. Andrea, su vieja criada, se esforzaba por animar a su señorita y hasta daría los pocos años de vida que la quedaban por inyectarle un átomo de optimismo, sin lograrlo. Esperaba que el tiempo fuese borrando su tristeza y algún rayo de iluminación divina alumbrase su camino; pero el tiempo ¡el tiempo! Ese tirano de la humanidad que pasa, pasa y cuanto mas avanza mas apremia, obligaba a actuar con rapidez y decisión. Los recursos habían de agotarse prontamente y entonces.....¿qué sería de su señorita? Insistía en consolarla y animarla pero eran inútiles sus nobles esfuerzos.
Aquella noche, como casi todas, desde la fatal desgracia acaecida, Laura no durmió. A la madrugada se levantó y fue a oír la primera misa. Volvió rayando el alba y se acomodó en su gabinete alegre y coquetón. Pálida, extenuada, sin alientos ni para moverse, permaneció en un éxtasis de infinita amargura. Después de la pena irreparable de su absoluta orfandad, no sabía qué atormentaba mas su alma, si la tenebrosa perspectiva de hacer frente a la vida o el recuerdo imborrable de aquel primer amor en cuyas redes había quedado prendido su corazón.
Una tarde, al fin, decidió confiar el secreto de su pena a una amiga de la infancia, que fue a visitarla al enterarse de su desgracia. Era una antigua amiga de colegio que vivía en Sevilla y al conocer la noticia, conmovida por la gran desgracia de su amiga, logró convencer a su padre para que la llevara a verla. Este noble rasgo conmovió a Laura y comprendió que ésta era la verdadera amiga a quien podía confiar sus penas. El recuerdo de sus horas felices de colegio la animó un tanto y al llegar a su memoria las mutuas confidencias de sus travesuras y pecadillos de entonces, tornó en infantil su alma dolorida y derramó el cáliz de su amargura en los oídos nobles de su antigua compañera, que, entonces, la escucharon puestos al servicio de una leal amistad que había de ser imperecedera. Amparín abrió sus brazos y su corazón de mujer al dolor de su amiga y lo mismo que la niña vertía en sus oídos, de hurtadillas, sus pequeños consejos la dijo: - Mira, Laurita, muy grave es tu situación y muy dolorosa; pero permíteme que te recuerde un pensamiento que leí en una de las novelas mas notables del siglo XVI, “Ave María Stela” cuyo autor, Amós de Escalante decía: “Ten en cuanta ahora, como deberla tienes siempre, la infinita misericordia de Dios y no olvides que si en alguna hora asiste razón a los mortales para esperar dichas terrenas, es en aquella en que apuran resignados un cáliz de amargura”. Ten resignación, sufre con calma cuanto Dios te mande, que cuanto mas sufras, mas cerca de El estás. No olvides su infinita misericordia y espera en El que no te abandonará. Alégrate de que te haya escogido. Dale mil gracias por haberte sometido a esta prueba que sufres y ya verás como El te iluminará y colocará a tu alcance la senda que habrá de conducirte a la felicidad. Todo menos dejarte sumergir en la ciénaga de la desesperación. No seas pesimista. El pesimismo ofende a Dios porque demuestra falta de esperanza y de fe; por el contrario el optimismo rinde culto a Dios porque crea y espera en El. Mitiga tu pena en la oración. Habla a solas con Dios y ya verás como la oración te consuela poco a poco. Créeme, Laurita, ¡No hay consuelo mayor que el de la oración!.
Los consejos de Amparín no cayeron en la insaciable sima del vacío y redobló sus oraciones. Al acostarse, después de rezar, cruzaba las manos sobre su pecho en mística actitud, como si entre ella abrazara la Cruz y se dormía en un sueño profundo y placentero. Sueño del que sólo disfrutan las almas puras que no tienen de que arrepentirse.....
La oración conformó a Laura día por día. Ya no veía las cosas de la vida tan negras como antes. Empezó por hacer un balance de recursos económicos y vió que aún no era tan pobre como ella cría. La visita de un compañero de su padre la hizo saber que tenía derecho a una pensión cuyo expediente se tramitó sin demora. Otra visita de una amiga de su madre, aficionada a las obras de arte, la descubrió un lienzo del Greco y una tabla de Rivera que valían unos miles de pesetas. Esto le sirvió de estímulo para hacer un recuento de valores artísticos y halló un tibor japonés, unas hermosas piezas de porcelana de Sevres y otras del retiro, un Cristo de marfil y un reloj imperio completaron su pequeño tesoro artístico, cuya tasación unida a su pensión la ayudarían a vivir el tiempo necesario para estudiar una carrera que afianzara su porvenir.
Determinó continuar la de piano que tenía empezada y se matriculó de nuevo en el conservatorio. Las clases, el estudio y el trato con las demás compañeras completaron la transformación de su carácter misantrópico. Poco a poco fue desterrando la angustiosa pena que la atormentaba y fue adaptándose a la nueva vida, mas normal y conveniente a la defensa de su porvenir.
Un día salió de clase en unión de una compañera y al subir por la Costanilla de los Ángeles se detuvieron en el oratorio del Niño del Remedio y rezaron. La compañera le habló de los milagros de esta pequeña imagen y Laura le pidió su ayuda en los exámenes. Al salir, socorrió a una viejecita que al darle las gracias le dijo. – Dios se lo pague señorita, y el Niño del remedio le conceda lo que le ha pedido....y mas. Laura, al oír la coletilla “y más” suspiró y la respondió: ¡Dios la oiga hermana! – Y al marcharse recordó al que indiscutiblemente amaba y de quien no volvió a saber mas y pensó, ¡Si Dios la oyera, pero no me merezco tanto.
Llegaron los exámenes y obtuvo una buena nota. Esta fue la primera alegría que tuvo después de tanta pena. Voló a dar las gracias al Niño del Remedio y al salir volvió a socorrer a la viejecita y oyó de nuevo la frase: El Niño le conceda lo que le ha pedido...... y mas. Laura volvió a suspirar, recordó, y saltándosele las lágrimas de emoción dijo: - ¡Si Dios quisiera!.
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En la casa de Laurita ya no imperaba el dolor, el desaliento, la pena; Laurita miraba ya la vida con algo mas de optimismo que antes. Un curso mas aprobado en su carrera de piano era un peldaño mas en la escalera de su vida. Andrea participaba gozosa de éste primer éxito y hasta las flores del gabinete coquetón y alegre parecían sonreir a aquellos primeros albores de la dicha; sin embargo, Laurita seguía meditando a solas; encontraba un inmenso vacío a su alrededor; La falta de sus padres, la soledad que la aguardaba siempre; porque Laurita, a pesar de su lozana juventud, no creía que podría llegar a querer a otro hombre que no fuese aquel a quien con toda el alma había otorgado las primicias de su inocente amor.
Sin embargo, (la vida está sembrada de “sin embargos”) una mañana llegó una carta que trajo un casi rotundo mentis a su acerba melancolía. La carta era de Amparín la inigualada compañera de colegio que no había olvidado aún el dolor de su amiga: “Queridísima Laurita: - decía – como sé muy bien que tu estás falta de alegrías, me apresuro a darte una que sé que lo será para ti como si de ti misma se tratara. Federico se propone pedir mi mano muy pronto y como vamos a empezar a preparar el equipo, mamá y yo hemos pensado que nos ayudes. Suponemos que a ti, que estás tan sola, te vendrá de maravilla una temporadita junto a nosotros; en mis padres verás a los tuyos y en mi a una hermanita que te quiere tanto como si lo fuera de verdad. Papá va a esa el próximo día diez y del quince a veinte regresará. Irá a verte, tu puedes en tanto preparar tus cosinas y venirte con él. ¿Verdad que lo harás?
A los pocos días llegó el Papá de Amparín, venció la natural resistencia de Laura y la llevó con él a aquel hogar, que iba muy pronto a ser escenario de unos días de ventura.
No una casa, sino un verdadero palacete, era aquella en que los padres de Amparín colgaron su nido de amor, del que aún no se habían separado y en el que nació aquella pajarita de las nieves, alegre como un jilguero y risueña como una mañana de abril. En el típico barrio de Santa Cruz casas mas suntuosas, mayores, de mas valor; pero ninguna mas alegre ni mas grata. Aquellas rejas, cubiertas de flores, aquel patio central con su “fuente de taza” en el centro, aquellas columnas arabescas y aquel sol, sevillano que bañaba a raudales el conjunto, constituían un verdadero escenario de amor. Allí fue donde Amparín y Laura se abrazaron con toda la emoción de sus almas infantiles, como si en aquel abrazo sellaran un pacto de ventura. Allí fue donde comenzó Laura una nueva vida de felicidad.
Los padres de Amparín, jóvenes aún, idílicos entrambos y alegres para todos, eran mas que padres de aquellas dos chiquillas sus hermanos mayores. Conocedores de las penas que atormentaron a Laura y de cuyo rescoldo aún quedaban chispas encendidas, se esforzaban por animarla con cuantos motivos hallaban propicios. Paseos matinales por el parque de María Luisa, por el puerto, por Triana; excursiones fluviales por el Guadalquivir; fiestas andaluzas en casa porque es el Santo de la cocinera o porque el hijo de la portera ha terminado la carrera de maestro; fiestas sencillas, casi humildes, pero interesantes amenas y gratísimas: No hallaban pequeño acontecimiento que no fuera motivo de fiesta y de alegría. ¡Con qué sentimiento piadoso, puesta toda el alma al servicio de Dios, se esforzaba aquella madura pareja, por desterrar los últimos suspiros de dolor que aún exhalaba el alma de padre criatura!. Así pasaban los días; por el tallercito que habían improvisado para hacer el equipo de Amparín, no pasaban penas. Dos o tres amigas iban a ayudarlas y todo eran comentarios festivos, ocurrencias, chistes y risas.
Laurira iba animándose mas y mas, hacía suyas las alegría de Amparín, y deseaba con afán verla vestida de novia y contemplarla dichosa en esa hora sublime que la mujer espera con anhelo y no olvida jamás. De vez en vez suspiraba pensando que esa hora no habría de llegar para ella.
Avanzaban los preparativos de la boda y una tarde Federico anunció la llegada de un hermano suyo que dirigía la explotación de unas minas en Huelva. Este fue otro motivo propicio para celebrarlo con fiestas y alegrías. Se adornó la casa y no fue Laura la que puso menos afán en ello.
Cuando ya tenían dispuesto para recibir al huésped en cuyo honor se movían aquellas admirables y cariñosas gentes, Amparín cogió las manos de Laura entre las suyas y en una explosión de alegría le dijo: - ¡Laurita, cielito, ahora debíamos casarte con el hermano de mi novio y entonces si que seríamos hermanas de verdad!. Laurita dejó desbordar una franca carcajada y luego.....luego.....dos gotas de rocío resbalaron por sus mejillas, porque rocío eran aquellos dos lagrimones que salían de un alma ya fría para el amor. No; no era posible; Laura no podría mirar a otro hombre sin acordarse de aquel primer amor.
El día que esperaban al hermano de Federico, Laura salió a Misa como de costumbre, con Amparín y su madre. Al regresar, Amparín rogó a Laura que fuera a llevar una limosna a una viejecita que vivía cerca de la casa.
Cuando Laura volvió, el hermano de Federico había llegado ya. En el patio andaluz, con sus rejas cuajadas de flores, y su “fuente de taza”, bañado por raudales de sol, aguardaban su regreso Amparín y sus padres, Federico y su hermano....
Al entrar Laura se quedó como si hubiera padecido una repentina alucinación.....El hermano de Federico.....¡Era él! ¡Anselmo!, que adelantándose a su encuentro le dijo:
¡Laura! Que su profundo dolor lo hice mío no habrá Ud. De dudarlo; pero para mitigarlo, espero me dé la contestación que quedó pendiente en el Escorial. Laura
repuesta de la primera impresión, rompió a llorar como una niña perdida cuando encuentra a los suyos y se echó en brazos de Amparín y su madre que la colmaron de caricias.
Amparín había sido la autora de tan piadosa estratagema. En sus conversaciones con su novio conoció la historia del primer amor de Anselmo y pudo colegir que no era ella otra que Laura; le envió un retrato y cuando él la reconoció prepararon el viaje de Laura y la llegada de Anselmo. ¡Que ajena estaba Laura de que estaba haciendo, al tiempo del equipo de Amparín, su propio equipo de novia!.
Los padres de Amparín, en atención a la orfandad de Laura acordaron prohijarla y a los pocos días, los padres de Federico y Anselmo, en una sola ceremonia, pidieron las manos de Amparín y Laurita para sus hijos federico y Anselmo.....¡Quiso Dios!
Y un día, por la nave central, del más populoso templo sevillano, avanzaba el cortejo, a los acordes de la marcha nupcial. Laura, al arrodillarse ante el altar, con los ojos fijos en la imagen de Cristo enclavado en la cruz y el alma llena de emoción recordó el pensamiento de Escalante “Ten en cuenta la infinita misericordia de Dios”